De 1941, 2001 y 2021

Cartaz lunes, 26 abril, 2021 12:00 PM

De nueva cuenta el terrorismo renació en el país de las barras y las estrella, el día de la epifanía en Washington, en el capitolio estadounidense. La Avenida Pensilvania fue la zona de la convocatoria de los seguidores de Trump para sembrar terrorismo, violar, romper, amenazar y hacer desmanes que fueron vistos en todo el planeta.

En el país del sueño americano, sus barras que forman la bandera fueron torcidas y rotas, sus estrellas dejaron de brillar, y sus colores fueron manchados.

Todos sabemos que Estados Unidos tiene poderío en muchos lugares del mundo. Así como penetra, pasa, entra, invade, indaga, en invasiones militares, el 6 de enero supo de nuevo lo que es el terror nuevamente en casa. Y lo peor, en el centro del poder congresista; y lo más vergonzoso, sus mismos habitantes rubios, nacidos en esas tierras de las 13 colonias, pusieron a temblar al Capitolio y sembraron miedo (peor que el coronavirus). El servicio secreto, por seguridad del hermoso Capitolio, desenfundaron sus armas y apuntaron a esos terroristas (mas no insurrectos) que penetraron hasta lo más íntimo de la democracia, atentando contra los votantes que decidieron decir no a Trump el 3 de noviembre, día de la elección presidencial.

El 6 de enero, EE.UU. supo lo que es el miedo en propia casa, así como cuando en 2001 (y otros años) buscaban al terrorista Bin Laden, y luego a Saddam Hussein y los eliminaron; pero antes sembrando muerte, terror y violación en lugares donde buscaban a tales prófugos y terroristas mundiales. Pues bonita celebración fue protagonizada por sus mismos ciudadanos ojiverdes el día de King Cake, Three Day King, que se celebra solo en Nueva Orleans. Gran vergüenza nacional sudó y sufrió la población estadounidense. Y quizá muchos países que no quieren al país occidental y norteño de las 13 colonias, poblado por indios y raíces de Gran Bretaña, deben estar carcajeando y brincando de alegría porque fue violentado el camino a la democracia, visto por millones de personas en el mundo.

Así como los insurrectos que brincaron la seguridad del Capitolio, así lo podría hacer cualquier país enemigo de EE.UU., pero en otra forma más sangrienta.

Donald John Trump dejó la Casa Blanca el 20 de enero, dañando mucho a EE.UU. Se burló a como pudo, mintió, hizo berrinches y fue una amenaza a la seguridad nacional con sus disparates gubernamentales. Que pague con cárcel, y sus seguidores, que rompieron y entraron al Capitolio sean encarcelados de ya.

El 6 de enero se manifestó la antidemocracia, según el colegio electoral estadounidense, ante la mirada atónita de los ojos del mundo. El miedo se apoderó de los congresistas del servicio secreto de seguridad; en el Capitolio fueron rebasados en cantidad, por ello nació ese atentado a la zona de las decisiones para el progreso de EE.UU. Pues lo hecho, hecho está; que sirva de experiencia una vez más. Es de dudarse cómo entraron los manifestantes a tal Capitolio, ¿fue violado el candado de las rejas o los dejaron pasar?

Estados Unidos vivió lo de 1941, 2001 y otros atentados de cualquier índole, que ponen a temblar a cualquier estadounidense en su misma tierra. Vivió lo vivido, y vivió lo que su ejército hacer vivir a otros en el extranjero con sus incursiones militares y en golpes de Estado foráneos, al implementar su “democracia” mundial y ser el parteaguas -quieran o no- de las disciplinas mundiales en seguridad, economía, paz y futuro de todo tipo, incluyendo lo militar.

Pero Joe Biden fue el candidato electo y ahora es presidente. Donald Trump perdió. No todo el tiempo se gana; si fuera así, no habría democracias plenas, ni experiencias o derrotas que calen y sirvan para ser mejores.

Pues llega otra administración en el norte, diferente, pues es necesario cambiar para ser mejor, y ver innovaciones en lo que hace mover al mundo actual, a todo este planeta llamado Tierra. La democracia cuesta vidas, dinero, luchas, lágrimas y materiales. Fue una pena y tristeza ver lo del 6 de enero en Estados Unidos, ojalá sirva de experiencia y no vuelva a suceder ni allá ni en ningún lugar en cualquier país.

Adelante y bienvenidas las democracias del mundo.

 

Atentamente,

Leopoldo Durán Ramírez.

Tijuana, B.C.

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