— Padre, le confieso que me he cometido actos impuros con el párroco de la iglesia de la esquina.
— Bueno hija mía, esta vez te absuelvo, pero recuerda: ¡Tu parroquia es ésta!
Autor: Un monaguillo.
El pronóstico
Había una vez un rey que quería ir de pesca. Llamó a su pronosticador del tiempo y le preguntó el estado del mismo para las próximas horas. Éste lo tranquilizó diciéndole que podía ir tranquilo, pues no llovería.
Como la novia del monarca vivía cerca de donde éste iría, se vistió con sus mejores galas. Ya en camino se encontró con un campesino montado en su burro, quien al ver al rey le dijo:
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— Señor, es mejor que vuelva, pues va a llover muchísimo.
Por supuesto, el rey siguió su camino pensando: “Que sabrá este tipo si tengo un especialista al que muy bien pago que me dijo lo contrario. Mejor sigo adelante”.
Y así lo hizo y, por supuesto, llovió torrencialmente. El rey se empapó y la novia se rio de él al verlo en ese estado. Furioso, volvió a palacio y despidió a su empleado. Mandó llamar al campesino y le ofreció el puesto, pero éste le dijo:
— Señor, yo no entiendo nada de eso, pero si las orejas de mi borrico están caídas quiere decir que lloverá.
Entonces el rey contrató al burro. Así comenzó la costumbre de contratar burros para desempeñar los más altos cargos de responsabilidad.
Autor: Anónimo de la derecha, of course.
El regalo de un regio
Un regiomontano le prometió a su hija un viaje en avioneta como regalo de cumpleaños, así que está negociando el cobro del paseo con el piloto:
— ¿Cuánto me cobra por dar un paseo de una hora?
— 40 mil pesos.
— Uf, eso es mucha lana. ¿Y si sólo es media hora?
— Por media hora, 20 mil.
— Uy, 20 mil, ¿no tiene nada más barato?
— Pues mire, podemos hacer un trato. Si usted se sube a la avioneta y es capaz de estar completamente callado durante todo el vuelo, no le cobraré un peso.
— Hecho.
Allá se suben los tres y el piloto empieza a hacer malabarismos, caídas en picado, el avión boca arriba, boca abajo… y el hombre, mudo.
Por fin se cansa el piloto y aterriza.
— Oiga, me tiene usted asombrado. Mire que hice cosas peligrosas con la avioneta y no pronunció ni una palabra.
— Si quiere que le diga la verdad, estuve a punto de gritar cuando se cayó la niña.
Autor: Un testigo.
En un simposio médico
Un médico israelita comenta:
— La medicina en Israel está tan avanzada que nosotros le quitamos los testículos a una persona, se los ponemos a otra y en seis semanas ya está buscando trabajo.
Un médico alemán comenta:
— Eso no es nada; en Alemania le sacamos parte del cerebro a una persona, la ponemos en otra, y en cuatro semanas ya está buscando trabajo.
Un médico ruso comenta:
— Eso tampoco es nada; en Rusia la medicina esta tan avanzada que le sacamos la mitad del corazón a una persona, se la ponemos a otra, y en dos semanas ambas están buscando trabajo
A lo que el médico mexicano responde:
— Nada que ver, todos ustedes están muy atrasados, fíjense que nosotros en México agarramos a una persona sin cerebro, sin corazón y sin carisma, la pusimos de presidente y ahora todo el país está buscando trabajo.
Autor: Otro anónimo de la derecha, con toda razón.
El horóscopo
¿Has leído tu horóscopo de octubre?
Salud: los astros te sonríen.
Dinero: los astros te sonríen.
Sexo: los astros se mueren de risa.
Autor: Mejor así lo dejamos.
Hijos y maridos
Una amiga le dice a otra:
— Que raro eso de los hijos, ¿verdad? Yo los crie a todos igual y me han salido todos diferentes…
La otra le contesta:
— Es al revés que con los hombres: que cuando los tienes de novios, son todos diferentes; pero cuando son maridos… ¡¡¡son todos iguales!!!
Autor: Una exesposa.
Tropezar
Estaban hablando el alcalde y el maestro en el bar del pueblo.
— Hoy viene el nuevo párroco.
— ¿Y le va usted a avisar de la costumbre que tienen las mujeres de decir “tropezar” en vez de “cometer adulterio”?
— No, ya se enterará él.
El párroco empieza a confesar ese mismo día:
— Ave María Purísima.
— Sin pecado concebida. A ver, hija, ¿qué te pasa?
— Padre, confieso que he tropezado.
— Pero hija, eso no es pecado. Anda, vete.
Así una tras otra todas las mujeres del pueblo.
El párroco termina las confesiones, va a la taberna y le dice al alcalde:
— Señor alcalde, a ver si repara las calles que las mujeres no hacen más que tropezar.
— Ja, ja, ja, ja.
— Pues no sé de qué se ríe, si su mujer es la que más tropieza.
Autor: Sin palabras.





