Cuando san Juan Crisóstomo, arzobispo Primado de Constantinopla, les decía a los poderosos ricos de su tiempo, que para qué cubrían los altares con mantos de seda y bordados de oro y plata, y llevaban cálices de oro incrustados de piedras preciosas; si allá afuera del templo “Cristo se muere de hambre y frío”.