“Nos estamos, por desgracia, acostumbrando, como en Auschwitz, a convivir con la muerte”: Javier Sicilia

Foto: Alejandro Gutiérrez
 
Cultura lunes, 22 julio, 2019 02:22 PM

 

El poeta Javier Sicilia participó en el primer Encuentro de Poesía en Tijuana que se llevó  cabo del 18 al 20 de julio en la Casa de la Cultura, donde compartió un histórico recital de su obra poética tras ocho años de silencio cuando anunció que dejaría de escribir poesía, luego del asesinato de su hijo Juan Francisco ocurrido el 28 de marzo de 2011.

Además, en su visita a la ciudad fronteriza, se refirió al “doble abismo” de los padres o madres de desaparecidos que “se mueven en la esperanza teologal (no hay esperanza humana, es teológica), de que están vivos, también se mueven en la desesperanza de si están muertos” y debido a la continuación de los homicidios y desapariciones en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador advirtió que “hay un Auschwitz en este país, nada más que es al aire libre”.

Como parte de las actividades por el 130 Aniversario de la ciudad y organizado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMAC) que dirige Haydé Zavala Leyva y la Casa de la Poesía en la Frontera Norte que fundó el poeta Eduardo Hurtado, el Encuentro de Poesía en Tijuana recibió el viernes 19 de julio de 2019 al poeta Javier Sicilia en el Salón 307 del emblemático edificio Álvaro Obregón, de nueve décadas de historia, hoy Casa de la Cultura de Tijuana.

En la mesa titulada “La poesía frente al abismo (Lectura comentada)”, Javier Sicilia leyó algunos fragmentos de sus poemarios, alternando con algunas reflexiones sobre la cruenta realidad del país en la administración de Andrés Manuel López Obrador donde continúan los homicidios, las desapariciones y narcofosas, tanto como en los sexenios de Felipe Calderón (2006-2012) y Enrique Peña Nieto (2012-2018):

“Estamos frente a una gran crisis civilizatoria muy profunda, los paradigmas se borraron, estamos en una franja absolutamente vacía, pero es del orden infernal; el infierno no tiene fondo, puede ser tan hondo como queramos llegar, hasta la destrucción misma; es decir, lo que tenemos enfrente es el abismo, el abismo es infernal”, advirtió el autor de “El deshabitado” (Proceso, Grijalbo, 2016) y se refirió a los familiares de los miles desaparecidos en los últimos tres sexenios; a quienes encuentran a sus hijos y que por lo menos conocen la historia de la muerte de sus familiares; pero también a los padres y madres que sufren un “doble abismo” al no saber si sus seres queridos desaparecidos están vivos o no:

“Yo, por ejemplo, que soy una víctima, mataron a mi hijo, pero yo sé qué pasó, recuperé el cuerpo de mi hijo y los de los muchachos; conozco la historia, es aterradora, es horrenda, la veo diariamente, pero está ceñida, es una historia, encontré a mi hijo, está con nosotros, sobre todo está ese paso. A mí me asusta que alguien quiera borrar un cuerpo, es decir, el paso de un ser humano sobre su territorio, el paso de un ser humano entre nosotros, eso es lo que hacen cuando los desaparecen. Uno sabe qué hace con esa historia, uno tiene ese duelo con esa historia y sabes cómo te la enfrentas diariamente”.

“En un pleito que me agarré con Solalinde porque entregó a la verdad histórica cuando dijo que los habían quemado (a los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos el 26 de septiembre de 2014), yo le dije: ‘no puedes decir eso Solalinde, porque el padre y la madre de un desaparecido lo único que lo sostiene es la esperanza de que están vivos’. Eso es atroz, porque (los familiares de los desaparecidos) no sólo se mueven en la esperanza teologal (no hay esperanza humana, es teológica, de que están vivos), también se mueven en la desesperanza de si están muertos; entonces, es un doble abismo: si están vivos: ¿dónde están?, ¿comen?, ¿están sanos?, ¿los maltratan?; y si están muertos: ¿cómo murieron?, ¿dónde están?, ¿en qué condiciones murieron?”.

 

A diferencia de los padres que no tienen los cuerpos o la historia de sus hijos desaparecidos, Javier Sicilia reconoció: “Puedo imaginar que yo no tuviera a mi hijo conmigo y por eso quiero una historia, creo que me hubiera pegado un tiro; no es posible”.

Luego lamentó que los últimos tres gobiernos “no están haciendo lo que deben hacer” para encontrar o recuperar a los desaparecidos:

“(La desaparición) es una crueldad terrible, bueno los que hacen eso, y una crueldad inmensa que hay que condenar al Estado, al de López Obrador, al Peña Nieto y al de Calderón, no están haciendo lo que deben hacer para recuperar esas historias, para recuperar esos cuerpos, nos mienten, y eso es tan criminal como lo que hacen los que los desaparecen, porque la desaparición es algo que nos debería angustiar y violentar”.

Finalmente, Javier Sicilia hizo una comparación entre Auschwitz (el campo de concentración de exterminio nazi durante la II Guerra Mundial) y la realidad violenta del país donde, de acuerdo al Sistema Nacional de Seguridad Pública, suman más de 244 mil homicidios dolosos en los últimos tres sexenios (Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador); de los cuales 17 mil 082 homicidios dolosos han sucedido nada más en la administración de AMLO entre diciembre de 2018 y junio de 2019; además de los más de 40 mil desaparecidos, de acuerdo con el último informe del Comisionado Nacional de Búsqueda, Roberto Cabrera Alfaro, en enero de 2019:

“Después de Auschwitz no es posible escribir poesía. Hay un Auschwitz en este país, nada más que es al aire libre y todos somos sujetos, entonces nos estamos, por desgracia, acostumbrando, como en Auschwitz, a convivir con la muerte, a convivir con la barbarie”, lamentó Sicilia.

“Creo que es bueno volver al relato, volver a hablar de las cosas, la palabra sirve para curar, para preservar la pena, para decirle no a la barbarie”, concluyó Javier Sicilia para dar paso a una histórica lectura de fragmentos de poemarios como “Lectio” (2004), “Tríptico del desierto” (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009), “Vestigios” (2013) y en general de “La presencia desierta” (2004), donde reúne gran parte de su obra poética.

 

 

Javier Sicilia leyó “Juan 21, 7 o los clavadistas” de “Lectio” (2004)

 

Para mi hijo Juan Francisco y Edgar Rubio

 

 

¿Has visto a los clavadistas en “La Quebrada”?

Suben al risco ansiosos de alcanzar la cima

para luego mirar hacia el abismo

donde el mar es un dios oscuro e indomable,

una incógnita repetida como un bramido contra las rocas.

 

 

¿Qué buscan levantados y tensos como un arco presto a

lanzar el arpón de sus morenos torsos?

¿Para quién, por el amor de quién se precipitan una y otra vez al vacío?

Una misteriosa voluntad nunca satisfecha los eleva y

los vuelve a lanzar a través del aire en el océano

sin tiempo,

en esa herida abierta en el flanco de las rocas

como si el cosmos hubiera desgarrado ahí la

materialidad de la tierra

y, apenas zambullidos, vuelven a salir, Sísifos del agua,

a la superficie para emprender de nuevo el

camino,

mientras a sus espaldas, temerosos del dios, las falsas

flores de las marquesinas,

los gritos del “trance”,

las torres de los hoteles,

esa Babel del consuelo que Baal erigió junto a las

playas,

acallan la pregunta del mar,

la voz del dios que continúa su bramido en las

profundidades del risco.

 

 

Sólo los espectadores,

unos cuantos salidos del círculo infernal,

sobre las terrazas y las escaleras contemplamos el rito

como si en los clavadistas lo real recuperara su signo,

como si en ellos,

en la forma en que levantan los brazos,

inclinan el torso y se lanzan al vacío

se materializara la experiencia de nuestras propias vidas

y expectantes aguardáramos una respuesta al misterio,

y yo me pregunto, en medio del tumulto,

¿si en cada clavado rememoran a Pedro

o acaso piensan en él cuando en la madrugada, sobre la

barca, divisó al Señor en la orilla del Tiberiades y

ciñéndose la piel de carnero se arrojó al mar?

 

 

Pero ellos están desnudos

y al erguirse en el risco dibujan la gran incógnita de la

existencia que fue respuesta en Pedro.

Una y otra vez repiten el gesto

como esperando mirar un día al Señor junto a las rocas

y ser acogidos en su desnudez

 

 

¿o tal vez aguardan la mirada de Juan,

ese hijo de la vigilia, que en medio de la noche da en el

blanco que todos buscaban y nadie veía?

 

 

No lo sé,

pero en ellos,

aún inmaduros como nosotros,

en ellos, que ávidos se lanzan día tras día del árbol del

risco en busca del dios

y al caer se hunden en el misterio sin encontrar reposo,

en ellos quiere dibujarse esa ternura de Pedro que era

muestra de su amor.

Pero de sus gestos no emerge plenamente la ternura,

tensos ante el salto, temerosos de perderse, de extraviar

la caída,

y una vez más vuelven a ascender con los oídos atentos

a la resaca del dios

y una oscura esperanza que apunta ciegamente hacia el

abismo.

 

 

Oh, Señor, tómala,

colócala en tu corazón,

consérvala junto a la plenitud que todavía no nos pertenece

y ahí, en el secreto de lo oculto que el bramido del mar clama,

celebra el intento de los hombres por llegar a ti.

Tal vez de improviso,

en el océano al que se arrojan,

en ese ningún lado abierto en el risco,

se encuentra el sitio

donde la esperanza incomprensiblemente trasmuta el

salto en ternura,

y las aguas y su orilla en ese hueco abierto donde la

suma de los saltos se revela en el rostro de tu

resurrección que nos acoge.

¿O no es verdad, Señor,

que al concluir el espectáculo,

en la sonrisa de los clavadistas

y la que nosotros les devolvemos desde la orilla,

existe ese rostro, atesorado desde siempre y aún

desconocido por nosotros y ellos, de tu

aparición?

 

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