Como perros de Pávlov

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Opinionez lunes, 25 abril, 2022 12:00 PM

Colaboración invitada

 

 

 

Amo la traición, pero odio al traidor”

-Cayo Julio César

 

Iván Pávlov fue un premio nobel ruso quien, a principios del siglo XX, desarrolló la teoría del denominado “condicionamiento clásico”, un análisis del pensamiento y el aprendizaje basado en el estímulo-respuesta; todo a partir de la utilización de perros domésticos, a los cuales condujo a salivar según provocaciones manipuladas por el científico y no solo ante la presencia del alimento, como era el primer instinto.

Pávlov identificó que el resultado fisiológico de los animales al salivar, podía generarse inclusive sin alimentar directamente a los perros, y reaccionando a estímulos como luz, sonidos, timbres, quizás campanas. Sus estudios sirvieron para demostrar que la reacción de los animales a salivar, sin la presencia de alimento, era porque los mismos “pensaban en la comida”. De esta forma, y mucho antes de instrumentos y avances tecnológicos en la medicina, se logró entender la compleja relación entre el cerebro, el sistema nervioso y su reacción ante lo externo.

La frase coloquial: “Como perros de Pávlov, se utiliza para señalar o denunciar la reacción intempestiva y ansiosa de alguien ante alguna incitación dirigida por persona diversa. Habrá entonces un “Pávlov” cotidiano, cuyo campanazo ponga al acecho y desesperados por actuar a sus seguidores.

En las últimas dos semanas, nuestro país ha recibido del poder y la clase política, tres impactos en su vida pública: la revocación (o ratificación) de mandato; el rechazo a la reforma constitucional en materia eléctrica; y la estatización de la industria correspondiente al litio. Los resultados todos los conocemos, también su debate y su descalificativos. Ante el fracaso total de la revocación de mandato, promovida e manipulada de manera absurda desde las entrañas del poder a revocar, el Presidente de la República echó a andar, con la maestría maniquea que le caracteriza, su estrategia de control de daños, a expensas de las maltrechas instituciones de México.

Así, obtenido el aval de constitucionalidad por la Suprema Corte de Justicia de las reformas del año pasado a la Ley de la Industria Eléctrica, el primer mandatario levantó el telón del teatro que le permitiría borrar la derrota en la consulta a su ego (que le costó a un país pobre, más de mil seiscientos millones de pesos). Con el hígado por delante y el desprecio hacia el mensaje de hastío militante que le demostró el mismo “pueblo bueno”, López Obrador se aventó al ruedo del Congreso:

Primero, con una reforma constitucional aplazable, ante el espaldarazo a la Ley secundaria que la Corte quirúrgicamente le obsequió apenas unos días antes y porque tanto Morena como el Presidente sabían que no pasaría por falta de votos, pero sobre todo, por la incapacidad de hacer política y pactar acuerdos con aquellos opositores a los que un día sí y otro también, insultan y denostan.

Y segundo, con una reforma fast track a la Ley Minera, para “recuperar” el Litio de manos extranjeras, esa sí sin falsos nervios de por medio, por contar con los votos necesarios para aprobar reformas a la legislación ordinaria en el Legislativo.

Con esto, nuestro émulo de Pávlov, tocó la campana y la jauría no solo salivó, sino que cayó de bruces en la trampa. Para el más grande “científico” de la manipulación política que ha tenido el México reciente, su sed de venganza solo se saciaría si los suyos y la oposición saltaban al unisonó… y estimulados por timbre de la polarización, lo hicieron.

El debate nunca fue la necesidad inaplazable de recuperar a nivel constitucional la industria eléctrica, según la visión de la 4T. Eso ya no estaba en juego, porque las últimas reformas a la Ley (ya constitucionales), permiten que el Estado mexicano ejecute su autoridad según la perspectiva obradorista. Menos la reforma minera del Litio, que por disposición expresa del 27 Constitucional ya se regulaba vía el estricto control estatal de la figura de la concesión y que constituye un mineral de potencial incierto, donde hoy la inversión privada en el sector se encuentra apenas en exploración de yacimientos, para después determinar la viabilidad de su explotación (lo que llevará años); en una industria que apunta ya al declive antes de nacer en falsa panacea, ante lo costoso y contaminante de la misma y el anuncio de una importante parte del posible mercado, el automotriz, respecto al diseño e implementación de baterías sin litio en su futuro.

Al Presidente solo le importa su control político y la megalomanía palaciega que lo nubla, por eso jugó a vestir de lucha patriótica y contra “traidores” a la nación; su puesta en escena legislativa. A través del desgaste de las instituciones y el encono público, familiar, entre vecinos y en redes sociales, logró su egoísta objetivo: olvidar el domingo de consulta.

Como un César, ve arder el horizonte, feliz y perverso, sin importarle el cáncer que se esparce en México con el odio y engaño de masas. La traición que teatralmente denuncia, lo ha vuelto a empoderar. Todos caímos.

 

Héctor R. Ibarra Calvo es mexicalense, abogado postulante y catedrático de Amparo en Cetys Universidad. Ha sido regidor en el XXII y XXIII Ayuntamiento de Mexicali.

Correo: hectoribarra@idlegal.com.mx Twitter: @ibarracalvo

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