El Frankenstein azteca

Cartaz lunes, 5 septiembre, 2022 12:00 PM

El origen del Partido de la Revolución Democrática (PRD) data de 1987, cuando la disciplina interna y la institucionalidad del PRI provocaron la disidencia de varios militantes del tricolor. Estos fueron liderados por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, un político -para entonces- consumado y gran conocedor de las reglas no escritas del partido político en el cual prácticamente nació; no obstante, prefirió ignorar que incluso su padre, Lázaro Cárdenas, fue elegido mediante el tradicional dedazo. Pero, en su caso, al no verse favorecido, decidió encabezar a los desertores. Algo que Andrés Manuel López Obrador le haría al propio PRD años después: se fueron cuando no se hizo lo que ellos quisieron. Otra coincidencia es que ambos fueron candidatos tres veces, con la salvedad de que Andrés Manuel sí consiguió ser Presidente.

Cárdenas Solórzano fue candidato presidencial en 1988 abanderando al Frente Democrático Nacional (FDN), una alianza compuesta por los partidos Auténtico de la Revolución Mexicana, del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, Social Demócrata y Popular Socialista. Aunque fue un proceso bastante cuestionado, dado que el “árbitro” era la Comisión Federal Electoral (la cual estaba en manos del Presidente en turno, a través de la Secretaría de Gobernación), Cuauhtémoc no logró despachar en Los Pinos.

Seis meses después de la toma de posesión del Presidente Carlos Salinas de Gortari y teniendo al FDN como antecedente inmediato, se fundó el PRD. El Sol Azteca se integró como el monstruo del doctor Frankenstein, por partes, y así continuó: organizado en tribus. A partir de aquel momento, no hay mucho por escribir, aunque es fundamental reconocer que la concepción del PRD fue determinante en la vida democrática del país, ya que sentó sólidas bases para la izquierda mexicana; conquistó gubernaturas, ayuntamientos, además de diputaciones y senadurías; sin embargo, jamás alcanzó la Presidencia.

Vale la pena destacar su victoria en las primeras votaciones para la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal (hoy Ciudad de México) en 1997; luego, vinieron los gobiernos de Zacatecas, Tlaxcala, Baja California Sur, Michoacán y Guerrero. En tiempos recientes, Quintana Roo será su último gobierno, convirtiéndose en el ocaso del PRD.

El auge perredista emanó de la obsesión de Vicente Fox contra López Obrador, entonces jefe de Gobierno de la capital; pues, promover (extraoficialmente) el desafuero contra Andrés Manuel, le dio gran popularidad. A pesar de ello, el tabasqueño perdió la elección presidencial en 2006 por un margen excesivamente estrecho. El 1 de septiembre de ese año, a la par de las manifestaciones y del plantón que iba del Zócalo hasta Chapultepec, atravesando toda la avenida Reforma, comenzó una nueva legislatura con la notoria presencia amarilla en las curules. De tal suerte que, el penúltimo Presidente en entregar personalmente su informe de gobierno fue precisamente Fox, dado que los perredistas no lo dejaron ingresar al recinto.

En contraste, aunque el Presidente López ha mantenido la mayoría en ambas Cámaras durante estos cuatro años, no ha asistido al Palacio de San Lázaro. ¿Será porque, según sus propias palabras, no es la “máxima tribuna” del país? En fin, este septiembre habrá de entregar su Cuarto Informe de Gobierno de “austeridad franciscana”; irónicamente, al igual que sus antecesores, AMLO dará un discurso en medio de fanfarrias y zalamería, con carga al erario.

Si todo marcha bien, en esa misma fecha estaré aterrizando en la capital del país, y no porque el Presidente me haya invitado, sino porque he sido convocado al Encuentro Nacional de Consultores CECAP, del cual les platicaré próximamente.

Post scriptum“En este ocaso de mi vida solo un deseo me queda: la dicha de mi país, la dicha de los míos”, Porfirio Díaz Mori.

 

Atentamente,

Francisco Ruiz, doctor en Derecho Electoral y asociado del Instituto Nacional de Administración Pública (INAP).

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