La paz de AMLO será también para los capos

Foto: Cuartoscuro
 
Destacados miércoles, 6 febrero, 2019 06:38 PM

Los cárteles de la droga en México, mayormente utilizan una de dos estructuras para sustentar su ilícito negocio. Una se trata de un organigrama piramidal, donde la cabeza es el o los líderes de la organización; hacia abajo se encuentran los que podríamos llamar mandos medios, financieros, lavadólares, brazo armado, aquel que controla los territorios y, generalmente, la familia.

Un nivel más abajo, quienes hacen el trabajo en empresas fantasmas, cuentas de bancos, así como una especie de gerencia donde se ubican lugartenientes, distribuidores, traficantes, sicarios, jefes de células criminales por estados. Y al final, en la base de la estructura criminal, los vendedores de droga al menudeo.

Esa es una estructura con la que han funcionado cárteles como el de los hermanos Arellano Félix, el del Golfo, los Zetas, el de Guadalajara, Milenio, los Beltrán Leyva, entre otros.

La otra versión se da en el cártel de Sinaloa a partir de los muchos años de impunidad acumulada, y de ser una de las organizaciones criminales más prósperas del mundo. Ahí establecieron, más allá del sistema de jerarquías dentro de una organización, un régimen de sucursales, franquicias en estados y municipios, en algunos casos incluso en una plaza confiaron su criminal negocio a más de una célula.

Ninguna de las dos estructuras es infalible. La primera llevó, por ejemplo a los hermanos Arellano Félix, a heredar el poder criminal entre familiares y amigos conforme los fueron aprehendiendo y en algunos casos asesinando. Mientras el cártel de Sinaloa con los muchos competidores dentro del mismo cártel por una misma plaza, ha sido una de las mafias que más cartelitos ha originado. Incluso entre los herederos de sus líderes criminales se habla de Los Chapitos, aquellos encabezados por los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán Loera, y de Los Mayitos, entendiéndose del ala delincuencial que titulan los hijos de Ismael El Mayo Zambada García, por mencionar a algunos.

Lo que sí tienen en común estas estructuras criminales es que poseen un líder a la cabeza. O varios. Mientras los Arellano fueron encabezados en sus épocas de mayor notoriedad por los hermanos Benjamín y Ramón, el cártel de Sinaloa fue, con sus intervalos debido a las aprehensiones de El Chapo, encabezado por este y por Ismael Zambada García. De igual forma que el cártel del Golfo fue primero de Juan García Ábrego y posteriormente lo encabezó Osiel Cárdenas Guillen, o de los Beltrán Leyva, donde los hermanos se fueron sucediendo.

Ciertamente los cárteles de la droga en México se ven afectados cuando uno o varios de sus líderes caen. En algunos casos la sucesión criminal se da entre familiares o amigos sin necesariamente asegurar la permanencia de la organización criminal. Aprehender a las cabezas del narcotráfico es tan importante como detener a quienes ocupan posiciones en la siguiente línea de mando. Es decir, de nada sirve por ejemplo, detener a un capo de cártel, si su distribuidor, su traficante, su lavadólares, su brazo armado, su contador y su abogado, permanecen en la impune libertad.

Necesariamente en el caso de solo aprehender a quien encabeza un cártel, el paso siguiente será uno de dos: o las estructuras inferiores entran en una lucha por el control de la organización criminal, desatando una guerra que terminará con la creación de otros cárteles; o, este tendrá una “ordenada” sucesión y continuará el nuevo jefe criminal, haciendo uso de toda la infraestructura para continuar con el cártel. El primer escenario ocurrió en Juárez, por ejemplo, cuando después de la muerte de Amado Carrillo Fuentes en 1997, la estructura criminal cayó en manos de su hermano, y posteriormente de quien encabezaba el brazo armado, hasta producir otros cartelitos y alianzas con otras organizaciones criminales para subsistir. Mientras el segundo caso ha ocurrido, en tres ocasiones que ha sido detenido El Chapo, en el cártel de Sinaloa, donde Zambada García continúa haciendo uso de toda la estructura para conservar el imperio criminal al cual pertenece desde hace unos 30 años. En México con las estrategias que en materia de seguridad se han establecido en los últimos tres sexenios, contando al actual, los cárteles de la droga han crecido en número y en integrantes. De siete grandes estructuras que había en la época de Felipe Calderón Hinojosa y su guerra contra las drogas, pasamos a más de 80 con Enrique Peña Nieto y su México por la paz.

Hoy día, en el recién iniciado sexenio de Andrés Manuel López Obrador, parece que la política de combate al narcotráfico, a saber el fenómeno criminal donde tienen origen el 80 por ciento de los homicidios dolosos del país, no será confrontado por lo menos no se ha anunciado de esa forma, de manera integral.

De la guerra contra las drogas del 2006, al México por la Paz del 2012, este 2019 van por la paz. Con la utilización de una Guardia Nacional más como policía de disuasión pues el propio presidente dijo esta semana que su objetivo no era detener a los capos, literalmente explicó el presidente: “No se han detenido a capos porque no es esa nuestra función principal. La función principal del Gobierno es garantizar la seguridad pública, ya no es la estrategia de los operativos para detener a capos. Lo que buscamos es que haya seguridad, que podamos disminuir el número de homicidios diarios”. Agregó: “Bajar el número de homicidios, bajar el número de robos, el que no haya secuestros, eso es lo fundamental. No lo espectacular. Se perdió mucho tiempo en eso y no se resolvió nada”. Y a pregunta expresa, “no hay guerra, oficialmente ya no hay guerra. Nosotros queremos la paz, vamos a conseguir la paz”. Una vez más los capos que manejan las estructuras criminales en este país, que son el origen del crimen organizado, que más allá del narcotráfico y el narcomenudeo se dedican a secuestrar, a extorsionar, asesinar, a robar, a asaltar, permanecerán en la impunidad. Es decir, de la estrategia de detener a los líderes de los cárteles que inició con Calderón, a la de establecer objetivos criminales de Peña, pasamos a la de no ir tras los capos, sino por la seguridad.

Ningún presidente ha establecido hasta el momento, contando al actual, una estrategia integral de combate al narcotráfico, que incluya una ofensiva hacia las estructuras de lavado de dinero, financieras, de rutas para el trasiego de drogas, o del sistema de la distribución de las mismas. Aprehender a los capos es un buen inicio, pero este debería ser complementado con la detención de quienes en una jerarquía menor, contribuyen al funcionamiento de las organizaciones criminales. Desmantelar a los cárteles en lugar de descabezarlos, pues.

Es grave que una vez más, las estructuras del narcotráfico sean indiferentes en una política de combate a la inseguridad. No se puede llevar seguridad cuando hay impunidad para estos criminales organizados. La disuasión puede funcionar en las calles y por un determinado tiempo con retenes y vigilancia de fuerzas armadas y civiles, pero si no llevan la investigación como tema medular, poco se hará para combatirlos. A dos meses de iniciado el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, el gran pendiente sigue siendo el tema de la inseguridad y la violencia, y la no persecución de los capos, no abona en nada a buscar una mejoría para lograr, ya no digamos la paz, sino la tranquilidad de los mexicanos en un Estado de Derecho, en el cual se persigue a quienes cometen crímenes, para detenerlos, procesarlos y sentenciarlos, y sentar un precedente de justicia en un país que ha sobrevivido en la impunidad. Pues de no perseguirlos, de no ir tras ellos, la paz que busca AMLO, será también para los capos del narco.

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