La Constitución: despreciable legajo burgués  

Cartaz lunes, 14 febrero, 2022 12:00 PM

“Las revoluciones no se hacen con leyes”.  

-Carlos Marx, El Capital (1890)  

 

Cada 5 de febrero de cada año, todos los reaccionarios burgueses, de “izquierda” y de derecha, le rinden grandes honores a ese libraco inmundo.

Los revolucionarios comunistas están muy lejos de prodigar honor alguno a ese legajo reaccionario. Y muy al contrario arremetemos con reciedumbre contra ese acerado bastión de los explotadores.

El hecho de que en la actual Constitución carrancista y burguesa de 1917 figuren una serie de principios democráticos es enteramente comprensible para un obrero consciente; tales principios han sido impuestos por la lucha de la clase obrera y del pueblo contra sus opresores. Pero no solo la Constitución mexicana contiene tales principios. Todos los países capitalistas se han esforzado en una que otra medida por cortarle los vuelos a la clase obrera, reconociéndole algunos derechos sobre el papel y negándoselos en la práctica.

Las libertades y derechos que prevé la Constitución carrancista son libertades y derechos puramente formales, que son violados diariamente por la burguesía. La Constitución prevé, por ejemplo, el derecho al trabajo, pero esto no constituye un obstáculo para que la patronal capitalista y su Estado arrojen a la calle, al desempleo, al hambre y a la muerte segura a millones de obreros. Como ocurre actualmente.

La Constitución, al igual que las demás leyes fundamentales de los países burgueses, sanciona la dominación política, legislativa y ejecutiva indivisible de la burguesía del país, sanciona la defensa de su propiedad capitalista y su Poder para explotar a las masas trabajadoras. Confiere bases legales a los órganos represivos para restringir la libertad y la democracia popular, para ejercer su represión y su dominación sobre todos (y sobre todo).

Algunas bellas palabras, como libertad, igualdad, fraternidad, democracia, independencia, justicia, etc., bien pueden durar cien años más en la Constitución, pero en los hechos, esto no se realizará ni dentro de mil años si la burguesía capitalista no es derrocada junto con sus Constituciones y sus leyes. Hace más de una centuria que la burguesía capitalista, la socialdemocracia, los revisionistas, el clero y otros vienen engañando a la clase obrera diciéndole que la vida agobiante que lleva, la miseria en que vive, la explotación feroz, la corrupción y todas las demás lacras sociales, son consecuencia de la “no aplicación consecuente de la Constitución”. Pero la situación miserable de la clase obrera ha sido y sigue siendo deplorable no porque la maldita Constitución burguesa no haya sido llevada a la práctica, sino a causa del sistema social capitalista de explotación que ésta defiende.

Decía el revolucionario y patriota, Ricardo Flores Magón en “Los Ilegales”, publicado el 3 de septiembre de 1910: “El que predica a los trabajadores que dentro de la Ley [es decir, de la Constitución burguesa] puede obtenerse la emancipación del proletariado, es un embaucador, porque la Ley ordena que no arranquemos de las manos del rico la riqueza que nos ha robado…El hombre que ajusta sus actos a la Ley podrá ser, a lo sumo, un buen animal domesticado: pero no un revolucionario”. Claro y preciso el revolucionario ácrata.

Los marxista-leninistas en su actividad revolucionaria no se preocupan en absoluto de que, con sus acciones revolucionarias, pisoteen y violen la Constitución, las reglas, los códigos y las normas del régimen burgués. Luchan con ánimo e inquebrantable fe para minar el régimen capitalista y preparar la revolución socialista.

Que los reformistas, socialdemócratas y revisionistas se unan a la “izquierda” morenista y a la derecha burguesa para glorificar y cantarle hosannas, cada 5 de febrero, a ese libraco reaccionario.

Los verdaderos revolucionarios marxista-leninistas pondrán siempre en la picota a todos estos enemigos del pueblo pobre. Y llegará el momento, en que este despreciable legajo burgués sea quemado, por montones, en la plaza pública. Sin duda alguna.

 

Atentamente,

Javier Antuna.

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