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Cenizas lunes, 9 agosto, 2021 12:00 PM

Don Francisco vivía en Barcelona. Hace unas semanas tocaron a la puerta de su casa. Le dejaron un citatorio. Debería presentarse a consulta con el reumatólogo. Hospital Vall d’Hebron. Ocho de enero 2004. Sin falta a las 9:15 de la mañana. El mensaje resaltó la frase: “Por estar en lista de espera”. Pero tal notificación causó retortijones de coraje a la familia. Por poco y se les derrama la bilis.

Es que hace tres años murió don Francisco. Tenía 54 años. Sufrió harto antes de fallecer. Lo torturó una terrible diabetes mellitus. Eso provocó insuficiencia renal. Hipertensión y dificultades respiratorias. Todo un espantoso catálogo de males. Para amolarla, le amputaron primero un pie y luego toda la pierna. Después de tal mutilación, los médicos le advirtieron: “Atiéndase muy bien la otra, si no, la perderá”. Es que ya tenía todos los desagradables síntomas.

Fue hospitalizado en la clínica Can Rutti de Barcelona. Lo trataron muy bien. Pero don Francisco buscó la clásica segunda opinión. Pidió ser llevado al sanatorio Vall d’Hebron. Su esposa María Rosa comentó: “Nos dijeron que la lista de espera en ese hospital era muy larga”. Entonces hicieron la lucha utilizando el sistema de urgencias, pero se estrellaron. Les dijeron que no podían atender, así como así, un caso tan complicado. “Mejor regresen al hospital Can Rutti”. Lo hicieron, pero se sorprendieron al llegar. Los médicos les recibieron entregándoles una papeleta. “Ya están en la lista de espera del Vall d’Hebron. Esperen la llamada del reumatólogo”.

Se confió don Francisco. Desgraciadamente no le llamaron. Su salud se fue despostillando. Perdió el habla. Luego quedó ciego. Y falleció sin recibir el pasaporte al hospital. Por eso la papeleta entregada con retraso, causó picazón en los sentimientos de su familia, especialmente en su hija Noemí. “Mi padre era un enfermo crónico. Su vida corría peligro” y debió tener preferencia. Se enteraron las autoridades del hospital. Entonces quisieron sacarse la daga clavada por su propia torpeza. “La espera para un segundo diagnóstico no tarda más de una semana”. Y hasta “… es posible una equivocación en el citatorio, el apellido del enfermo es muy común”. Por eso Noemí se encolerizó: “¿Cómo pueden decir que no hay retraso en la lista de espera, si ocurren cosas como esta?”.

De tan desgraciado episodio me enteré por El País español. Miguel Noguer escribió certera nota el 15 de marzo. Ese mismo día, pero en Reynosa, Tamaulipas, un hombre como el español fue llevado al Hospital Victoria. Tenía cáncer en la próstata. Para que lo atendieran rápido, prefirieron médico particular y no el Seguro Social. Todo mundo sabe de las tardanzas. “El doctor nos dijo que solamente estaría internado dos días”. Pero desgraciadamente se agravó. Debía continuar hospitalizado. Siendo la suya una familia modesta, no podían seguir pagando. Pero como derechohabientes, ni modo, se lo llevaron al IMSS.

“El 19 de marzo mi padre ingresó al Seguro Social de Reynosa, pero ni le atendieron”. Nada más lo metieron a un cuarto sin equipo médico. Les advirtieron: “… no hay camas disponibles” y, en tono de prepotencia, “… pueden esperar, porque como Ustedes vienen de clínica particular, hay otros pacientes”.

Al ver tanto desinterés, los familiares solicitaron auxilio. Fueron a la Presidencia Municipal. De allí llamaron al Seguro. Pero la parentela se entristeció cuando regresaron al hospital. Los recibieron con “… aquí no hay favoritismos”. Pero justa y curiosamente el 20 de marzo llevaron a una señora enferma. Inmediatamente fue atendida y encamada. No era milagro, sino la madre de un doctor que ejercía allí. De otra forma, la hubieran metido al cuartito de la indiferencia.

Estando allí los familiares del enfermo se enteraron: había personas como el señor desde hacía diez días. Todos esperando a que se desocupara una cama. Por eso me comentó la hija del señor: “No lo puedo creer. ¿A dónde va nuestro dinero? ¿Por qué si nuestra ciudad crece, el Seguro Social sigue del mismo tamaño?”. Recordó a un señor que, supo, se llamaba Rosalío. Llevaba más de dos semanas en espera. Estaba enfermo del corazón. Él y sus parientes creían que se moriría en cualquier momento. Ya ni supo lo que le pasó.

Hubo un doctor inconforme. Dijo que era necesario atender bien al paciente canceroso. Trasladarlo a una cama equipada. Era muy incómodo hacerle lavados en un espacio tan reducido. Y lo peor, les cobraban la sangre. Consiguieron amigos donadores. Los rechazó el Seguro “porque no tienen registro”. Y a los que sí, les mantuvieron parados mucho tiempo, haciendo fila.

No escribo el nombre del finado. Tampoco de su hija. Ella me pidió amablemente “no quisiera verlos publicados”. Pero tengo su teléfono. Hablé y confirmé todo. Y hasta me dijo estar dispuesta a decir todo ante quien sea.

De sus mensajes tomo dos párrafos: “No quiero que sigamos pidiendo limosna porque eso es lo que hacemos cada vez que acudimos al IMSS. Muchas personas están de acuerdo conmigo, pero no se atreven a decir nada. Yo quiero ser la diferencia. No quiero ser conformista. Cerrar los ojos y pretender que no pasa nada. Ya no”. Aparte: “Tengo 22 años y me alarma la situación que se vive aquí, e imagino que en otras partes también. Tengo miedo de formar una familia. Tengo miedo de tener hijos y traerlos a un mundo que no me gusta, pero que me encantaría aportar algo para cambiarlo. No culpo a nadie de lo que pasó. Hacerlo no le devuelve la vida a mi padre. Sólo quiero que no les pase a más personas y espero nunca volver a vivir algo así”.

El maltrato a los pacientes y la indiferencia a los familiares es un distintivo en el Seguro Social. Tanto como lo sucedido en España. Todos los días y por las noches veo los anuncios del IMSS en televisión. Conociendo, debe costar mucho la producción. También la transmisión. Es una millonada. Si lo invirtieran para atender derechohabientes, estarían un poco mejor. Además, no se puede pedir a los afiliados prevenir las enfermedades si ni siquiera les atienden. No lo hacen con una persona en estado grave. Menos con aquellos aparentemente sanos y en busca de precaución.

Recuerdo cuando finalizaban los años cincuenta. Se estableció el Seguro en San Luis Potosí. Ocupó un edificio anteriormente de la “Casa Pons”, tienda de servicio. Apenas funcionó y afiliado fui a consulta. Andaba muy mal del aparato digestivo. Luego de mucho esperar en una sillería, entré a un cuartito donde apenas cabía pequeño escritorio, el doctor, su silla y otra para el paciente. Preguntó por mis dolencias. Se las expliqué. Me recetó dos aspirinas después de cada alimento. Por fortuna no estaba como los pacientes español y tamaulipeco. Jamás volví. Servían más los menjurjes de mi abuela.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas,
publicada por última vez en abril de 2003

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