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viernes, febrero 16, 2024
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“Todo lenguaje es fronterizo”: Eduardo Hurtado

“Vivir en Tijuana me ha permitido reconocer con mayor profundidad esta condición fronteriza de la poesía”, expresó a ZETA el autor de “Miscelánea”

Tras cinco años de residir en Tijuana, entre 2018 y 2023, el poeta Eduardo Hurtado regresó a Ciudad de México, pero ha dejado huella en la ciudad fronteriza con la fundación de la Casa de la Poesía en la Frontera Norte, la organización del Primer Encuentro de Poesía en Tijuana en 2019 -llevado a cabo en la Casa de la Cultura Tijuana, en coordinación con Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMAC) que dirigía en ese entonces Haydé Zavala Leyva-, y con la entrega de su más reciente poemario, “Miscelánea”, escrito durante la pandemia de COVID-19 y publicado en 2021, en coedición con Trilce Ediciones y la colección La Rumorosa de la Secretaría de Cultura de Baja California.


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“Miscelánea” es un libro hecho en Tijuana, de cabo a rabo”, reveló a ZETA Eduardo Hurtado, al tiempo que reconoció que del enclaustramiento por COVID-19 emergió dicho poemario:

“Escribir poesía supone ya la necesidad de aislarse, por eso es que a los poetas el confinamiento obligado por la pandemia nos hizo los mandados. No sólo eso, sino que de algún modo nos dio la posibilidad de ocuparnos más que nunca en la escritura. De manera que sí, me dio más tiempo y con ello una mayor posibilidad de entrar en ese estado necesario para escribir poesía, el estado de disponibilidad, que tiene todo que ver con reclusión, soledad y silencio. El silencio, que es una condición inherente a la poesía misma, es también indispensable para llegar al poema”, expresó Hurtado, además de confesar algunos pormenores de “Miscelánea”.

“LA IMAGEN DE TIJUANA SIEMPRE HA ESTADO PRESENTE EN MI POESÍA”


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Eduardo Hurtado (Ciudad de México, 1950) ha residido en Tijuana entre 1962 y 1969, y entre 2018 y 2023. En 2001, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publicó lo que hasta entonces era su poesía reunida en el volumen “Sol de nadie (1973-1997)”; le siguieron “Las diez mil cosas” (Era, CONACULTA, 2004), Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2005; “Bagatelas” (Juan Malasuerte, 2008), “Casi nada” (FCE, 2011) y “Ocurre todavía” (FCE, 2016).

¿Cómo ha influido Tijuana en tu labor creativa?

“La imagen de Tijuana siempre ha estado presente en mi poesía. Redacté mis primeros poemas, mis pininos, hacia los doce años, justo en la época en que la familia emigró desde la Capital del país a la ciudad de Tijuana. La mudanza representó para mí la aparición de otro mundo, muy distinto a la Ciudad de México. Un mundo donde el paisaje y el lenguaje se me aparecieron como un verdadero hallazgo. Un sentimiento de otredad se apoderó de mí con enorme fuerza y alentó mis primeras tentativas de una forma poderosa. Luego, cuando volví al antiguo Distrito Federal a estudiar la carrera de Letras Hispánicas, nunca me abandonó del todo la memoria de esta ciudad fronteriza. La visión del mar, por ejemplo, que es parte de la vida tijuanense. Después de todo vivimos en una península, rodeados de mar y desierto. La presencia simultánea del mar y el desierto, característica del paisaje bajacaliforniano, está muy presente en toda mi poesía, a menudo permeada de nostalgia. Una nostalgia que ya no me abandonó desde que volví a Ciudad de México a sumergirme en un panorama urbano, sobrepoblado, sembrado de grandes edificios -aunque en aquel entonces la Capital era una ciudad chaparra, incluso un poco enana-. La nostalgia del desierto, de los grandes espacios abiertos, está muy presente en buena parte de la poesía que escribí durante casi cincuenta años.

Foto: Ramón T. Blanco Villalón

“Cuando en 2018 decidí regresar a Tijuana, traje conmigo el proyecto de recuperar todo eso que tanto extrañé durante mi larga estancia en la Capital de la República y que incluye, de manera muy importante, un habla peculiar, una cierta forma de comunicación. El habla tijuanense, muy distinta al habla chilanga, es un auténtico puchero en el que se combinan los más diversos modos lingüísticos de todas las regiones del país. Tijuana es, en este sentido, un auténtico laboratorio de las más variadas formas de hablar y, por lo tanto, de vivir y relacionarse. Este otro lenguaje, que propone también otra sintaxis, está muy presente en lo que hoy escribo. La poesía es un género que se ejerce en soledad, pero que se nutre de las voces de la comunidad; es también, por lo tanto, un género comunitario. En el lenguaje poético comparecen los rasgos más profundos, los más humanos, del habla de todos los días, incluyendo los silencios que van pautando lo que se dice”, confesó el autor.

“LOS LÍMITES ENTRE LOS GÉNEROS LITERARIOS SE HAN ADELGAZADO”

“Miscelánea” incluye aforismos, poemas, reflexiones sobre poesía y haikú.

– ¿Por qué decidiste retomar ese género, la miscelánea europea de los siglos XVI y XVII, en el que conviven diversos géneros?

“Vivimos una época en la que los límites entre los géneros literarios se han adelgazado. La necesidad de abordar una realidad cada vez más compleja y desafiante ha llevado a los escritores, a los creadores de arte en general, a poner juego todos los géneros, todos los lenguajes posibles. La poesía, por ejemplo, echa mano de gestos y maneras propios del ensayo, la narrativa o la crónica, o bien acude a la música, las artes plásticas, el diseño incluso, en busca de nuevas herramientas y posibilidades expresivas. La distancia entre la poesía y otros géneros empezó a achicarse de manera muy ostensible desde el momento en que algunos poetas sintieron la necesidad de alejarse de los metros tradicionales. La aparición del verso libre y el poema en prosa es indicio de una ruptura y de la urgencia de encontrar formas de expresión cada vez más autónomas. La poesía, ya de suyo, es una búsqueda de libertad: la libertad de nombrar la realidad como quien la ve por primera vez, como quien la crea en el momento mismo en que la nombra”.

“VIVIMOS MIGRANDO”

En el poema “Migrantes”, del libro “Miscelánea”, se lee: “La casa que hoy ocupo / no es mi casa / ni la misma que allende / no tuvimos. / No hay casa tuya, nuestra, / no hay de nada ni nadie / piedra entera / sin fuego, trapo / y sal / que la sustenten/”. En este poema Hurtado pareciera recordarnos la condición errante del ser humano.

¿Podrías hablarnos un poco de esta errancia?, sobre todo porque involucra al menos tres ciudades en tu vida: Campeche, Ciudad de México y Tijuana.

“Hay una condición migratoria originaria del ser humano: vivimos transitando de un contexto a otro. Nacer es migrar del vientre materno, de una condición muy específica, protegida, acuosa y silenciosa, a ese afuera que es el mundo, con su luz cegadora y sus ruidos. Nacemos con la exigencia de respirar de otra manera y en otro medio, y llegamos gritando como si protestáramos por el abrupto paso de un universo suficiente y protegido a un espacio descobijado y hostil. A partir de este momento, que algo tiene de ritual iniciático, atravesamos la vida en busca de un lugar, tan suficiente acaso como aquel que nos acogió antes de ser paridos.

“Vivimos migrando. Personalmente, he tenido una existencia sembrada de códigos nómadas: nacido en Ciudad de México, soy hijo de padre y madre campechanos, de modo que crecí hablando y comiendo campechano. Más allá del entorno familiar, sin embargo, tuve que convivir con formas de hablar, de comer y socializar muy distintas. Enfrenté, en pocas palabras, la tácita exigencia de ser defeño -el gentilicio defeño, por cierto, ya es un anacronismo-; eso diversificó y enriqueció mi manera de hablar, al tiempo que agudizó mi asombro frente al lenguaje. Me di cuenta de que en la conversación cotidiana con mis amigos tenía algo diferente que aportar a través de ese otro lenguaje aprendido en el seno familiar. Mis padres, que habían migrado a la Capital trayendo consigo ese lenguaje, me lo transmitieron como una herencia que ya nunca me abandonó. Luego, obligada por las necesidades laborales de mi padre, la familia entera volvió a migrar, esta vez de la Ciudad de México a Tijuana. Y aquí, en la frontera más Noroeste del territorio, vine a encontrarme con un lenguaje radicalmente distinto. Todo esto sería pura anécdota si no fuera porque tiene que ver con las búsquedas inherentes a mi oficio, y es que la poesía es una tentativa de abordar la realidad desde muchas perspectivas, y el poeta debe acudir a todas las formas y giros, a todos los usos posibles de la lengua, a todas las transgresiones y anomalías del habla, para asomarse al misterio que somos y darse a la tarea, siempre inacabada, de nombrarlo”.

Cortesía

“ESTA CONDICIÓN FRONTERIZA DE LA POESÍA”

“Ser fronterizo / es apropiarse un término / sin desertar del otro / abrazar una lengua / que, obligada a versear / todo el pareo, / ha de apelar a signos / colindantes, / asumirse promiscua, / inacabada, / impura”, se lee en el poema “Frontera”, incluido en “Miscelánea”.

¿Podrías abundar en esta idea tuya del ser fronterizo?

“Creo que todo lenguaje es de suyo fronterizo: fronterizo entre la voz y el silencio; fronterizo entre el decir y el no decir. Hay un libro mío de ensayos titulado ‘Este decir y no decir’ (Aldus, 2010). En mi experiencia, al abrazar la aventura del poema el poeta no sabe a cabalidad qué es aquello que está queriendo decir. Se escribe en las fronteras del silencio y el habla. Se escribe también de cara ‘al otro lado’ de la realidad, al envés de las cosas. La poesía ocurre en los umbrales.

“Como fronterizos nos asumimos habitantes de un territorio que se ubica en los límites de otro distinto, enigmático y desafiante. Así, hablamos de vivir de este lado y de pasar al otro lado. Gravita entre nosotros (como intuición tal vez, o como una oscura percepción) la idea de que todo lado de la realidad existe por oposición a otro lado. Esto nos acerca a la naturaleza misma de la poesía, un lenguaje que es otro lenguaje; un lenguaje que aspira a romper con los hábitos que tienden a empobrecerlo, a sofocar su posibilidad de nombrar las cosas casi como creándolas, como por primera vez. En la poesía, el lenguaje anda en busca de su libertad más radical. Vivir en Tijuana me ha permitido reconocer con mayor profundidad esta condición fronteriza de la poesía, del lenguaje en general y, más aún, de eso que intentamos designar cuando empleamos la palabra ‘lugar’. Aquí, en este Norte extremo, he llegado a la consideración, casi metafísica, de que todo lugar es de alguna manera otro lugar”.

“TODO POEMA ES UN INTENTO DE APROXIMACIÓN A LA POESÍA”

En “Miscelánea” convergen las voces de muchos autores, entre ellos Octavio Paz, Juan Gelman, Góngora, Garcilaso, Basho, Lezama Lima, Nietzsche, Éluard, Antonio Machado y Jorge Manrique, entre otros, sobre todo en el apartado “Fragmentos de una poética improbable”.

¿Por qué es importante para ti citar a otros autores al esbozar una poética propia?

“Creo que toda poética es de suyo improbable, porque en sentido estricto es imposible decir qué cosa es la poesía, esa esquiva señora, como solía figurársela el mismo Gelman. Cuando uno ensaya una poética debe resignarse a las aproximaciones, a ensayar apenas unas cuantas entre las infinitas maneras de abordar la poesía y que, a final de cuentas, son el asunto mismo de todo poema. A la poesía no es posible definirla: nos acercamos a ella tanteando, a sabiendas de que rehúye los marcos de referencia estrictos. Lo que uno intenta al aventurar ciertas ideas sobre lo que la poesía puede ser, es algo mucho más modesto que una definición: es una mera aproximación; y en este intento hay que acudir, desde luego, a lo que muchos otros, antes y después, han hallado en el camino. Visto así, el intento de plantear qué cosa es la poesía es una labor colectiva.

“Una poética es, en un sentido muy general, una visión de aquello que para un poeta representa la poesía. Esa visión es distinta para cada poeta, no hay fórmulas, pero sí una tradición que va aportando indicios y pautas que le otorgan continuidad a la búsqueda. Por eso las citas a las que aludes: porque en mis propias pesquisas he recogido informes que las orientan.

“Quiero insistir en la idea de que todo poema es un intento de aproximación a la poesía misma. Todo poema habla, en última instancia, del misterio de la poesía. Y no se crea que digo esto en un intento de esconder lo que ignoro atrás de una nube de palabras; no se trata de un juego verbal ni de una mera tautología, es que eso que llamamos poesía se nos aparece cada vez que nos detenemos y damos un pasito más allá en la observación y la exploración de lo que nos rodea. El mundo, creo, es fundamentalmente misterioso, y el hecho poético tiene que ver con la emoción y el temblor con los que nosotros, seres humanos, nos asomamos y, en ocasiones, nos arrojamos a ese pozo de misterio”.

LA POESÍA ES PARA MÍ UNA FORMA DE VIVIR”

En los días previos a su cambio de residencia de Tijuana a Ciudad de México, en la entrevista con este Semanario finalmente se le inquirió a Eduardo Hurtado:

– ¿Cuál es para ti el asunto central en el actual debate sobre la función de la poesía?

“En el afán de nombrar una realidad cada vez más compleja, de arrimarnos al costado misterioso del mundo, se corre el riesgo de ir demasiado lejos en la búsqueda de nuevos códigos, de llevar el lenguaje a un distanciamiento de la realidad empírica que acabe por clausurar la posibilidad de comunicar, de establecer contacto. El poeta hace del lenguaje de todos los días un medio para decir lo indecible, para explorar el misterio que somos; es esta ambición la que lo mueve a recurrir a todos los medios a su alcance para conseguir que el lenguaje común diga más, diga ‘esa otra cosa’. Si en esta extrema tentativa el lenguaje se enrarece al punto de no decirle nada a nadie, lo escrito queda en un triste, un ocioso episodio solipsista”.

Foto: Ramón T. Blanco Villalón

¿Qué sigue para ti, de cara al futuro, como poeta?

“La poesía es para mí una forma de vivir, de sostener el asombro, de andar atento a todo lo que ocurre. ‘El mundo me ha hechizado’: hago mías estas palabras luminosas. Es el hechizo que ejerce en mí el mundo lo que me mueve a escribir, a continuar en la búsqueda de los medios que me permitan decir el asombro, con la conciencia de que no se termina nunca de decirlo. Esta búsqueda orienta y mantiene mi marcha: en Ciudad de México o en Tijuana, o con un pie acá y otro allá, en eso estoy, en eso sigo”.

Autor(a)

Enrique Mendoza
Enrique Mendoza
Estudió Comunicación en UABC Campus Tijuana. Premio Estatal de Literatura 2022-2023 en Baja California en la categoría de Periodismo Cultural. Autor del libro “Poetas de frontera. Anécdotas y otros diálogos con poetas tijuanenses nacidos en las décadas de 1940 y 1950”. Periodista cultural en Semanario ZETA de 2004 a la fecha.
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