Los secretos

Foto: Internet
 
Cenizas lunes, 30 diciembre, 2019 12:00 PM

“Cuando vuelvas a Chicago dale esto a Sam”. Judy Campbell vio cómo el índice de John F. Kennedy apuntaba a una mesa de centro. Encima lujosa maleta tipo ejecutivo. Ella se inclinó un poquito para abrirla. Apoyándose con sus pulgares recorrió el par de seguros. Se oyó el clik. Botaron los seguros. Levantó la tapa. Estaban bien acomodados fajos de billetes hasta el tope. Puros de a cien dólares. Asombraron a Judy y no supo qué decir. Media abierta la boca y más los ojos miró a los de Kennedy. Serenamente el famoso político bostoniano le advirtió: “…es todo para Sam. Él tiene las conexiones necesarias”. Esa es una de las muchas interesantes escenas en la película “Poder y Belleza” (Power and Beauty) televisada el domingo 29. Tal y como reza la leyenda clásica: Basada en hechos de la vida real.

Entonces Kennedy envió con su amante Judy la millonada al influyente mafioso Sam Giancana. Este capo tenía contactos claves. Les pagaría suficiente a los no católicos de West Virginia. Enemigos de Kennedy les convencería y votarían por John para Presidente de Estados Unidos. Judy se sorprendió al oír el nombre. Le conocía como hombre fuerte de la Cosa Nostra. Pero sosegado John le soltó una frase consoladora: “…Sam trabaja para nosotros. Trabajó para Eisenhower”. Conformada con tal explicación la dama tomó el maletín. Salió de la suite y abandonó el lujoso hotel en Nueva York. Se le vio enseguida caminar por los andenes. Subió al tren para cumplir el encargo. A los pocos días Kennedy estaba en su oficina de campaña. Llamó por teléfono al capo italiano para agradecerle su “magnífica labor de convencimiento”. Naturalmente Kennedy obtuvo la votación no mayoritaria pero sí necesaria de los no católicos. Se hizo valedera la tradicional sentencia estadounidense: “With the money dancing de dog”. (Con dinero baila el perro).

Judy Campbell era en aquel 1961 una hermosura. Morena. Pelo largo endrino. Peinado a la moda con mucho spray. Pequeño sombrero. Traje de dos piezas. Falda ajustada. Tacón alto. Frondosa y alta. Más alta que Kennedy. Busto para el entonces inexistente “Wonderbra”. Cadera ancha. Cinturita. Piernas bien torneadas. Ojos claros. Nariz respingona. Labios delgados de rojo granate pintados. Sensuales. Y dentadura como para anuncio de televisión. Kennedy la conoció cuando era amante del famoso cantante Frank Sinatra. Y este galán le presentó al mafioso Sam Giancana en una de tantas grandes farras. Nada más de conocerla, el capo quiso tupirla de joyas y hacerla suya. Pero se detuvo al saber que también era el amorcito secreto de Kennedy.

Edgard J. Hoover despachaba como jefe del peliculesco FBI. Odiaba a los Kennedy y era bien correspondido. Por eso ordenó a sus detectives fisgonearlos. Así lograron detalles de cuándo, cómo, dónde y a qué horas se enroscaban Presidente y Judy. A veces en algún hotel y hasta en la limusina oficial. Espiar era una forma clásica de Hoover. Le encantaba meter las narices hasta la cama para que no lo sacaran de la chamba. Era un chantaje. Cuando Judy se hartó del espionaje se quejó con Kennedy. La consoló con “…Hoover nos odia, pero no puede tocarnos. Sabe todo acerca de todos”. Luego un agente logró acercarse a Judy. Le confesó cómo Frank Sinatra trampeó para que John le hiciera el amor. Era para utilizarla como intermediaria con la mafia. Pero se desilusionó cuando el policía le dijo que no era el único amorcito del Presidente. Recordó la forma como Marylin Monroe le cantó el “Happy Birthday” públicamente. No se midió. Sin relación sexual física, virtualmente la demostró. “Son amantes” le dijo.

Hay en la película un episodio estremecedor. Lo sitúan en el 62. Abril 28. Hotel Ambassador de Chicago. Judy escucha una plática entre Kennedy y el mafioso Sam. Recordaría cómo el Presidente nunca pronunció las palabras “matar” o “asesinar”. Pero sí dijo “eliminar” refiriéndose a Fidel Castro Ruz. Fue una solicitud directa. Nada de insinuación ni hablar en clave.

En otra escena Kennedy dramatizado, aparece en la Casa Blanca. Pantalones y calzoncillos abajo. Un doctor le inyectó. No aguantaba los dolores de espalda. Recientemente la revista The Atlantic y el periódico The New York Times revelaron: El Presidente tenía tan torturantes malestares hasta no poder agacharse. Necesitaba ayuda para enjaretarse calcetines y zapatos. Esto se supo al abrir su familia voluntaria y públicamente el historial médico de Kennedy a mediados de noviembre 2002. Por eso le inyectaban Demerol y Metadona.

En la Casa Blanca se informó el origen de tales dolencias. “Son consecuencia por heridas sufridas durante la II Guerra Mundial”. Pero no era cierto. El Ejército en realidad lo retiró del frente de batalla. Le descubrieron una avanzada osteoporosis.

Ya en la Presidencia tomaba antiespasmódicos para frenar hinchazón del colon. Antihistamínicos por alergias añejas. Estimulantes para la depresión. A veces gamaglobulina por aquello de las infecciones. Los testimonios médicos conocidos hace mes y medio sorprenden. Se refieren también a las conferencias de prensa. Kennedy aparecía jovial y sonriente. Pero pocos sabían: En ocasiones le inyectaban sedantes hasta ocho veces antes de enfrentarse a los periodistas, según reportó El País, diario español.

¿Cómo era posible que el enfermizo Presidente gozara entonces de tantas aventuras amorosas fuera de su matrimonio? Bueno, pues ahora se descubre el motivo del vigor. Inyecciones de cortisona y luego testosterona. Le daban suficiente energía de adrenalina. Por eso los Kennedy almacenaron tales medicamentos en lugares secretos por todo Estados Unidos.

En uno de tantos apasionados encuentros Kennedy embarazó a Judy Campbell. El primer sorprendido e inconforme fue el Presidente. Contra su catolicismo sugirió el aborto. La hermosa mujer lloró desilusionada. Buscó a y se acurrucó con el capo Sam Giancana. Le contó su pena y la casi orden presidencial de evitar el vuelo de la cigüeña. Enamorado como siempre estuvo de ella, el mafioso le propuso matrimonio. Luego le prometió venganza.

No lo afirman en la película pero dejan en duda si la mafia mató por ese motivo a Kennedy. Una veintena de senadores y luego la famosa Comisión Warren investigaron el crimen. Coincidencia o no, citaron a Sam Giancana. No pudo declarar. Lo ejecutaron. Con esto, al buen entendedor pocas palabras bastan.

Cada vez me sorprenden estas revelaciones. Más cuando son recreadas en películas. Recuerdo a “JFK” de Oliver Stone. Nadie las desmiente ni presenta demandas millonarias. Me recuerdan tantas versiones no oficializadas ni dramatizadas sobre nuestros presidentes. Amores con artistas, cantantes famosas y colaboradoras. Algunas desterradas. Simulación de mantener felices matrimonios en Los Pinos cuando son apasionadas en otros lugares. Enfermedades muy conocidas como el aneurisma de López Mateos, pero desconocidas en otros mandatarios. Versiones alrededor de relaciones obscuras con el narcotráfico, particularmente con gobernadores de los Estados. Arreglos con capos. Eso de que cada sexenio el Presidente en turno o mandatario estatal tuvieron un Cártel consentido. Pero al final nunca se ha mostrado reporte, prueba, documento o película sobre hechos verídicos.

He recibido muchos comentarios sobre tratos de presidente-mafia, pero hasta el momento no he tenido confirmación escrita, hablada o atestiguada. Sería el primero en publicar si alguien me lo confirma seriamente y con pruebas.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado por última vez en diciembre de 2002.

Comentarios

comentarios

Ir a la barra de herramientas
Tipo de Cambio