El sacerdote Noel Sebastián D’Mello, fue denunciado por violación. En la secrecía de una reunión espiritual con una monja de la cuál él era guía espiritual, abusó de ella. Aun con sus hábitos puestos, agredió a la hermana. Mancilló su cuerpo, y después la manipuló. La absolvió del pecado y le dijo que aquello no era tal, que era una “necesidad de humanos”. La hermana, en estado de shock, todo el tiempo, confiesa, estuvo paralizada. Sentía vergüenza por lo sucedido, hasta que no pudo más y denunció el abuso dentro de la Iglesia Católica en Tijuana.
Noel Sebastían D’Mello fue denunciado ante la Fiscalía General del Estado de Baja California (FGE), por la violación de una monja en Tijuana; enfrenta un juicio penal activo desde el año 2021 en la FGE.
También se supone que la Iglesia Católica lo investiga en un proceso en el Tribunal Eclesiástico.
Pero sin avance en la investigación del Estado, y congelado el caso en el Tribunal Eclesiástico, el prelado ejerce como vicario en el templo de San Ignacio de Loyola, en el fraccionamiento Nueva Tijuana en Otay.
(Se presume inocente mientras no se declare su responsabilidad por la autoridad judicial. Art.13, CNPP)
No siempre fue impune por sus actos lascivos. A mediados del 2021, la iglesia suspendió al sacerdote D’Mello durante cinco años; aunque sin resolver la denuncia canónica en su contra, lo reintegró a una parroquia. Ante la autoridad civil, el clérigo se declaró inocente en la FGEBC y aceptó ir a juicio; sin embargo, con diferentes excusas, los abogados del cura han retrasado el juicio civil durante cinco años. La última audiencia fue un año atrás.
Publicidad
Este tiempo ha sido utilizado por representantes del Tribunal Eclesiástico y el vicariato judicial, que deberían proteger y defender a la víctima, para sugerirle a la religiosa violentada que retire la denuncia de la fiscalía, “porque nada va a ganar”.
“¿Tú qué pides?”, le preguntaron.
“Que este hombre ya no ejerza como sacerdote”, respondió la hermana.
Por entonces, al inicio de la denuncia le advirtieron a la religiosa: “Eso es imposible, él sigue siendo sacerdote. La pena que le va a dar la iglesia son cinco años que va a estar retirado, y después se puede reintegrar”.
Le recordaron: “La iglesia no da cárcel”.
Así sucedió. Hoy día, en total impunidad por la violación de una de sus hermanas guiadas, D’Mello es vicario en una iglesia en Tijuana.
La hermana, quien prefiere mantenerse en el anonimato, pero que la Iglesia Católica de Tijuana la conoce y reconoce su caso denunciado por la violación de la que fue objeto, dice a ZETA sobre la decisión que tomaron al reinstalar al padre:
“Yo me siento muy impotente que este hombre ande como si nada, siendo que es un peligro para los jóvenes, para los niños, para toda la gente vulnerable que busca ayuda espiritual dentro de la iglesia. No creo que en cinco años se haya restablecido su salud, no solamente física, sino moral, mental, no sé cómo llamarle, pero es un hombre muy enfermo”.
“Se me hace un descaro que yo llevo más de cinco años con medicina psiquiátrica, con terapia psicológica, y hasta la fecha yo no puedo superar esto. No me he podido restablecer en mi vida espiritual; me cuesta mucho acudir a la confesión, buscar ayuda espiritual en un sacerdote. Ese hombre está enfermo, no pudo haberse reestablecido”.
A la víctima se le llenan los ojos de lágrimas cuando explica a las reporteras el calvario que ha vivido desde hace cinco años: siente dolor, impotencia y le da vergüenza mientras relata lo que le sucedió, a pesar de decir, conscientemente, “yo no lo provoqué”.
GUÍA ESPIRITUAL REMOTO
Noel Sebastián D’Mello, sacerdote de la India, y Misionero de la Caridad, era vicario en una parroquia en la delegación Sánchez Tabodada, y fungía como guía espiritual y confesor mensual de un grupo de religiosas. Fue así que la monja lo conoció e inició un proceso espiritual con él; ésa era su labor. Ella y otras hermanas lo consideraban su guía espiritual. “Para mí, era un padre en la fe”, confiesa. Ese pensamiento lo tenía en el 2017.
A ella la cambiaron a una congregación en otro país por unos años. Tuvo problemas de salud. Primero una fractura que la puso más de seis meses en cama, después le debieron extraer el útero de emergencia por un tumor. Y en junio del 2020, cuando la regresaron a Tijuana, llegó con COVID, su situación se agravó, la aislaron dos meses y sobrevivió.
Mientras estuvo aislada en Tijuana, el padre Sebastián D’Mello la apoyó espiritualmente de manera remota, “…preguntándome cómo estaba mi salud, si necesitaba ayuda espiritual; cuando salí del COVID y tuve la oportunidad de irme a confesar, lo busqué a él”, detalló la víctima.
La primera visita no tuvo problemas, la religiosa iba acompañada y la recibió en la sala de la casa parroquial; le ofreció algo de beber, después la pasó al confesionario y la atendió.
VIOLACIÓN Y DENUNCIADA
La violación sucedió un lunes 9 de noviembre del 2020, cuando tenía una segunda cita para confesión. La víctima llegó alrededor de las 11:00 horas a la casa sacerdotal acompañada de un matrimonio que también se iba a confesar, pero a la pareja les surgió un imprevisto, se retiraron, y la dejaron sola con el sacerdote.
“El padre me recibió en la sala y me invitó una bebida, llegó la hora de la confesión y le dije si íbamos a ir al confesionario. Él me dijo que iba a ser ahí en la sala, porque era el día de descanso de su secretaria, de la cocinera, y estaba solo”, relató la víctima.
“Empezamos la conversación, llegó un momento en que me dijo que me pusiera de pie, yo obedecí, y él me abrazó con mucha fuerza, y empezó a hacer fuerzas con sus genitales. Entonces, yo me sentí, me sentí muy, muy, muy asustada; no sabía qué pasaba, me quedé muy tiesa. Cuando estoy en un peligro me quedo paralizada, no puedo gritar, no puedo, no me sale la voz; no pude hacer nada, me sentía como una piedra”.
“Empezó a dolerme toda la cara, el cuello, y después empezó a introducir su lengua en mi boca, y yo no podía actuar. No entendía qué estaba pasando”.
“Llegó otro momento en que me dijo que subiéramos, que me quería enseñar su cuarto; me llevó, levantó mi ropa interior, me introdujo su dedo en mi vagina, después me sentó en su cama y con mi hábito puesto, solamente mi ropa interior bajada, empezó a hacer fuerzas con sus genitales, y se me cayó el velo. Al ver que se me cayó el velo, me dijo que me quitara la ropa, él también me la quitó, y después otra vez volvió a hacer fuerzas con sus genitales”.
“Y lo único que yo pensaba en ese momento es que tenía operación, porque tenía poco de mi operación de la matriz, sólo pensaba en eso, que se me iba a reventar la operación porque su peso… muy robusto y yo soy de baja estatura. Yo no pensaba en nada más que mi operación, pero me sentía muy tiesa; yo no sentía nada, estaba muy tiesa, paralizada”.
Al darse cuenta de que no podía penetrarla, D’Mello se puso a hablar mientras la tocaba; le decía que los diabéticos tienen problemas de erección, que él era diabético, y que por eso muchos matrimonios se separan, que eso lo había escuchado en la confesión.
Mientras la tocaba, “él mencionaba a mis hermanas, cómo las miraba, que la hermana tal tenía los senos más grandes, que yo los tenía muy chiquitos y que los tenía caídos, y que la otra hermana era una tabla seca, porque está delgada”.
“Iba teniendo mucho diálogo. Empezó a decir que las mujeres cuando van a los 15 años, a los bautismos, van muy escotadas; y todo lo que él piensa, él me lo decía, que se deleitaba en verlas, y yo seguía tiesa escuchando”.
“Yo sentía que me asfixiaba y hubo un momento en que le dije que ya, por favor, que me estaba asfixiando, que no podía respirar; se paró muy enojado porque no pudo penetrar”, no logró la erección, y entonces le pidió que se ducharan juntos. La víctima lo rechazó.
“Dije que no, que tenía mucho frío, que ya quería irme, que me dejara ir, que, por favor, yo ya quería irme, y me dijo que sí”. La religiosa se vistió y cuando bajaron a la sala le pidió el teléfono para hablar con su supervisora porque ya iba muy tarde. Pero el que se comunicó al convento fue el sacerdote y puso el pretexto que la monja no se había ido porque no llegaba el taxi.
Pero ahí no terminó el calvario de la hermana.
Relató: “Él continuó con sus cosas, me sentó en sus piernas en la sala, él se desfajó el cinturón y el pantalón, y me pidió que le hiciera sexo oral. Yo le dije que no quería, que me dejara ir, y me dijo que para que se me antojara había unas cremas sabor a chocolate o a vainilla. Yo lloraba que me dejara ir. No satisfecho, me seguía manipulando; tomó mis manos para que le estuviera sobando sus genitales”, y la agresión sexual continuó hasta que llegó el transporte.
Cuando no pudo más con la culpa, la hermana declaró a los investigadores religiosos lo sucedido. La misma versión está plasmada en la carpeta de investigación de la FGE, iniciada por la víctima en junio del 2021, seis meses después que la denuncia canónica, se dio cuenta, no avanzaba.

QUE NO ERA PECADO Y UNA CAUSA DE EXCOMUNIÓN
“En ese momento, no sabía qué pasaba, no sabía cómo; tenía mucho miedo, estaba paralizada y me dejé manipular, pero todo esto fue sin mi consentimiento, no pude actuar”.
“Yo me sentía tan sucia, deshonesta de volver a mi casa, al convento. Le pedí -al mismo sacerdote Noel Sebastián D’Mello- que me diera la absolución porque yo no podía ir a misa y comulgar estando así en este pecado, que yo no lo provoqué, sino que fue él”.
“Él, sin pensarlo, me dio la absolución, sin que yo confesara ningún pecado, para que yo no hablara”.
De acuerdo a la iglesia, la “absolución de cómplice”, dígase “absolver a una persona con quien se ha cometido un pecado contra el sexto mandamiento (adulterio)” es causal de excomunión, pero eso tampoco ha ocurrido con el sacerdote, que ejerce de vicario en una parroquia.
“Él intentaba manipularme diciendo que no era pecado lo que había pasado, que era una necesidad de humanos, que no le dijera a nadie; que, si me confesaba, nada más dijera que cometía actos impuros, pero que no diera ni su nombre ni la parroquia, ni nada”.
NOCHES SIN DORMIR Y LA CONFESIÓN
“Cuando sucedieron estos hechos, en el convento me llamaron la atención, pero no pude decir nada y no pude dormir toda la noche; tenía mucho miedo porque este hombre me hizo sentirme culpable. Al día siguiente me quedé porque no quería comulgar, le llamé a mi supervisora general, que estaba fuera del país, y le dije lo que me había pasado; mentí respecto al lugar y la persona, no le quería decir, mi supervisora no me creyó, pero así se quedó”.
“El segundo día yo seguía sin dormir y seguía muy inquieta por estar mintiendo; lo único que quería era irme porque sentía que me volvía loca, no me sentía digna de traer el hábito y de estar en el convento con tanta mentira”.
Adicionalmente, el sacerdote implicado en la agresión continuaba presentándose al convento y a su parroquia a celebrar misa, y buscándola para pedirle que no dijera nada”.
“Después de unos dos días volví a llamarle a mi superiora y le dije quién había sido; ella se asustó mucho y me pidió permiso para decirle a las hermanas, porque ellas tenían que saber, porque este hombre era un peligro”.
Le recomendaron una confesión con otro Misionero de la Caridad de su elección. A pesar de lo que había pasado, ella seguía confiando en la congregación, y la madre superiora de la congregación designó como su tutor al presbítero Cyril D’Silva, porque ella estaba en Perú.
“Él fue el primero que escuchó mi versión, todos los sucesos; me confesó, me escuchó, me pedía perdón, lloraba conmigo, me decía que estaba muy dispuesto apoyarme. Y él me acompañó a poner la denuncia a la Comisión Diocesana de Protección del Menor, en la Arquidiócesis de Tijuana.
Más de seis meses después, la denunciante se enteró que los mismos Misioneros que la estaban asesorando, protegieron y resguardaron al presunto agresor en la casa pastoral, después que lo removieron de la parroquia. Entonces, habló con su tutor y le dijo que había dejado de confiar en él.
IGLESIA NO PROCESA EL CASO
El 15 de diciembre del 2020, cuando presentó su denuncia en la Comisión Diocesana de Protección del Menor, encabezada por el presbítero y licenciado, Roldán Antonio Sánchez Gamboa, la cual “trabaja en la creación de ambientes seguros, protocolos de prevención y capacitación para salvaguardar a la niñez y adolescencia dentro de la comunidad eclesiástica”, le dijeron que, en el proceso ante la iglesia, sería entrevistada por una psicóloga, como marcan los protocolos, pero no fue así.
“Cuando fui a poner la denuncia canónica, el padre que me entrevistó me hizo hablar; yo no quería porque tenía vergüenza, pero me hizo hablar delante de otro sacerdote que me acompañó, y me dijo que era necesario”.
Pasaron seis meses de la denuncia canónica, y el sacerdote Noel Sebastián D’Mello continuaba como vicario ejerciendo en una parroquia; incluso, en ese período celebró el aniversario de su ordenación sacerdotal y su cumpleaños, lo que se informó a través de las publicaciones de la arquidiócesis.
La hermana no soportó tanta exhibición y celebración en torno al sacerdote que la había violentado, y esa frustración la animó a presentar la denuncia ante la autoridad civil en la FGE, “primero vía telefónica, porque sentía mucha vergüenza como religiosa ir a poner la denuncia contra un sacerdote; empecé a pedir asesoría y acudí al Centro de Justicia para la Mujer. Fue muy terrible todo el proceso en la fiscalía, sin embargo, fueron muy empáticos conmigo”.

TRIBUNAL ECLECIÁSTICO INVESTIGA A LA DENUNCIANTE
El canonista que el entonces arzobispo Francisco Moreno Barrón (Q.E.P.D.) dejó a cargo de la denuncia contra el padre Sebastían D’Mello, fue el vicario judicial de la Comisión Diocesana de la Arquidiócesis de Tijuana, el presbítero y licenciado, Héctor Emilio Nava Sánchez.
Pero de nada sirvió: “Lo que he recibido de él es rechazo, pareciera que yo fuera criminal; me han investigado en las redes sociales, sin mi consentimiento, abrieron mi correo electrónico, imprimieron correos que yo escribí al padre, como mi guía espiritual”, recordó la hermana.
“Sí es verdad que nos escribíamos, pero yo nunca con la finalidad de buscar sexo o buscar algo afectivo. Yo lo estimaba como padre espiritual. Por eso le pregunté: ‘Dígame en qué parte de los correos dice que yo estoy enamorada o que él esté enamorado de mi’. Me sentí muy triste al darme cuenta que estaban violando mi privacidad, y le dije que yo podía denunciarlos porque están violando leyes digitales, no sé, de comunicación”.
LE SUGIRIERON RETIRAR LA DENUNCIA CIVIL
Además del vicario judicial Nava, el arzobispo Moreno Barrón designó a otro canonista de Durango, que da cursos en Tijuana, como tutor de la denunciante, de nombre Flavio: “Él me estuvo asesorando, pero cambió cuando le dieron el nombramiento directamente de Roma, entonces él fue quien me sugería quitar la denuncia de la FGE, aunque no directamente”.
“Me dijo: ‘Este hombre va a morirse en la cárcel, está enfermo, tiene diabetes’, me preguntó: ‘Tú qué pides?’”, y ella respondió: “Que este hombre ya no ejerza como sacerdote”. La respuesta de Flavio fue: “Eso es imposible, él sigue siendo sacerdote. La pena que le va a dar la iglesia son cinco años que va a estar retirado, y después se puede reintegrar”.
“La iglesia no da cárcel”, sentenció el canonista.
En cuanto a denunciarlo por darle la “absolución cómplice” después de la violación, para que fuese excomulgado, lo que la monja hizo enviando una carta a Roma, Flavio le recordó que si el sacerdote denunciado pedía perdón, lo aceptarían de regresó, porque la excomunión no es una condena definitiva.
La confesión, mostrar arrepentimiento, reparación del escándalo y la restauración de la justicia, son los requisitos conocidos públicamente para levantar una excomunión.
“Entonces este canonista tampoco me ayudó; lo que estaba haciendo es preparándome para lo que está pasando. Los cinco años del delito se cumplieron el 9 de noviembre del 2025” y el denunciado, sacerdote Noel Sebastián D’Mello está asignado a una parroquia, el templo de San Ignacio de Loyola en la colonia Nueva Tijuana, sin tener una sentencia condenatoria o absolutoria en la FGE, ni en el tribunal eclesiástico. En la iglesia le dijeron a la monja que no avanzarían hasta que hubiera un veredicto en el proceso que lleva la autoridad civil.
EL OFRECIMIENTO
“El Superior General de los Padres Misioneros de la Caridad, pensando que me puede dar una ayuda, lo único que ofrecen es llegar a un acuerdo: no directamente a través de los superiores; me ofrecen dinero por parte de la congregación, pero el dinero no me va a sanar, no me va a curar”.
SIN REMORDIMIENTOS
Recuerda la hermana que hace algunos meses falleció un sacerdote de suma importancia para la congregación en Tijuana, y ella, como muchos otras monjas, prelados y católicos, acudió a los servicios funerarios. Y ahí estaba Noel Sebastián D’Mello, su abusador.
“Él tiene prohibido acercarse a mi domicilio, a mi persona y a mis testigos, pero él no respetó nada, y estuvo ahí -en las honras fúnebres en la parroquia Cristo Redentor- toda la misa; se acercó a mi fundadora general al final y le dio la mano y mi fundadora lo corrió, le dijo que no tenía nada que estar haciendo ahí”.
LA VOCACIÓN
Los superiores de la religiosa afectada le han sugerido la posibilidad de abandonar la vida consagrada y que sirva a Dios como laica.
“…me dicen que yo no puedo seguir en la vida religiosa, porque en la vida religiosa yo me considero para servir a la iglesia, para amar a la iglesia, y estoy amando a la iglesia… Pero por el rechazo a los sacerdotes, no a todos, yo sé que no todos son iguales, me dicen que estoy rechazando a las autoridades de la iglesia, y estoy a punto de perder mi vocación”.
“Pero me siento aplastada. Los canonistas que han estado en el Vaticano me han dado la espalda, me han presionado para que quite la denuncia en la fiscalía”.
“Violaron todos los protocolos”, manifestó con tristeza la víctima, en referencia a las autoridades eclesiásticas, y a las reformas (2021) al Derecho Canónico, promovidas por el Papa Francisco (Q.E.P.D.), de tolerancia cero contra los abusos sexuales cometidos por miembros del clero.
“Siento horrible, porque siendo yo religiosa, miembro de una congregación… me pongo en el lugar de la gente que solamente es creyente, y que vive esta experiencia -abuso sexual-, y digo, si así me trataron a mí como religiosa, ¿cómo tratarán a la gente laica?”.
“Se supone que debería haber encontrado más empatía en la iglesia y no fue así; la encontré más en la fiscalía y en el Centro de Justicia de la Mujer también. Acudí con ellos porque, pues, mi congregación no tiene fondo. Somos una congregación del servicio gratuito, nos dedicamos a la educación, no cobramos colegiatura, y trabajamos con los pobres; yo no tenía para pagar un abogado”.
Por negarse a retirar la denuncia, y no resolver “su relación con la autoridad eclesiástica” tras el delito cometido en su contra, incluso desde su congregación también le han sugerido la posibilidad de abandonar la vida religiosa.
“Pero la Iglesia somos todos. Yo me consagré por Dios, por Jesús, no me consagré para los sacerdotes. Entonces, por eso yo trato de mantener firme mi fe en Dios”.
Ahora, sólo espera justicia debido a su denuncia ante la Fiscalía General del Estado.






