Si habla de Jaime Bonilla, que cruzó la frontera para dirigir el Distrito de Agua de Otay y afiliarse al Partido Republicano y terminó cobijado por quienes hoy se dicen distintos, dígalo también.
Un mes después, la ciudad me había atrapado. Sus olores, su cadencia, su silencio que habla, su topografía que reta, su gente que empuja. Era como entrar al mundo de Nunca Jamás. Y yo ya no quería salir.
“Si Bonilla va como gobernador, yo no le entro”. No me arrepiento. Era evidente que detrás de la aparente unidad se gestaba un proyecto personalista, sin transparencia y con desprecio por las reglas democráticas.
Andrés Manuel López Obrador ha vuelto a colocarse en el centro del debate nacional con sus declaraciones sobre un eventual regreso a la vida pública. El expresidente aseguró que sólo volvería si la democracia está en riesgo, si la Presidenta Claudia Sheinbaum es atacada o si la soberanía nacional se ve amenazada.
Tijuana fue su cuna y su trinchera. En los clubes de la ciudad, entre gringos curiosos y mexicanos hambrientos de sonido, Bátiz empezó a construir su leyenda. Cuando se fue a la Ciudad de México, lo quisieron meter en moldes comerciales, pero no encajaba. No podía.
La irrupción armada en las oficinas del Semanario ZETA por parte del empresario Manuel Cisneros Romero, padre de Omar Cisneros Salcedo, no es un hecho aislado ni menor. Es un acto de intimidación que pone en jaque no sólo a la prensa libre, sino a la dignidad de Baja California. Y cuando se toca a Adela Navarro, se toca a la conciencia crítica de todo un país.
Hay hombres que pasan como ráfagas. Y hay otros —raros, incómodos, necesarios— que se quedan como grietas en el muro del poder. Felipe Daniel Ruanova Zárate fue de estos últimos. Nacido en la Ciudad de México en 1945, pero forjado en la frontera: Ensenada, El Sauzal, Mexicali, Tijuana; donde el polvo y la dignidad se mezclan en cada esquina.
La tarde del 30 de septiembre de 1995, en el poblado de La Realidad, Chiapas, se celebró un encuentro que marcaría la historia del diálogo entre el Estado mexicano y la insurgencia zapatista.
No fui a La Habana buscando una firma. Fui buscando memoria. Pero aquella noche, entre mapas, silencios y vasos de agua en el Palacio de la Revolución, le pedí a Fidel Castro que firmara un póster del Che Guevara. Quería que lo dedicara a Tijuana, esa ciudad que no se deja domesticar, que canta con los pies en el polvo y la dignidad en la garganta.