Confesar un crimen impone una marca: cinismo o arrepentimiento

Carlos Hank Gonzalez
 
Dobleplana lunes, 18 abril, 2016 12:00 PM

Dícese que confesar un crimen impone una de dos marcas: el cinismo o el arrepentimiento.

A partir de las siguientes líneas, el Lector tendrá el material suficiente para juzgar si en este caso es cinismo o resulta arrepentimiento.

Desde octubre y hasta la semana pasada, llegando a cuatro ocasiones, el profesor Carlos Hank González, con una sutileza que no derrapó en descaro, sugirió a ZETA “buscar alguna forma” para que ya no se ligue a su hijo Jorge con el “penoso caso” de Héctor Félix Miranda.

Desde los niveles presidenciales del pasado sexenio en sus días finales de octubre, hasta utilizar los actuales conductos de la “comunicación social” en la Secretaría de Turismo que dirige, don Carlos Hank González no ha podido encontrar en ZETA y para su hijo, la inmunidad que quisiera.

Un reciente intento, iniciado apenas en abril, se deslizó silenciosa, peligrosamente como una serpiente a punto de picar, para insistir “por lo menos en bajarle de tono” a las menciones de Jorge Hank Rhon en el crimen del periodista. El sub-Director de un periódico distritofederalense, a instancias de un Jefe de Prensa de cierta Secretaría de Estado, trajo el mensaje a ZETA.

Naturalmente se fue sin respuesta esperada. Tardó más en viajar de la ciudad de México a Tijuana, que en entrar y salir de ZETA.

Tan singular insistencia de “buscar alguna forma” que le retire a Jorge Hank la etiqueta de sospechoso principal, por el contrario, la fortalece.

Definitivamente no se puede pedir, solicitar o sugerir clemencia para quien no es culpable. Por el contrario, la medida, la forma y el conducto de los sutiles pero machacones reclamos refleja la talla de la culpabilidad.

Hace poco menos de un año, cuando la brújula de la sospecha apuntaba hacia el Hipódromo de Agua Caliente, brotaron estos hechos claves ya desde entonces del dominio público.

* Victoriano Medina –guardaespaldas de Hank– fue detenido como presunto asesino.

* Antonio Vera Palestina –guardaespaldas de Hank– huyó al ser ubicado como el autor de los disparos.

* Emigdio Nevárez –empleado de Hank– huyó cuando se descubrió que conducía el pick-up desde donde disparó Vera Palestina.

* En el hipódromo –propiedad de Hank– un cateo permitió encontrar un extenso repertorio de armas prohibidas y solo permitidas al Ejército.

* Vera Palestina –guardaespaldas de Hank– recibió en el hipódromo –propiedad de Hank– un cheque de 10 mil dólares antes del huir.

* Abogados del hipódromo –propiedad de Hank– promovieron un juicio de amparo contra Antonio Vera Palestina, sin lograrlo.

Reunidos esos seis hechos, aquí se comentó recordando aquella curiosa definición cuando alguien pedía identificar un animal y encontró como respuesta: “si tiene pico de pato, si tiene alas de pato, si tiene patas de pato y hace cuac-cuac… ¡es un pato!”. No hay de otra.

Por si hubiese alguna duda en lo del pato y en lo de Hank, podrían agregarse estos notables ingredientes:

* A pesar de su relación evidente, Jorge Hank Rhon no fue llamado a declarar ni por el juez que llevó la causa en el desgobierno leyviano, ni en el actual baylonista.

* Alberto Murguía, amigo íntimo de Jorge Hank Rhon y en iguales circunstancias en el caso, tampoco fue molestado.

* Corrieron la misma suerte Edgardo Leyva Mortera, Eliseo Aguiñaga y José Luis García Figueroa, cuya conexión con el caso no ha podido ser desembarazada. Todos ellos, pertenecientes al clan del que fuera gobernador y cuyas conexiones con Jorge Hank Rhon y Alberto Murguía tienen una rareza que curiosamente se enlaza con Victoriano Medina, compadre de Eliseo, servidor de García Figueroa y avalado por Edgardo en el hipódromo.

* Inexplicablemente no se dio a conocer el dictamen balístico de peritos militares donde obviamente se demostraría que Victoriano Medina jamás pudo disparar a la altura de los impactos que recibió Félix Miranda.

Hoy Secretario de Turismo y antes Regente del Distrito Federal, de Carlos Hank González escribió Manuel Buendía exactamente hace 10 años, un 25 de abril:

“Hank ha sido siempre un buen esgrimista de la palabra. Es su principal arma para combatir y para defenderse. Como boxeador habría sido un Juan Zurita, un Joe Conde, un ‘Ratón’ Macías o –para hablar de alguien más reciente– un Miguel Canto. Es decir, maestros de la esgrima que lo mismo pueden combatir a campo abierto, a mitad del ring, que resistir contra las cuerdas. Hank está ahora contra las cuerdas… y aún se da ánimos para sonreír al público y guiñarle un ojo al árbitro”.

Certero fue Manuel Buendía en la descripción. Hank González no le dio importancia al caso de Héctor Félix hasta que no estuvo en las vísperas de que ingresara al gabinete de Carlos Salinas de Gortari.

Don Carlos, políticamente poderoso y económicamente archimillonario, cuando no esperaba volver a Palacio Nacional y recién cometido el crimen, dispuso que sus cercanos de confianza plena viajaran a Tijuana para investigar por su cuenta el caso.

Hèctor "El Gato" Félix Miranda

Fotos: Archivo/Héctor “El Gato” Félix Miranda

Para ZETA, ni para la Policía Judicial del Estado, fue un secreto y existen constancias de artículos periodísticos en estas planas que dan cuenta de ello.

Es evidente que la información confidencial allegada al ex-regente del Distrito Federal confirmó lo que en Baja California era por entonces un secreto a voces: la sospecha de que su hijo y el amigo de su hijo estaban inodados en el asesinato.

Indudablemente, los informes agendados especialmente para don Carlos Hank González podrían haber sido confirmados luego por Antonio Vera Palestina, su fiel guardaespaldas de muchos años y –hasta que no se demuestre lo contrario– asesino de Héctor Félix.

Podría ocurrir, en efecto, que al profesor Carlos Hank González no le hubiera estremecido el crimen. Ha visto tanto y tan sucio en este país a su paso por los puestos políticos que originalmente no lo tomó demasiado en cuenta. Pero tal vez lo que le estremeció fueron los motivos del asesinato.

Esto es, para don Carlos los motivos serían más graves que el crimen.

Con el callo político de tantos años, el ex-regente asumió la estrategia del apostador que a veces corre riesgos imprevistos: no retiró a su hijo de Tijuana para no dar pie a fortalecer la sospecha. Por el contrario, pareció ordenarle cortarse cabellera y barbas largas ambas, a la par que exhibirse realizando donativos, aportando dinero para obras generosas e invirtiendo en fabulosas obras, eventos caballísticos internacionales y en espectáculos impresionantes que colocaran a Tijuana bajo los reflectores de la atención universal.

Mas ni la rasura ni la estrategia millonaria tuvieron los efectos buscados. Publicaciones en Estados Unidos hasta el punto de The New York Times; en Europa el ABC de Madrid y diversas revistas especializadas en competencias de caballos o galgos, a cada acción que para resaltar empujaba Hank, provocaba una mención relativa a ser sospechoso del crimen de Héctor Félix.

Entonces y frente a eso, se dio la estrategia de la indiferencia. Pero tampoco funcionó porque en vez de tal se llegó al punto de la desfachatez cayendo finalmente en el desprestigio.

Desfachatez, porque se derrapó en el grado que Antonio Vera Palestina, el asesino no desmentido, se paseó por Chula Vista y National City, siendo visto en la residencia a Hank Rhon en Estados Unidos y, otra ocasión, en el rancho de Hank González en el Estado de México.

Agentes de la Policía Judicial del Estado cuando era comandada por Gustavo Romero Meza, tenían todos los datos de ubicación, pero no la autorización para capturarlo. Alguna vez, reciente, se le ligó a las órdenes de Miguel Nazar Haro sin que pudiera comprobarse, pero luego fue una realidad que permaneció temporalmente en el Estado de Guerrero.

A fortalecer la sospecha de Hank, Murguía, Edgardo, Aguiñaga y García Figueroa, contribuyó el gobierno leyviano. La parcialidad en el juicio dejó sentadas actuaciones frágiles para sentenciar a quien no es el asesino pero sí partícipe en la emboscada y ahora un evidente protegido de Hank Rhon.

Por eso ahora el juez Braulio Gómez Verónica, quien tiene le proceso a su cargo, reconoce la irregularidad con que se inició la averiguación durante el gobierno de Leyva Mortera provocando daños irreversibles.

En tales condiciones y con los elementos oficiales, pero no reales, Gómez Verónica sentenciará a quien no es el asesino, pero sí cómplice. Sentenciarlo como autor intelectual y material sería un hecho que pasará a la historia como si Óscar Baylón escondiera la basura bajo la alfombra.

La palabra, decíase, es arma principal de Hank González. Su poder político y su dinero también.

Pero esta vez el profesor no podrá arreglar las cosas ni con su palabra, ni con su poder político, ni con su dinero.

Tal vez a lo más que llegue es entregar a Vera Palestina y, con la impresionante perseverancia que significa el Secretario de Turismo, hacer creer que su hijo no tuvo nada que ver.

Manuel Buendía escribía que el profesor “…sabe lo que son las alas de la propaganda y que nadie, ni siquiera el Presidente, dispone de un apartado tan formidable”. Y agregaría “…Hank por otra parte genera espontáneamente muchas adhesiones de comentaristas limpios. Tiene un gran número de ‘fans’ y no todos a sueldo”.

Pero aquí se toparía con el inconveniente gravísimo, de que en este caso difícilmente podría convencer a todo Baja California que su hijo no tiene que ver en el crimen cuando las evidencias apuntan hacia el hipódromo de Agua Caliente.

Son, en suma, hechos. No palabras.

Juzgue entonces el Lector, si la petición a ZETA para olvidar el asunto o por lo menos “bajarle de tono” es, o no, una confesión.
Juzgue también, si esa confesión tiene la marca del arrepentimiento o del cinismo.

Dobleplana publicada el 21 de abril de 1989, de Jesús Blancornelas.

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