En el confesionario

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Columnaz lunes, 6 diciembre, 2021 12:00 PM

Hijo, ¿renuncias a Satanás?

“No puedo, Padre. ¡Tengo dos hijos con ella!”.

Autor: Padre soltero.

 

El ladrón y la mujer atada

Un ladrón entra a una casa a media tarde. Ata a la mujer que allí vive y, con pistola en mano, obliga al esposo de esta a entregarle todas las joyas y el dinero que poseen.

Después de entregar sus bienes, llorando el hombre suplica:

“Llévate todo lo que quieras, pero por favor, por lo que más quieras, ¡desátala y déjala libre!”.

El ladrón lo observa detenidamente y responde:

De veras quieres a tu mujer, ¿no es así?

“Nada qué ver, ¡ella es mi vecina y mi esposa no tarda en llegar!”.

Autora: Vecina sinvergüenza.

 

Tabasco

Un turista estaba en un restaurante de comida mexicana y, al momento de llevarle el plato principal, el mozo pregunta:

Señor, ¿le traigo Tabasco?

A lo que el turista le contesta:

“No, gracias, ¡yo no fusmo!”.

Autor: Anónimo de un restaurante.

 

En el baño

Estaba en un restaurante y, mientras iba al baño, vi cómo otra persona tomaba el mismo camino que yo. Al entrar, observé cómo ocupaba uno de los dos cubículos, de esos que no llegan hasta el techo. Lógicamente, entré en el otro. De repente escuché un “¡Hola!”.

Seguí callado, pero el tipo insistió:

“¡Hola! ¿Me escuchas?”.

Para no parecer maleducado, contesté con un hola. Y el tipo preguntó:

“¿Cómo estás?”.

A lo que contesté: Bien, gracias, un poco cansado.

Y el tipo:

“¿Qué haces?”.

Yo ya estaba intrigado, pensé en que siempre hay gente muy rara en este mundo, y contesté: ¿Qué voy a estar haciendo? Lo mismo que tú.

E inmediatamente escuché:

“Mi vida, te llamo después, ¡porque tengo a un imbécil al lado, que está contestando a todas mis preguntas!”.

Autor: Lector metichón.

 

Tres cigüeñas

Tres cigüeñas van volando y una pregunta a la otra:

¿Para dónde vas?

“Voy a casa de un matrimonio que tiene diez años tratando de tener un hijo, y aquí les llevo uno”.

¡Qué bueno! Yo voy a casa de una señora mayor que nunca tuvo hijos, y aquí le llevo un lindo varoncito.

“La vas a hacer muy feliz”.

En eso, las dos le preguntan a la tercera cigüeña:

Y tú, ¿para dónde vas?

“¿Yo? Al convento de las monjitas. Nunca les llevo nada, ¡pero siempre les doy un susto de muerte!”.

Autor: Anónimo de un convento.

 

Adán y el burro

Dicen que la primera tarea de Adán en el Paraíso, fue poner nombres a todos los animales. Los puso en fila y fueron pasando uno a uno, y él les daba su respectivo nombre:

“Este se llamará Hipopótamo… Este será León… Este será la Cebra… Este es el Burro…”. Y así continuó poniendo nombres mientras los animales pasaban: Toro, Leopardo, Pelícano.

De pronto, el Burro regresa y pregunta:

“Disculpe, ¿cómo fue que me dijo que me llamaba yo?”.

Adán le da una palmadita en el lomo y le responde:

“Burro, tú eres el Burro”.

Pasaron un par de minutos y regresa con la misma pregunta:

“Disculpe, ¿cómo fue que me dijo que me llamaba yo?”.

Adán contesta:

“Burro… Burro”.

Así continuaba el nombramiento de los animales, y el Burro cada vez volvía con la misma pregunta. Ya era como la novena ocasión que el jumento preguntaba lo mismo,

Adán no resistió más y gritó:

“¡BURRO, IDIOTA!

Compungido, el burrito se agacha y gime:

“Ya casi me aprendía mi nombre y usted ahora me dice el apellido… ¡Así se confunde cualquiera!”.

Autor: Maestro de catecismo.

 

Número muy equivocado

Un señor habla por teléfono:

Hola, ¿hablo al 444-444-4444?

“Sí, ¿por qué?”.

¿Me podría decir cómo saco el dedo del 4?

Autora: Operadora.

 

Solterón

Una casamentera a un solterón:

¿Cómo es posible que un hombre tan buen mozo como usted aún no se haya casado?

“Fácil. Cada vez que conozco una mujer que cocina como mi mamá, ¡a quien se parece es a mi papá!”.

Autor: Sigue soltero.

 

Gran final del campeonato de ajedrez

Los dos grandes maestros estaban acomodados sobre la mesa y contemplaban fijamente las piezas. La radio, la televisión y los periódicos esperaban sin respirar el siguiente movimiento. Pasaron horas, más horas, pero nada sucedió. Ni un movimiento, más horas pasaron, hasta que el gran maestro levantó la vista y exclamó:

“¡Ah, disculpa! ¿Me tocaba a mí?”.

Autor: Espectador desesperado.

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