Del cuadro de Yayoi Kusama, la pintora japonesa, adquirido por Andrés Manuel López Beltrán, a saber en marzo de 2024 y valorado en medio millón de pesos, a la casa valuada en 12 millones de pesos del senador Gerardo Fernández Noroña en Tepoztlán, Morelos, pasando por el collar de la firma de joyería de alta gama francesa, Van Cleefs and Arpels a costo de 220 mil pesos, que portó la alcaldesa de Acapulco Abelina Rodríguez, ahora llegan los 800 mil pesos que, de manera inadvertida, la diputada -también de Morena, como todos los antes mencionados- Alejandra Ang Hernández cargaba en compartimientos de su camioneta cuando cruzaba a los Estados Unidos por la garita de Mexicali-Calexico.
“La austeridad no es un asunto administrativo, es un asunto de principios”, solía decir el presidente Andrés Manuel López Obrador cuando gobernó el país de 2018 a 2024. Fue reiterativo: “Se acabaron los lujos, los sueldos exorbitantes y los privilegios para los de arriba”. Incluso llamaba a adoptar ese principio, por él promovido en la vida personal, no sólo de funcionarios, sino de los mexicanos que le escuchaban. “Si ya tenemos un par de zapatos para qué queremos otro”, conminaba.
Presumía, aun sin bases ni ejemplos, más allá de él mismo, que residía junto a su familia en un Palacio con todo incluido: “Antes, los políticos vivían como reyes y el pueblo en la miseria”. En otra ocasión predicó desde un pasillo del Palacio Nacional: “No nos dejemos envolver por lo material, alejémonos del consumismo. La felicidad no reside en la acumulación de bienes materiales, ni se consigue con lujos, extravagancias y frivolidades; sólo siendo buenos, podemos ser felices”.
Lamentablemente, para el expresidente “del pueblo, no logró evangelizar en la austeridad republicana ni a los suyos, ni a su familia, ni a sus partidarios, mucho menos a los miembros del partido por él fundado y que hoy, gozando de los excesos que permiten los lujos, gobierna el país y más de una veintena de entidades federativas, a pesar que, de entrada, López Obrador les predicó: “Y es muy importante establecer esta forma de vida, alejada de lo material, porque eso es lo que nos ha perjudicado mucho; muchos se deslumbran con los carros último modelo, la ropa de marca, las alhajas, puro lujo barato. Eso también se va al carajo”.
En realidad, nada se fue al carajo. La clase política morenista ha enaltecido aquella máxima priista de “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”, y acaso ha constituido la nueva estirpe de servidores públicos que demuestran con sus hechos, compras, lujos, bienes inmuebles y “frivolidades” -como las tachaba el tabasqueño- que llegaron al poder y se convirtieron en los nuevos ricos de México.
Sea por “herencia” o una notaría que avaló sociedades de personas hoy encarceladas o buscadas por la Ley, como el caso del también tabasqueño y próspero senador de la República, Adán Augusto López Hernández; o por repentina riqueza, como la pareja de diputados, Sergio Gutiérrez Luna y Karina Barreras, quienes fueron exhibidos por el periodista Jorge García Orozco, de Eme Equis, sobre las marcas de lujo en joyas, ropa, zapatos y otros artículos personales que portaban; pero pocos morenistas se salvan de la tentación del lujo adquirido en el poder público.
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En Baja California la clase morenista no se salva de la tentación que López Obrador intentó alejar de las filas de su partido. La síndica de Tijuana, Teresita de Jesús Balderas, goza -y así ha quedado evidenciado en imágenes fotográficas- de las marcas de lujo. Como la alcaldesa de Acapulco, Balderas ha cedido al lujo de la firma francesa Van Cleef and Arpels, que ha lucido en aretes, o pantalones de la afamada Loewe, entre otros.
Algunos morenistas pasaron de vivir en modestas casas previo a su incursión en la política, a mansiones, como la exalcaldesa Montserrat Caballero; el exesposo de la gobernadora y su hermano, Carlos y Luis Torres, que acumula propiedades millonarias adquiridas a precios de ofertón mientras sirvió en gobiernos del PAN y después representó a uno de Morena; o el mismísimo alcalde de Tijuana, Ismael Burgueño que reside en una dorada zona de la ciudad, pero sin transparentar la carísima propiedad que ocupa.
Hace unos días, como si fuese un asunto menor, normal, cotidiano, la diputada de Morena, Alejandra Ang Hernández, “olvidó” que en algún compartimiento de la camioneta que maneja, y en la cual cruzaba la Garita Internacional de Mexicali hacia Calexico, llevaba 800 mil pesos. Unos 45 mil dólares, si se convierten a la moneda del país que visitaba.
No lo notificó, por tanto, al oficial de migración y aduanas que así se lo preguntó, si tenía algo que declarar, y para su mala fortuna -porque así suele suceder- le tocó una inspección que develaría ante los agentes la gran cantidad de billetes que sumaban los 800 mil pesos. El caso por supuesto despierta suspicacia. Para empezar, ¿cómo alguien puede olvidar que trae 800 mil pesos en el carro? ¿Acaso es esa una acción tan cotidiana que se llega a pasar desapercibida? ¿O se trata de una regla, es decir, la costumbre de trasladar tal cantidad de efectivo entre un país y otro?
Efectivamente, los oficiales fronterizos norteamericanos retuvieron a la diputada morenista, quien, de entrada, no tuvo justificación para no declarar tal cantidad; de hecho, son justo menos de 10 mil dólares los que se pueden internar sin declararlos, y ella sobrepasaba 4.5 veces el efectivo estipulado. Después de un interrogatorio, los agentes confiscaron el dinero, y seguramente le entregaron un documento acreditando tal acción, y advirtiéndole que le llegará correspondencia, en unos 30 días, para que acuda a tribunales norteamericanos a reclamar el efectivo, presentando las pruebas de su legal procedencia; porque así sucede en estos casos, confió un agente. Posteriormente, se le permitió la entrada a los Estados Unidos, dado que su visa no fue retirada; sólo el dinero se quedó en resguardo de la autoridad de aquel país.
La morenista, cuando ya se conocía de su retención en la garita y el aseguramiento de los 800 mil pesos, emitió un comunicado en el que dijo eso: que por omisión había cruzado con el dinero en efectivo, y que tal cantidad era producto de años de trabajo, ahorros, así como de la venta de un vehículo, y que, pues, era para comprar otro, adicional a la camioneta Yukon 2016 en la que se trasladaba y llevaba el dinero oculto y sin declarar. La suspicacia no desapareció con el posicionamiento de Ang, más bien amplió el margen de posibilidades para justificar el “olvido” de 800 mil pesos en un vehículo.
Ahora la legisladora deberá justificar y transparentar en Estados Unidos, lo que no hace en México: de dónde proviene el dinero, en qué periodo de tiempo lo ahorró; cuál es la documentación que acredita esos ahorros, sea bancaria o de alguna institución financiera; cuáles son sus ingresos; cómo se acredita la venta del otro vehículo y el efectivo recibido… en fin, demostrar su legítima procedencia.
Para la inmensa mayoría de los mexicanos, trasladar 800 mil pesos en efectivo en el carro no es cuestión de todos los días, mucho menos para quienes siguen los principios lopezobradoristas de vivir sin lujos, sin excesos, en la medianía, sea justa u obligada para muchos; pero sí reflejan a la clase política gobernante, a los morenistas que llegaron al poder y se enriquecieron en el mismo. Como predicador de la austeridad republicana, López Obrador ha sido un fracaso. En su casa, en su gobierno y en su partido, donde la enorme mayoría, goza de las mieles y los lujos de vivir dentro del presupuesto, mejor haciendo suya la premisa de Gerardo Fernández Noroña cuando le preguntaron sobre la millonaria casa que ahora ocupa, después de haber vivido en una vecindad en la Ciudad de México (y presumirlo): “Yo no tengo ninguna obligación, en mi vida personal, de ser austero”. La austeridad, en Morena, es para el gobierno, para el pueblo, no para la clase gobernante venida a más… en términos económicos.





