La línea de la muerte

Cartaz martes, 15 junio, 2021 12:00 PM

El sueñe americano cuesta a quienes lo obtuvieron y hoy son residentes en el país estadounidense (y muchos ya ciudadanos). Pero nada está escrito, y seguro todo cambia sin saber cuándo, a qué hora y qué día.

La frontera tijuanense respecto a la de San Ysidro, California, ha sido muda testigo de todo: persecuciones de gente tratando de ingresar a USA, pase lo que pase, ejecutados en el país de las barras y las estrellas; personas non gratas dedicadas al tráfico humano y la carga o embarque de quienes mueren asfixiados; carros con droga, cuyos conductores son “torcidos” en la línea y llevados al Centro Metropolitano de Corrección (estar detenido allí es la muerte en vida); conductores haciendo fila desde la colonia Buena Vista, por la vía rápida, muriendo de un paro cardiaco…

Recordemos también el auto raudo y veloz que quiso entrar al país güero, muriendo su conductor al estrellarse con la pluma que marca “alto, garita”; y la reciente triple muerte de tres residentes del país que destruyó Hiroshima y Nagasaki, luego de que una conductora en estado etílico embistiera su auto, el cual hacía fila para el otro “saite”. Una tragedia que no debió haber sido.

Tampoco olvidemos a todos los vendedores ambulantes que han sido atropellados por gringos locos, prófugos de la ley mexicana. Ni qué decir de los “migras” estadounidenses, que -según ellos en defensa propia- mataron a Anastasio. Sin contar los ahogados por Tijuana e Imperial Beach, mucho menos los que cruzan el cerco y son asesinados, así como los que mueren en los áridos desiertos…

En fin, son tantas las tragedias en la línea de la muerte, que no todos se dan cuenta. Quizás algún día caiga ese muro, como cayó el de Berlín; quizá no. La línea de la muerte está abierta las 24 horas, los 365 días, y no sabemos qué otras tragedias vienen.

El sueño americano cuesta; lo logrado se va en segundos. Todos tenemos nuestra línea marcada. Más que la línea divisoria entre ambos se países se marcó durante la guerra y la venta realizada por Santa Anna de tierras aztecas. Pero los sueños son solo sueños, y hasta ahí.

 

Atentamente,

Leopoldo Durán Ramírez.

Tijuana, B.C.

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