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lunes, enero 19, 2026
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Desconfiado

Se cae uno por un barranco, con la suerte de agarrarse a un arbusto en el medio del escarpado.

— ¡Socorro, auxilio! —empieza a gritar el tío—. ¿Hay alguien que me ayude?, ¡Socorro!

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De pronto, se abren las nubes y se oye una voz atronadora.

— Hijo mío, soy Dios. Tanto has suplicado que me he apiadado de ti. Suéltate y déjate caer, que antes de que llegues al suelo mandaré dos ángeles que te cogerán por las axilas y te depositarán suavemente en el suelo.

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— Gracias, Dios mío, gracias. ¡Auxilio!, ¿hay alguien más?

Autor: Un ateo.

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El milagro de la cirugía plástica

Una mujer de 45 años sufre un ataque al corazón y tiene una experiencia cercana a la muerte: ve a Dios… y le pregunta si se va a morir. Dios le dice que no, que va a vivir 30 ó 40 años más. Ella cuando se recupera se hace una liposucción en los muslos y abdomen. Se levanta el pecho, aprovecha para agregar un poco de silicona, se arregla la nariz, silicona en los labios, fuera las arrugas y patas de gallo; también se hace un tratamiento de várices y celulitis, 120 sesiones de masajes; se grapa el estómago para comer menos, se saca 2 costillas y hace que le hagan de todo para rejuvenecerse… Piensa que si va a vivir 30 o 40 años más, mejor que se vea estupenda.

Después de su última operación, al salir del hospital, cruza la calle y la atropella una ambulancia y muere.

Cuando llega frente a Dios le pregunta: “¿Pero… qué pasa? ¿No dijiste que iba a vivir 30 o 40 años más?”.

Dios le responde: “Sí, pero… ¡¡te juro que no te reconocí!!”.

Autor: Un cirujano plástico.

 

Valoración celestial

Había una vez, en un pueblo, dos hombres que se llamaban Joaquín González. Uno era sacerdote el otro era taxista. Quiere el destino que los dos mueran el mismo día. Entonces, llegan al cielo, donde les espera San Pedro.

— ¿Tu nombre? —pregunta San Pedro al primero.

— Joaquín González.

— ¿El sacerdote?

— No, no; el taxista.

San Pedro consulta su planilla y dice:

— Bueno, te has ganado el Paraíso. Te corresponden estas túnicas de seda con hilos de oro y esta vara de oro con incrustaciones de rubíes. Puedes pasar.

— Gracias, gracias… —dice el taxista.

Pasan dos personas más, y luego le toca el turno al otro Joaquín, quien había presenciado la entrada de su paisano.

— ¿Tu nombre?

— Joaquín González.

— ¿El sacerdote?

— Sí.

— Muy bien, hijo mío. Te has ganado el Paraíso. Te corresponde esta bata de poliéster y esta vara de plástico.

El sacerdote dice:

– Perdón, no es por presumir, pero… debe haber un error. ¡Yo soy Joaquín González, el sacerdote!

— Sí, hijo mío, te has ganado el Paraíso, te corresponde la bata de…

— ¡No, no puede ser! Yo conozco al otro señor, era un taxista, vivía en mi pueblo, ¡era un desastre como taxista! Se subía a las aceras, chocaba todos los días; una vez se estrelló contra una casa. Conducía muy mal, tiraba los postes de alumbrado, se llevaba todo por delante. Y yo me pasé 50 años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia. ¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica con hilos de oro y vara de platino y a mí esto? ¡Debe haber un error!

— No, no es ningún error —dice San Pedro—. Lo que pasa es que aquí en el cielo ha llegado la modernización con sus nuevos enfoques administrativos. Nosotros ya no hacemos las evaluaciones como antes.

— ¿Cómo? No entiendo…

— Claro, ahora nos manejamos por objetivos y resultados. Mira, te voy a explicar tu caso y lo entenderás enseguida: durante los últimos 50 años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que el taxista conducía, la gente rezaba y se acordaba de Dios. Entonces, ¿quién vendía más nuestros servicios?  Nos interesan los resultados, hijo mío. ¡Re – sul – ta – dos!

Autor: Un gerente de Recursos Humanos.

 

Reclamo fallido

Esposa:

— Estoy cansada de tu sentido de pertenencia, todo el tiempo andas diciendo: “Mi casa, mi carro, mi esposa, mi televisor, ¿no habría alguna forma de que cambiaras esa actitud?”.

El esposo la observa y le dice:

— Bueno, está bien, ¿quieres por favor pasarme nuestros calzoncillos?

Autor: Un divorciado.

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