Dicen que los gobiernos nacen de la voluntad del pueblo. Pero en San Quintín, el municipio nació de la voluntad de unos cuantos. Y cuando un gobierno nace sin pueblo, crece chueco, como planta sembrada sin agua. Morena prometió que la municipalización sería justicia histórica para el valle agrícola más productivo de Baja California. Prometió cercanía, soluciones, transformación. Lo que entregó fue prisa, burocracia y olvido. Y en política, la prisa suele ser la máscara de la improvisación.
San Quintín es un territorio donde la tierra habla en lenguas antiguas: mixteco, triqui, zapoteco, nahua. Lenguas que no necesitan permiso para existir. Lenguas que han sostenido el valle con trabajo, sudor y memoria. Pero cuando llegó la hora de crear el municipio, esas voces no fueron llamadas. No hubo consulta indígena, ni asambleas, ni palabra compartida. Solo hubo un dictamen apresurado, votado con entusiasmo desde un Congreso que no conoce el olor de la tierra mojada ni el peso de una caja de fresas al final de la jornada.
Así nació el municipio: sin ceremonia, sin comunidad, sin consentimiento. Un municipio sin alma, porque el alma la dan los pueblos, no los partidos. Y cuando un municipio nace sin alma, lo que sigue es un gobierno que camina sin brújula.
Morena construyó oficinas, direcciones, subdirecciones, cabildo, nóminas, camionetas nuevas. Construyó estructura, pero no construyó capacidad. El agua siguió faltando, como si el decreto no alcanzara para llenar tinacos. Las colonias siguieron sin regularizarse, como si la municipalización no hubiera tocado la tierra. Los servicios siguieron rezagados, como si el municipio fuera apenas un dibujo en papel. El ordenamiento territorial quedó en promesa, como tantas otras.
San Quintín necesitaba drenaje, agua potable, pavimentación, escuelas, centros de salud. Lo que recibió fue una burocracia que consume recursos sin generar soluciones. Un gobierno que gasta, pero no gobierna. Un municipio que existe en el presupuesto, pero no en la vida cotidiana de la gente.
La representación indígena, que debía ser el corazón del nuevo municipio, quedó reducida a trámite. A cuota. A casilla por llenar. El caso de Miriam Cano —a quien el Instituto Estatal Electoral retiró una candidatura indígena por no acreditar vínculo con el pueblo triqui— es apenas un síntoma. No se sancionó a una persona: se exhibió un modo de hacer política que usa la identidad como disfraz, no como raíz. La sanción fue administrativa, pero la herida fue moral. Porque ocupar un espacio indígena sin reconocimiento indígena es una forma de suplantación política.
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Y entonces, como si la historia jugara con espejos, San Quintín empezó a parecerse a San Cristóbal de las Casas antes del levantamiento zapatista. Allá, los coletos mandaban sin escuchar. Aquí, una clase política sin arraigo decidió quién podía gobernar y quién debía callar. Allá, los pueblos eran indispensables para el trabajo pero invisibles para el poder. Aquí, la historia se repite con otros nombres y otros colores.
Morena prometió transformar San Quintín. Lo que entregó fue un municipio hecho a la carrera, sin consulta, sin diseño y sin rumbo. Un municipio que nació sin su gente. Y un gobierno sin su gente es apenas una oficina con sellos. El fracaso no es solo administrativo: es político y moral. Es la confirmación de que cuando el poder se olvida de escuchar, termina hablando solo.
San Quintín merece otra historia. Una escrita con la voz de quienes siembran, cosechan, migran, resisten y sueñan. Una historia donde los pueblos indígenas no sean espectadores, sino protagonistas. Donde el gobierno no sea un edificio, sino una palabra compartida. Porque en este valle, como en todos los valles del país, la tierra sabe quién la trabaja. Y también sabe quién la traiciona.
El autor es presidente del Centro de Estudios y Proyectos para la Frontera Norte “Ing. Heberto Castillo Martínez” A.C.
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