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lunes, marzo 30, 2026
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Aguas contaminadas

–  Con las aguas contaminadas hay que tener mucho cuidado.

– ¿Qué hace usted?

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– Primero las hiervo muy bien…

– ¿Y después?

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– ¿Después? Después tomo cerveza.

Autor: Anónimo de la CESPT.

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El sacerdote y el chofer

Un chofer de autobús y un sacerdote mueren al mismo tiempo. El conductor fue al cielo y el sacerdote al infierno.

– ¿Por qué, Dios? -preguntó el clérigo.

– Porque todo el mundo se dormía cuando tú predicabas, mientras que cuando él conducía todos rezaban.

Autor: Un taxista.

 

Dos presos

Dos presos en la cárcel:

– ¿Y tú por qué estás aquí?

– Porque no me dejan salir.

Autor: Un exreo.

 

Se busca marido

Una mujer puso un aviso clasificado que decía:

“Busco marido”.

Al día siguiente recibió cientos de cartas que decían:

“Te puedes quedar con el mío”.

Autor: Una mujer casada.

 

Chequeo médico

Un gallego de unos 45 años va a Madrid y decide hacerse un chequeo general. La conversación entre el médico y el paciente es como sigue:

Médico: “¿Qué tal come?”.

Gallego: “Normal”.

Médico: ¿Qué es para usted normal?”.

Gallego: “Como tres veces al día, alimentos equilibrados y sin muchas grasas”.

Médico: “Muy bien. ¿Y de ejercicio físico?”.

Gallego: “Normal”.

Médico: “¿Qué es para usted normal?”.

Gallego: “Dos o tres veces por semana practico algún deporte o ando en bicicleta”.

Médico: “Muy bien. ¿Y de intimidad?”.

Gallego: “Normal”.

Médico: “¿Qué es para usted normal?”.

Gallego: “Una o dos veces al mes”.

Médico: “¿Está loco? Eso no es normal. Lo normal a su edad sería una o dos veces por semana”.

Gallego: “Eso para usted, que es médico en Madrid; pero no para mí, que soy cura en Galicia”.

Autor: Manolo.

 

Visión a futuro

A una mujer relativamente joven, le diagnostican una enfermedad terminal: dos meses de vida. Decide ir a un pintor para que le haga un retrato y así dejar un bello recuerdo a su familia.

El día que llega al taller del pintor, se sienta para posar y el pintor la empieza a retratar.

Al cabo de un rato ella le dice:

– Perdón, ¿podría pintarme una diadema de diamantes en la cabeza?

– Sí señora, por supuesto.

Al cabo de unos minutos:

– ¿Y un collar de perlas en el cuello?

– Por supuesto señora.

Y le va pidiendo que le pinte también una sortija con un rubí, una pulsera de oro macizo, etc.

Al cabo de unas horas el retrato queda acabado.

La señora parecía una reina toda llena de joyas.

El pintor le dice:

– Perdone señora, ¿para qué ha querido que le pinte tantas joyas?

– Para que la zorra con la que se case mi marido se vuelva loca buscándolas.

Autor: Un viudo.

 

La confesión

Voz femenina:

– Padre, perdóneme porque he pecado.

– Dime, hija, ¿cuáles son tus pecados?

– Padre, el demonio de la tentación se apoderó de mí, pobre pecadora.

– ¿Cómo es eso, hija?

– Es que cuando hablo con un hombre tengo sensaciones en el cuerpo que no sé cómo describirlas…

– Hija, por favor, que también soy un hombre…

– Sí, padre, por eso vine a confesarme con usted.

– Bueno hija, ¿y cómo son esas sensaciones?

– No sé cómo explicarlas, por ejemplo, ahora mi cuerpo se rebela a estar de rodillas y necesito ponerme más cómoda.

– ¿En serio?

– Sí, quiero relajarme y quedarme tendida…

– Hija, ¿tendida cómo?

– De espaldas al piso, hasta que se me pase la tensión…

– Y qué más.

– Es como que tengo un sufrimiento que no le encuentro acomodo.

– ¿Y qué más?

– Como que espero un poco de calor que me alivie…

– ¿Calor?

– Calor, padre, calor humano, que lleve alivio a mi padecer…

– ¿Y qué tan frecuente es esa tentación?

– Permanente, padre, por ejemplo, ahora me imagino que sus manos sobre mi piel me darían mucho alivio…

– ¡Hija!

– Sí, padre, perdóneme, pero me urge que alguien fuerte me estruje entre sus brazos y me dé el alivio que necesito…

– ¿Por ejemplo yo?

– Por ejemplo, usted es la clase de hombre que imagino me puede aliviar.

– Perdóname, hija mía, pero necesito saber tu edad…

– 74, padre.

– Hija, vete en paz, lo tuyo es reumatismo.

Autor: Anónimo desde un confesionario.

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