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martes, enero 17, 2023
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“La literatura no ha sido un extra, es mi centro”: José Javier Villarreal

El tijuanense publica “Poeta de provincia. Antología poética (1981-2021)”, editada por Tilde Editores. “Si yo leo una novela, yo convivo con los personajes, son mi referencia, son mi experiencia, son mis emociones. No quiere decir que nada más lo que lea es lo que sufro, vivo; también tengo una vida que se mezclan”, expresó a ZETA


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Entre anécdotas y otros recuerdos, el poeta José Javier Villarreal (Tijuana, 1959) recreó en entrevista para ZETA las ciudades de Tecate y Tijuana de la década de los 70 y 80, mismas que influyeron en su vocación de escritor.

Radicado en Monterrey, ciudad a la que se fue en 1976 para posteriormente estudiar Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) entre 1978 y 1982, el poeta bajacaliforniano de vez en cuando regresa a Tijuana, como en noviembre de 2022, cuando presentó “Poeta de provincia. Antología poética (1981-2021)”, publicada ese año por Tilde Editores, donde entrega una selección de poemas contenidos en sus primeros poemarios, como “Estatua sumergida” (1981) y el emblemático “Mar del Norte” (Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 1987; 1988); pasando por “Portuaria” (1997), “Bíblica” (1998), “La Santa” (2007) y “Campo Alaska” (2012), hasta llegar a los más recientes, entre ellos “Una señal del cielo” (2017), “Un cielo muy azul con pocas nubes” (2019) y “Los secretos engarces” (2021).

DE TIJUANA


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José Javier Villarreal Álvarez Tostado nació el 17 de julio de 1959 en Tijuana, Baja California. Hijo de José Javier Villarreal Villarreal y María Victoria Álvarez Tostado Quiroz; sus abuelos maternos eran José Manuel Álvarez Tostado y María Victoria Quiroz de Álvarez Tostado.

“De la familia, yo fui el primero que nací aquí en Baja California. Mi abuelo materno, era de Guadalajara; mi abuela era de Sonora. Mi madre nació en Ciudad de México, pero cumplió un año en el rancho, en Tecate; y mi padre era de Higueras, Nuevo León, que es donde está la biblioteca familiar”, contó a ZETA José Javier Villarreal.

“La secundaria la hice en la Escuela ‘Francisco I. Madero’ en Tecate, es muy importante porque el director -se apellidaba Peñalosa-, era el que daba literatura. Era magnífico maestro de literatura y él tuvo una idea de hacer una biblioteca circulante donde íbamos a llevar un libro que tuviéramos en la casa, e íbamos a tomar un libro que no fuera el que habíamos llevado; entonces yo tomé un libro de caballerías y, finalmente, años después fui maestro de literatura medieval”.

De hecho, recordó la librería Excélsior de Tecate, donde vivió algunos de sus primeros acercamientos a la literatura a través de las historietas, en la década de los 70:

“En Tecate había una buena librería, que era la librería Excélsior. Por ejemplo, yo compraba Fantomas, cómics. Yo tengo el libro de Julio Cortázar de ‘Fantomas contra los vampiros multinacionales’ (Excélsior, 1975); yo no sabía de Cortázar, pero sí sabía de Fantomas. Yo compraba Fantomas, llego un día y costaba 30 pesos, ¡era carísimo! Entonces, mi abuelo me dice: ‘Mira, lo vamos a apartar y lo vas pagando cada semana’. ‘Si te dicen que caí’ (1973), de Juan Marsé, lo compré en Tecate”, evocó.

Foto: Enrique Mendoza

LAS PRIMERAS LECTURAS

En la entrevista para este Semanario, José Javier Villarreal reconoció la influencia de su abuelo materno, José Manuel Álvarez Tostado, quien tenía una biblioteca:

“Mi abuelo tenía libros en el rancho y luego en la casa de Tecate, siempre hubo libros en la casa. Mi madre era la portadora: de la casa de mis abuelos a la casa de mis padres llevaba los libros. Por ejemplo, me acuerdo haber leído ‘Pedro Páramo’ muy joven, no entendí nada, no supe de qué se trataba, pero sí me cautivó, sentí eso. Entonces, tuve esa suerte de que los libros estaban ahí”.

¿Cuáles eran esos libros de literatura de tu abuelo?

“Había sobre todo novela, pero también poesía. A él le gustaba mucho, por ejemplo, Luis Spota, entonces yo leía Luis Spota; Jardiel Poncela, que era como una literatura española segundona, juguetona, tan galante, también lo leía. Pero, por ejemplo, estaba Tolstói, para mí fue muy importante Tolstói; o sea, lo rusos fueron muy importantes, porque además yo hice una asociación muy mía con los rusos del Valle de Guadalupe que yo de niño alcanzaba a verlos, esos rusos grandotes, y la literatura rusa. Para mí, Tecate, el Valle de Guadalupe, Ensenada y la literatura era como una sola cosa. Entonces, estaba Tolstói; estaba Agustín Yáñez, para mí fue muy importante también, lo descubro muy pronto. Amado Nervo y Rubén Darío, que fue una figura tutelar. Entonces, había prosa y verso”.

DE TECATE, TIJUANA Y GUADALAJARA, A MONTERREY

Villarreal también reveló que a los 15 años se fue a Guadalajara a estudiar la preparatoria, misma que después terminó en Monterrey:

“La preparatoria comenzó en Guadalajara, continuó en Tecate, siguió en Tijuana y terminé en Monterrey, fue una preparatoria de tres años de muchos accidentes”, reconoció.

“Llegué a Monterrey en 1976, quería estudiar letras. / Comencé a viajar a Baja California durante las vacaciones / de Navidad, Semana Santa y Verano; / Monterrey, la Sultana del Norte, se fue imponiendo”, se lee por “Un cielo muy azul con pocas nubes” (2019), incluido en la antología “Poeta de provincia”.

Antes de irte a Monterrey en 1976, ¿en la secundaria en Tecate conociste a algunos escritores o artistas que en su momento no sabías que iban a serlo?

“Yo salgo de Baja California, era muy ingenuo y muy ignorante, pensando que yo era el único escritor, que no había escritores aquí, que eso no funcionaba. Entonces, yo me voy pensando que soy el único escritor y, cuando regresaba de vacaciones, es cuando tengo contacto con Pancho Morales, por ejemplo, que fue muy importante, porque Francisco, un día, estábamos en su casa, en La Mesa, me parece, y me dice: ‘Éste es un libro que tú tienes que leer’, le dije: ‘¿Cuál?’. Me dice: ‘José Carlos Becerra, llévatelo a Tecate’, entonces me fui. Me acuerdo que llegué a casa de mis padres, a mi recámara, y empecé a leerlo y ya no pude soltarlo; o sea, fue un impacto muy tremendo, era ‘Relación de los hechos’ (Era, 1967) el libro que leí, que le devolví a Francisco, pero fue un impacto. Luego conocí a la gente que hacía ‘El último vuelo’, a Roberto Castillo, Edgardo Moctezuma, Robert L. Jones que era un poeta americano que decía que estaba traduciendo a Becerra; pero ya fue posterior cuando conocí esto. Y a Luis Cortés Bargalló lo conocí en Ciudad de México, por Alberto Blanco”.

Pero tú eras menor que Francisco Morales, él de 1940 y tú de 1959, prácticamente había una diferencia de 19 años. ¿Recuerdas en qué año fue ese primer encuentro que tuviste con Francisco Morales?

“Sería 1977. Pancho ya era el poeta. Él me recomienda ese libro de Becerra estando él en su biblioteca, en su casa, y yo andaba ahí conociendo a los poetas”.

A finales de los 70, cuando tú ya andabas entre los 18 y 20 años, entre 1977 y 1979, ¿acudiste a algún taller en Tijuana?

“Tuve mucho contacto con el profesor Vizcaíno, de hecho, él me invitó, había un taller, Amerindia, yo fui a una o dos sesiones, pero era como invitado; o sea, era como un objeto curioso, es decir, como que Vizcaíno les decía: ‘Miren este jovencito’, pero fue un contacto muy efímero. No me acuerdo haber tallereado, me acuerdo que más bien estuve como espectador, pero sí se hizo un nexo con él, de hecho, cuando sale ‘Mal del Norte’ (1988), él se pone muy contento”.

¿Dónde fue ese encuentro con Vizcaíno?

“Debió haber sido en ese taller, Amerindia, pero no me acuerdo cómo fue que llegué ahí, creo que estaba en Otay, ellos se reunían ya en la Universidad, pero lo mío era de vacaciones. Yo venía en Semana Santa, en Navidad y en verano; yo ya estaba instalado allá (en Monterrey)”.

Cortesía

“TIJUANA ERA MI REFERENCIA LIBRESCA”

Leer “Poeta de provincia” es también recorrer Tecate, Tijuana, Baja California.

“Yo, en la librería Atenea de la Calle Constitución, encontraba los poemas de Beckett publicados por Barral”, se lee por “Un cielo muy azul con pocas nubes” (2019), poemario contenido en “Poeta de provincia”.

Platícanos de este encuentro con los libros en Librería Atenea de la Calle Constitución del Centro de Tijuana… planteó ZETA a José Javier Villarreal.

“Era muy buena, estaba al lado de las Tortas El Pulpo. Yo le pedía a mi padre el carro, se lo pedía prestado con dos o tres días de antelación. La dinámica era que iba y venía en el carro, me acuerdo que había por el Centro un estacionamiento como circular, de varios pisos, ahí estacionaba el carro, bajaba, estaba la Librería El Día (Calle Sexta, entre Revolución y Constitución), iba y compraba algunos libros ahí; luego caminaba por Avenida Constitución, estaba la Atenea, terminaba de comprar mis libros y ya me iba a Tortas El Pulpo, me compraba mi torta, luego ya iba muy contento con mis libros, iba al carro y me iba a Tecate otra vez, ésas eran mis aventuras”, narró el autor, a la vez que citó al poeta irlandés Samuel Beckett (1906-1989), al cual leyó debido a la Librería Atenea:

“Encontrar esa edición de Barral de ‘Cascando’, de Beckett, me abrió un mundo. Para mí Beckett fue como un santo patrón; tuve mi época beckettiana, lo leía y lo sigo leyendo, pero con Beckett vino Joyce y todos estos poetas y narradores. Pero sí, Tijuana era mi referencia libresca”.

¿En qué año descubres estos libros en Librería Atenea de Tijuana?

“Yo creo que eso debió haber sido antes de los 80, sería 79, 80”.

“UNA BAJA CALIFORNIA LITERARIA”

Recorrer “Poeta de provincia” es como deambular por Baja California, aunque no necesariamente de manera literal, sino el escenario literario, tal como reconoce Villarreal en entrevista para ZETA.

“Durante mis años de estudiante (en Monterrey), yo nunca dejé de venir (a Tijuana), para mí era muy importante venir, sigue siendo muy importante venir. Hoy estaba pensando en eso, cuando veníamos sobrevolando Tijuana, que obviamente mi Baja California es una Baja California idealizada, es una Baja California literaria; de vacaciones, donde yo llego aquí, voy a Ensenada y hago mis rituales de Ensenada, tengo que ir a Puerto Nuevo, Rosarito, a La Rumorosa; es importantísimo ir a Campo Alaska, ir a Viejas en Estados Unidos, a San Diego, a la bahía, al Valle de Guadalupe, pero son recorridos tratando de preservar, de no perder un imaginario. O sea, no sé hasta dónde lo que veo es real o ya ha sido literalizado”.

“Mar del Norte” es tu poemario como más tijuanense, más bajacaliforniano. ¿Cómo han influido Tecate, Tijuana y Baja California en toda tu obra?

“‘Mar del Norte’ es un libro de añoranza, de nostalgia, de darte cuenta que se te perdió un mundo, pero que comienza la edificación de ese mundo. O sea, es una presencia de Baja California que se trasminó, que se fue construyendo. Creo que con ‘Mar del Norte’ empieza la edificación, pero que a lo largo de mis libros se ha ido levantando ese escenario, pero hay que tener cuidado: a lo mejor alguien que vive, sufre Tecate, Tijuana o Mexicali diariamente, dice: ‘No, no, no, eso no es’; pues sí, tendría razón, o sea, eso no es, porque es una revisitación desde una sentimentalidad”.

“LA VOZ POÉTICA ES UN PERSONAJE DEL POEMA”

Antes de concluir la entrevista con este Semanario, se le cita a José Javier Villarreal un fragmento de “Mar del Norte”, de 1988: “Me quedo sentado a contemplar la noche, / a esperar los fantasmas que pueblan mi vida”; y uno de “Campo Alaska” de 2012, donde se lee: “Soy el hermano gemelo del fantasma que camina”, para inmediatamente preguntarle:

¿Quién habla en la poesía de José Javier Villarreal? ¿Podrías hablarnos del yo lírico?

“Yo creo que es un personaje, es decir, la voz poética, creo que es un personaje del poema, es el tono, la perspectiva desde dónde está hablando, cuál es su imaginario, qué referencia está dando, de qué está hablando, y se va construyendo una fuerza oral; también hay un aforismo de Antonio Porchia: ‘Quien no llena su vida de fantasmas, se queda solo’”.

El poeta concluyó:

“Para mí la literatura no ha sido un extra, es mi centro; es decir, si yo leo una novela, yo convivo con los personajes, son mi referencia, son mi experiencia, son mis emociones; no quiere decir que nada más lo que lea es lo que sufro, vivo, también tengo una vida que se mezclan. Entonces, ¿quién es el yo poético? Estrictamente no soy yo, o sea, es una voz que se ha ido construyendo en los poemas”.

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Autor(a)

Enrique Mendoza
Licenciado en Comunicación por la UABC Campus Tijuana. Periodista cultural en Semanario ZETA de 2004 a la fecha.
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