Templo cívico. México: su pasado, presente y futuro (Trigésima parte)


 
Cartaz Lunes, 1 Enero, 2018 12:00 PM

Sin preocuparse demasiado, Díaz ordenó hacer preparativos para sofocar la sublevación. Dos días antes del 20 de noviembre, fecha convenida, la policía de Puebla cercó la casa del comerciante Aquiles Serdán, un fervoroso maderista que había reunido armas para distribuirlas el día de la revuelta; entonces se produjo una terrible balacera en la que don Aquiles y su familia y algunos correligionarios se defendieron heroicamente y mataron a muchos soldados y policías, pero la sublevación fue abortada con la muerte de los atacados.

Madero nunca perdió la fe. Su familia fue hostilizada al grado de verse en la necesidad de huir en masa a los Estados Unidos. Sus propiedades fueron confiscadas o intervenidas, lo que equivalía a dejar sin fondos a la revolución. Casi todos los Madero, con el padre a la cabeza, presionaban a “Panchito” para que se dejara de locuras y se marchara a Europa.

En su regreso a Estados Unidos, Madero vivía en hoteluchos y se alimentaba de sobrantes de comida por carecer de dinero. El optimismo no tardó en encontrar justificación, pues en Chihuahua, un grupo de hombres había logrado sostener el foco revolucionario. Los acaudillaba Abraham González que había regresado de Europa una vez que le avisaron que la familia estaba arruinada a causa de que se había enfrentado a los caciques porfiristas.

El joven Abraham, que estaba estudiando la Universidad de Notre Dame, trató de resolver la situación explotando una mina, para las desventuras que él achacaba a maquinaciones del cacique Terrazas, lo hicieron fracasar y así cayó en la condición de empleado y modesto cajero de un banco.

Cuando se proclamó el Plan de San Luis Potosí, González fue de los primeros en secundarla. Para la lucha armada reclutó a varias decenas de vaqueros, mineros, artesanos y aventureros. Madero proporcionó los fondos que permitieron armar a las principales cabecillas: Pascual Orozco, en Guerrero; Guillermo Baca, en Parral; Toribio Ortega, en Cuchillo Parado; José de la Luz Blanco, en Temósachic; y Castulo Herrera, en San Andrés. Bajo las órdenes de éste último, militaba el después legendario y famoso Pancho Villa.

La cabecilla más importante de esta época, Pascual Orozco, era, en 1910, una persona de alta estatura, medía 190 centímetros y contaba con 28 años de edad, originario de un rancho de Ciudad Guerrero, poseía una pequeña mina y trabajaba de arriero con su propia recua, lo cual le permitió conocer la sierra a la perfección. Orozco se dejó entusiasmar con las prédicas de Flores Magón, pero terminó por pasarse al maderismo.

Pancho Villa tenía 32 años en 1910, era alto y fornido, originario de la hacienda de Gogojito, Durango. Abandonó el lugar por haber dado muerte al hacendado con quien trabajaba, debido a que el individuo trató de seducir a su hermana. Otras fuentes rechazan la versión, señalando que Villa, desde los doce, era un consumado ladrón de gallinas y que a los 17 años había matado a un compañero de juegos, por lo que huyó. Como quiera que haya sido, en la adolescencia se incorpora a una banda capitaneada por Pancho Villa, un legendario bandido (el futuro guerrillero revolucionario se llamaba Doroteo Aragón, pero a la muerte de su jefe, adoptó por razones sentimentales el nombre de éste).

El segundo Villa abrió una fortuna, producto del abigeato y para obtener el máximo beneficio de sus robos, abrió una carnicería donde vendía directamente al público, las cabezas de ganado robadas. Lo que no alcanzaba a vender en la carnicería, lo vendía a los tratantes de ganado que no preguntaban el origen de los animales. Uno de esos tratantes, Abraham Gonzáles, platicaba con Villa, y para atraérselo, le hizo ver que su vida había tomado el curso que seguía solo por las injusticias del régimen porfirista: la sociedad era la culpable de los delitos cometidos por el bandolero, pero la revolución lo rehabilitaría a cambio de contribuir con decisión al triunfo de Madero. El 20 de noviembre, entusiasmados por las arengas de don Abraham, los cabecillas llevaron a cabo sus ataques respectivos. Orozco al frente de pocos hombre, tomó el pueblecito de Miñaca y asaltó la casa de su enemigo porfirista, el Capitán Chávez, quien tenía una guardia personal de cuarenta tarahumaras. Las armas de los indios pasaron a engrosar el arsenal rebelde. Al día siguiente sitió Ciudad Guerrero, defendida por 65 federales. Después de cinco días, el gobierno mandó refuerzos y Orozco -avisado por los lugareños- salió a interceptarlos, les puso una emboscada y los derrotó. A principios de diciembre, el gobierno envió una columna de mil 200 hombres a reconquistar Ciudad Guerrero. Orozco, quien ya tenía 300 guerrilleros a su mando, decidió enfrentarlos en un lugar llamado Cerro Prieto.

 

 

Continuará.

 

Guillermo Zavala

Tijuana, B.C.

 

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