El buceador

Dobleplana lunes, 10 junio, 2019 12:00 PM

Por estos días y a cada rato, hay incendios en los tupidos bosques de California. Sobre todo en los cerros y montes abundantes de hierba. A veces se extienden tanto que tardan días y noches en apagarlos. Hay ocasiones, cuando el fuego llega a ranchos o poblados. Los habitantes rescatan todo lo posible y abandonan sus viviendas. Le huyen a la lumbre. Hace años supe de uno rayando en lo dramático. Las llamas originalmente nacidas en territorio estadounidense, traspasaron la línea internacional y arruinaron la vegetación mexicana cerca de Tecate. “Brincaron” la carretera fronteriza nacional para seguir su avance destructor. También me enteré de otro incendio. Alcanzó las colinas de San Diego. Convirtió en cenizas millones de dólares invertidos en varias de las más lujosas residencias del condado. Es que en Estados Unidos significa un privilegio vivir en la punta de los cerros y montes de la ciudad o en el campo. Son terrenos muy caros. Al gobierno le cuesta mucho construir drenaje, instalar luz, teléfono, gas por tubería y carreteras seguras. Todo lo contrario a México. Los humildes habitan en el lomerío. No tienen servicio de agua y drenaje. Menos gas. Es más, si pueden se roban la electricidad. Ocasionalmente veo en los telediarios a los defeños trepando hasta su vivienda con tanta habilidad como la de un alpinista. En Tijuana, después de muchos años construyeron rampas. Hay electricidad y teléfono. Pero están en constante peligro por los deslizamientos. Cada rato por eso hay desgracias y sustos. Algunas viviendas se sostienen de milagro. Y los estudiosos dicen que cuando suceda un terremoto no va a quedar nada.

Los estadounidenses tienen un sistema especial para prevenir incendios forestales. Saben perfectamente que, si no se combaten en su inicio, será muy difícil controlarlos después. También hay mucho consejo público y oficial para no provocar fuego. Pobre de Usted o Tú, Lectores, si los ve un policía tirando colilla de cigarro. Y menos desde su auto a la orilla de alguna carretera californiana. Lo pueden multar hasta con 500 dólares. Casi unos cinco mil pesos. En los bosques, cerros, montes y montañas mexicanas, en la frontera bajacaliforniana, hay muchos incendios. Con grandes diferencias. Una, el Ejército Mexicano se ocupa de apagarlos. Pero siempre les avisan tarde. Aunque la estrategia terrestre de los militares es muy efectiva. Dos, todo mundo tira colillas de cigarros desde su auto a la orilla de la carretera. Y tres, cualquiera cuando va de paseo, prende fogatas y no toma precauciones.

El 19 de marzo de 1998 cerca de Los Ángeles, descubrieron un pequeño brote de llamas. Apareció en el centro de un tupido bosque. Inmediatamente sonaron alarma. Y se movilizaron rápidamente como mensajería de Federal Express. No pasó ni una hora cuando las llamas dejaron de ser. Los bomberos estacionaron sus vehículos en la carretera más cercana para llegar a pie hasta el lugar donde hubo fuego y cenizas quedaron. Su reglamento les indica inspeccionar el lugar. Determinar las causas. Cuánto fue el daño, si hubo víctimas y hacer un reporte escrito. Acostumbrados a toparse con hombres, mujeres, niños y animales achicharrados, los bomberos se quedaron tiesos al llegar a la zona quemada. Allí estaba un joven muerto con traje de buceador. Pero no quemado. Los tanques de oxígeno todavía sujetos a la espalda. Traía bien puestas y limpias las aletas en los pies. La máscara en su lugar, cubriéndole los ojos. Me imagino que los bomberos se preguntaron “¿…y qué demonios hace aquí este cadáver?”.

El cuerpo del buceador fue enviado al forense. Le avisaron a la policía y los detectives empezaron a investigar. También como los bomberos, seguro preguntaron qué estaba pasando con tal cadáver. Bueno, pues de entrada la autopsia precisó que aquel joven no murió a causa del incendio. Fue por lesiones internas y numerosas fracturas. “Seguramente se estrelló o lo estrellaron contra el suelo”, supuso el forense. Por fortuna el registro dental y las huellas sirvieron mucho a los detectives. Consultaron sus archivos. Compararon y supieron la identidad. Con tales datos, los detectives ubicaron su domicilio. También a la parentela. Así, los policías fueron el último eslabón para aclarar el caso. Interrogaron a los familiares. Éstos dijeron que la víctima salió por la mañana con su equipo. Dijo que iba bucear. Lo acostumbraba muy seguido. Era su deporte y entretenimiento favoritos.

Los detectives fueron reconstruyendo lo sucedido: Enfilaron su auto a la playa hasta encontrar el del joven. Entonces supusieron que el deportista se equipó. Dejó la ropa normal en el carro y se lanzó al mar. Indudablemente aguas adentro y lejos de las olas, empezó a zambullirse. Sus familiares dijeron que le encantaba sentirse rodeado de pececillos. Viendo los arrecifes. Recogiendo a veces piedras atractivas. Si en eso estaba, los detectives siguieron la pista: De repente fue atrapado en medio de cuatro paredes que, me imagino, no pudo perforar ni con su filosa daga especial. El fondo de aquello parecido a un cuarto tampoco cedía. Estaba durísimo. Supongo que vio hacia arriba y a lo mejor distinguió los cables que sostenían el artilugio. Pero se movían con tanta rapidez que ni con ayuda de sus aletas pudo salir. Además, supusieron los detectives, los espacios eran muy estrechos.

Total, el joven vivió los mismos momentos del pasaje bíblico de Jonás cuando se lo zambutió la ballena. Este personaje seguramente quedó maravillado con los adentros y luego el mamífero lo expulsó sin un rasguño. Pero tal no pasó con el buceador. Quién sabe cómo y qué sintió al ver que el artefacto aquel cuadrado y sin cubierta, fue sacado a la superficie lleno de agua. No sé si vio la luz desde el fondo o tuvo la oportunidad de subir a la superficie y darse cuenta. Pero seguramente sintió la velocidad en las alturas. Y luego lo inesperado. La parte inferior fue abierta. Salió al vacío y en picada. Ni de donde agarrarse. A lo mejor gritó. Pero de repente ¡zas! el golpazo contra la tierra. Como si lo hubieran lanzado desde el último piso de unos veintitantos. Debió perder el sentido y luego murió en agonía. O falleció instantáneamente.

Los detectives se comunicaron con los bomberos y el capítulo fue cerrado. Efectivamente, los señores apaga-fuego dijeron a los policías que recibieron el aviso alarmante del incendio. Inmediatamente comisionaron al piloto de helicópteros especiales. Tomó altura y fue hasta el mar para recoger agua con el enorme cubo. Lo hundió y luego cerró el fondo. Subió el armatoste. Por radio le dieron la ubicación exacta del incendio. Llegó con precisión. Calculó bien para dejar caer su carga y apagar el fuego. Abrió la compuerta del cubo y allá va el agua y sin saber que con todo y cristiano. Ni el piloto se dio cuenta. Ni el buceador pudo alertarlo. Eso es tener mala suerte. O como por allí se dice, estar en el lugar y la hora indebidos. Pobrecito. ¿Quién se iba a imaginar que precisamente lo atraparía un recipiente para apagar fuegos?

Me imagino a las guardias presidenciales afuera de Los Pinos. Firmes. De repente ¡zas! Cayó de las alturas un hombre. Como si lo hubieran catapultado desde adentro de la residencia oficial. Así como cuando uno patea el balón y se vuela la barda. Desgraciadamente ya no pudieron darle primeros auxilios. La caída, políticamente, fue mortal. Para fortuna de los oficiales cuando se acercaron al cuerpo, pudieron identificarlo: Carlos Rojas. Lo que todavía no se explican es porqué traía una toalla en las manos. Bien agarrada.

 

Tomado de la colección “Dobleplana” de Jesús Blancornelas, publicado en julio de 2002.

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