Gravedad

Cenizas lunes, 30 noviembre, 2020 12:00 PM

Empezando noviembre del 49, por poco y me mata una pleuresía. Empezó a dolerme entre el costillar izquierdo y la espalda. Entonces estudiaba primer año de carrera comercial. Entrábamos a las dos de la tarde y salíamos a las siete. Mi academia estaba sobre la Avenida Reforma en San Luis Potosí, cerca del enjambre de vías, taller y estación ferrocarrilera. Era una casona enorme de dos pisos improvisada para escuela. Puerta de caoba y largas ventanas con su respectiva herrería. Frontispicio de cantera rosada y paredes pintadas de verde limón. Tenía dos enormes cuartos al entrar. Me los imagino, originalmente: Para recibir a las visitas uno. El otro con su piano destinado a las veladas. O cuando los caballeros fumaban y charlaban lo que no podían escuchar las damas. Inmediatamente por el pasillo, dos escalones de bien tallada cantera obscura marcaban el único desnivel de la residencia. Enseguida el pequeño zaguán. Puritito mosaico verde y blanco en rombos.

Desembocaba en el patio con piso de adoquín. A la izquierda un cuartito improvisado como tienda. Solamente funcionaba a la hora del recreo. Enfrente dos cuartos enormes y de altos techos. Al fondo, arquería de cantera. Inmediatamente un espacio amplio. Pudo haber sido donde los caballeros descansaban en sillones o las damas realizaban sus tejidos. Inmediatamente, lo que imagino fue comedor y luego vi como improvisado salón de enseñanza. Todas sus puertas con más vidrio que madera. A la derecha, pequeño callejoncito rumbo al cuarto de los cachivaches y calentón. A la izquierda, encementada escalera incluido el barandal y sus 21 peldaños. Inmediatamente uno, dos y tres salones. Luego un limpio y enmosaicado pasillo con pasamanos de herrería. Al fondo una puerta blanca. Era la casa del profesor. Vivía con su hermana. No estaba matrimoniada ni se parecían. Él, garboso hasta el estiramiento. Pulcro. Bienvestido. Exageradamente bien vestido. Rasurado perfecto. Lentes blancos de arillos dorados y delgados. Siempre nos daba clase trajeado. Hablaba inglés como británico. En cambio, su hermana era chaparra. Dificultosamente caminaba por su gordura. Le pedía permiso a un pie para mover el otro. Y contrario a su hermano, tenía la pinta de árabe incluidos los notables, finos bigotillos. Aparte de atender la tiendita, se encargaba del aseo en la casa.

Cierto día, poco antes de salir de clases, sentí hervir en fiebre. Juan, amigo, vecino y condiscípulo casi cargó conmigo hasta llegar a casa. Mi madre me llevó a la cama y colocó una toalla mojada en la cabeza. Tomé un Mejoral. La abuela Juana llegó con sus chiquiadores estampándolos en las sienes y de paso un té de borraja “muy bueno para bajar la calentura”. 

Llamaron a un doctor. Su consultorio estaba cercano a nuestra casa. Llegó con su maletín. Sacó el estetoscopio. Calibró la temperatura. Me desabrochó la camisa de la pijama. Sumió sus dedos varias veces sobre mi estómago. Luego colocó la palma de su mano izquierda casi en el mismo lugar y golpeó con los dedos. Preguntó qué había comido durante el día. Mi madre le informó. Repreguntó “¿Y anoche?”. Rápidamente recordé: Dos platos de pozole blanco con tostadas de “cueritos”, chile piquín y Orange Crush. Inmediato dijo: “Tiene fiebre intestinal”.

Receta al canto y al rato medicinas. ¡Guácatelas!. Nada de mejoría. La fiebre siguió con dolor hasta el delirio. Madre, padre, hermanos, tías y abuelos sufriendo. Unos convencidos de fiebre intestinal que no cedía. “Cenó muy pesado y le hizo daño dormirse luego luego”. Otros, desconfiando. La abuela, hablando de oscuros males, como el de ojo y proponiendo una “limpia” con ramas de pirul, leche tibia y más té de borraja.

No sé si fue iniciativa de mi padre o se lo aconsejaron, pero decidió llamar al doctor Armando Morones Prieto. Cuando llegó ni cuenta me di. Pero luego, de tantas veces verlo me quedó grabada su figura. Alto. Bien trajeado. Estampa de artista. Voz grave. El pelo corto, rizado y negro. Su cabeza ligeramente inclinada por algún problema físico. No se parecía en nada a su hermano Ignacio, famoso en Monterrey. Combinaba medicina y política. Por eso llegó a la orilla de la candidatura presidencial. Pero mi doctor estaba alejado absolutamente de tal quehacer. Un día le oí decir: No le seguiría los pasos a su hermano “ni aunque me paguen”.

Supe luego de cuando me revisó les dijo a toda la parentela: “No es fiebre intestinal… es pleuresía y grave”. Por eso mis dolores al respirar. Solamente desaparecían acostándome del lado dañado, pero metiendo mi brazo bajo el costillar. Debía ser atendido inmediatamente. Además, entelerido como estaba desde chamaco no tenía suficientes defensas.

Pasé tres meses encamado en casa. Algunos días hasta mi madre pensaba que moría. Otros, mejoraba y comía. Pero anduve como pelota de tenis. De un lado a otro, entre este mundo y el que nadie conocemos. Fui muy inyectado. Primero no quería. Después hasta dormido o medio dormido. Nada más me ponían en posición y ándale. En medio de aquel jaloneo angustioso recibí estupenda noticia: Automáticamente recibí el pase de año en la academia. Temí ser reprobado por no asistir a los exámenes. Pero valió el promedio que traía. Pensé: “De la que me salvé”. Después en el agobio de mis compañeros de salón. Aun cuando nunca las habíamos pasado, nos contaron: Las tareas findeañeras eran engorrosas hasta el cansancio y la desesperación.

Finalmente sané. Mis padres agradecieron sin medida al doctor Morones Prieto y me llevaron a “pagar la manda”. Entramos de rodillas a la Iglesia de San Juan de los Lagos. Entonces cuanta ocasión se presentaba, en la casa referían la incapacidad y el desatino del médico cuando diagnosticó fiebre intestinal. Hasta su nombre fue zambutido en la desmemoria. Dicen que los doctores entierran sus equivocaciones. Afortunadamente soy de las excepciones. Me salvaron. Como en el beisbol, tras el error viene el hit. Pero los periodistas no sepultamos nuestros equívocos. Los publicamos. Seguramente en ese terreno los políticos nos ganan. Sus fallas son grandes y seguidas. Muchos las desparramamos y sus opositores las festejan.

Ahora, el Partido Revolucionario Institucional está grave como yo cuando chamaco. El noviembre que viene celebrarán su convención nacional. Su diagnóstico inmediato es la pelea por la presidencia. Me la imagino como mi fiebre intestinal. No se han fijado. La enfermedad que deberían atacar es más delicada que la pleuresía. Recuperación primero. Líder después.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas,

publicado por primera vez en octubre de 2001.

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