Mi última columna


 
Toroz lunes, 29 septiembre, 2014 03:00 PM

Como a cualquier ser humano, llega el momento del adiós. El final de la vida terrenal y profesional es una ley de la naturaleza que no se puede evitar. Sin embargo, la pasión por el toro nunca muere. Cuando Ustedes estén leyendo esta columna, yo estaré desde otro plano apoyando la Fiesta Brava con el mismo entusiasmo de siempre. A todos Ustedes,  los conocedores, aficionados  y villamelones, también les pido que continúen  apoyando la Fiesta para que no desaparezca. Vayan a las plazas, disfruten las corridas de toros, pero no apoyen las orejas regaladas, esas no benefician a los matadores y denigran la Plaza que las otorga. En ese lugar, en el que sabemos no existe dolor ni tiempo, sino paz y tranquilidad, escucharé pases dobles, la música para el alma y para el oído del corazón. Intercambiaré opiniones con muchos toreros: Carlos Arruza, Manolo Martínez, Currito Rivera, Antonio Lomelín, Alfredo Leal y Mariano Ramos, por mencionar a algunas figuras. Saciaré muchas dudas, pues a algunos otros no tuve la fortuna de entrevistar en vida. Los Tres Mosqueteros La Camarga es el lugar donde, según los franceses, pastó el ganado que dio origen a los toros bravos. Quién sabe si, siendo verdaderas figuras del florete y espada, Los Mosqueteros hayan hecho sus pininos con algunos toros de ahí,  porque no debemos olvidar que eran grandes estoqueadores que metían el acero hasta la cruz. Los Tres Mosqueteros siempre se distinguieron por su valor, arrojo, entusiasmo y grandes cualidades de hombres intrépidos al servicio del rey, posteriormente cambiaron de parecer y se colocaron al servicio de la reina. Recordando la teoría de los tiempos y las máquinas de rodar de los años, esos Mosqueteros aparecieron tres siglos después en la Plaza Monumental México. En 1948, Alfonso Cardenal Richeliu Gaona presentó a Los Tres Mosqueteros: Manuel Capetillo (Athos), originario de Guadalajara, Jalisco, nació el 15 de abril de 1926 y se presentó en la Plaza México en 1948, precedido de fama en el manejo con mucha elegancia y clase con el capote. En su debut no defraudó su fama de artista del primer tercio, buen torero con un sello muy personal, toreaba muy largo, no solo teniendo en cuenta sus brazos y altura. Hacía que la gente disfrutara más por el tiempo que los pases tardaban en darse, principalmente por el lado derecho. Aceptable estoqueador, durante muchos años encabezó importantes carteles en México, pero no tuvo la fortuna de refrendar en España. Rafael Rodríguez (Porthos), el segundo Mosquetero, triunfó en más de cuatro ocasiones seguidas en la Monumental México. Era un matador que impactaba, con mucha verdad, muy valiente, discutido porque toreaba de un modo encimista por lo cerca que se lo pasaba, eso desde luego resta plasticidad y arte en los muletazos, y muchas veces ahogaba a los toros, sin embargo, daba una gran impresión. “El Volcán” de Aguascalientes tampoco tuvo éxito en España, y en México disfrutaba de afortunado cartel, logrando cortar once rabos en la Plaza México. El tercer Mosquetero, Jesús Córdoba (Aramis), nació en Kansas, Estados Unidos, en 1927. Se presentó como novillero en la Plaza México en 1948, fue un torero muy clásico, vertical, muy serio, con sobrado oficio. Tenía un defecto, el de ser muy frío. En México no tuvo éxito, solamente en España, donde en una temporada sumó las 40 corridas muy elogiados por la crítica de aquel país y su triunfo en Madrid, el 29 de septiembre de 1957. En plena campaña de 1948, Los Mosqueteros aparecen como una avalancha, arrollándolo todo, pero Paco Ortiz, que no se llamaban así, sino Justino Francisco Hernández, debutó el 4 de julio de 1948 y obtiene un gran triunfo; sin embargo, fue un torero de rápido paso, como estrella fugaz. Nacido el 4 de octubre de 1928 y avasallador de multitudes, dominó la psicología de masas. No se ha registrado en la historia de la Plaza México un novillero que haya abarrotado a toda su capacidad y hacer colgar en las taquillas el letrero de “no hay boletos”. Era de estatura bastante baja, pero todo lo tenía a su favor, no dejándose ganar la pelea por nadie. Un torero muy vistoso en los tres tercios, que toreaba mucho con los pies juntos, tenía inventiva con pases de rodillas, cambios de muleta: riverinas, arruzinas, además de los pases fundamentales. Sus favoritas fueron las Manoletinas, por lo cerca que se pasaban los toros, además, fue un buen matador que se entregaba con mucha verdad en la suerte suprema, donde recibió dos de sus principales cornadas. Toreaba con el corazón primero que con la muleta. El 13 de noviembre de 1949, toreando un novillo de La Laguna, de nombre “Fanfarrón”, armó un verdadero escándalo, tanto, que uno de los espectadores cayó muerto de un infarto por la emoción, eso ocasionaba Ortiz. En una misma enfermería estuvo un aficionado muerto, y del otro, el matador que estaba siendo intervenido por una grave cornada que le infirió ese mismo toro. Estuvo en la cúspide de 1948 a 1949, y tomó la alternativa en enero de 1950. En tal cartel lo acompañaron Los Tres Mosqueteros. El 17 de abril de 1952, recibió otra cornada, regresa a la Plaza México el 7 de octubre de 1957 y, al domingo siguiente, recibió otra grave cornada, una de las cuales lo hicieron una estrella fugaz,  dado que resintió el castigo que en tan poco tiempo le dieron los toros. Y se dice que el valor se va por la sangre. Se casó a los 32 años con Gloria Madrid y procreó siete hijos, uno de los cuales siguió la carrera taurina y llegó a matador, con el nombre de “Curro” Madrid. Paco Ortiz vio cristalizado su sueño de construir en su tierra, Apan, Hidalgo, una plaza de toros, inaugurada con un mano a mano con Manolo Martínez y Curro Rivera, y un festival con Los Tres Mosqueteros. La plaza lleva su nombre y, tanto él como sus hijos, organizaban corridas y novilladas. Falleció en Pachuca en 1984. Lectores, amigos y detractores, agradezco su incondicional interés en mis notas, incómodas para algunos, pero siempre justificadas por el bien de la Tauromaquia, la cual disfruté hasta el último momento de mi vida. Tengan por seguro que cada uno de Ustedes  siempre estuvo  presente en mis pensamientos. Martha Millán falleció el jueves 18 de septiembre en Tijuana, Baja California. QEPD.

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