Templo cívico México: su pasado, presente y futuro (Vigésima segunda parte)


 
Cartaz Lunes, 18 Septiembre, 2017 12:00 PM

Nadie presenció el gesto iracundo que Porfirio Díaz debió haber hecho al enterarse de que los científicos, esa gentecilla útil, pero no indispensable, a quienes él había elevado a los cargos más importantes; le permitían relegirse por sexta vez, únicamente para descartar un régimen personalista y encaminar al país por la senda institucional. Pero ya verían que él y solo él, determinaría el momento y la forma de resolver el problema de la sucesión.

Para calmar a los banqueros, era indispensable aceptar la vicepresidencia, por lo que ordenó a los legisladores que la restablecieran para aliviar los problemas que se habían estado generando ante ello. Los diputados aprobaron asimismo que el periodo presidencial se extendiera de cuatro a seis años, de manera que el nuevo mandato concluyese en 1910, cuando Porfirio Díaz cumpliera 80 años. Con refinada perfidia, Díaz pidió a Limantour que designara al candidato que tomaría la vicepresidencia. Seleccionó a Ramón Corral, un sonorense que había iniciado su vida caciquil y que regía la vida de su entidad. Corral formaba parte de la camarilla científica y había ocupado los puestos del jefe del Distrito Federal y ministro de Gobernación.

Díaz aceptó, pero únicamente confiaba a Corral misiones insignificantes, como las de representarlo en actos públicos de poca monta y en días lluviosos. Además, lanzó a los periodistas más calumniadores para que emprendieran una campaña de prensa contra el infeliz sonorense, presentándolo como un bandido, cobarde, codicioso y un tanto retrasado mental. Un hombre de tales cualidades no podía hacer sombra al presidente. De nuevo, Díaz había ganado la partida, él y solo él era amo del país.

El propio Bulnes reconoció: “Nada ni nadie escapó al agachamiento general”. Todos cayeron a los pies del César: viejas, adultos, damas, civiles, militares y eclesiásticos. Todos los humildes y los soberbios aspiraban a ser esclavos absolutos del dictador. En discursos, brindis, polémicas y pláticas, gritaban: “Me honro en ser amigo incondicional del señor general Díaz”.

Díaz nunca advirtió que su nueva estrategia le iba a resultar contraproducente. Los banqueros intelectuales y ciudadanos libres no iban a aceptar, por garante a sus intereses, a un ser patibulario como se presentaba a Corral. De modo que entre ellos empezaron a meditar sobre la mejor manera de remplazar al dictador, de todos modos no podría tardar muchos años en morir.

Por otro lado, Díaz no tomó las medidas adecuadas para combatir la miseria y pobreza del pueblo; en cambio, la promovió durante sus 34 años de gobierno, a lo que estaba obligado a erradicar. Traicionó la filosofía política de Juárez, de la que en un principio era partidario y que defendió al punto de luchar por ella. Asimismo, abandonó sus orígenes y su raza, pues era hijo de padres mixtecos, José de la Cruz y Petrona Mori.

En el territorio que gobernó Díaz, en muchas partes como Yucatán, Valle Nacional, Oaxaca, entre otros, se practicaba una de las más crueles y criminales esclavitudes y por medio de ellas, se explotaban a los indígenas hasta llegar al grado de que murieran por agotamiento. La mayoría de la población sometida a la esclavitud era indígena y mestiza. En pleno siglo XX, los “trabajadores esclavos” debían someterse a los peores maltratos físicos, a largas jornadas de trabajo sin descanso y a una alimentación precaria. Todos estos esclavos habían sido engañados por medio de “contratos” y los abusos del poder por parte del mismo gobierno para robarles sus tierras heredadas.

Los reyes del henequén, denominada “casta divina”, hacendados en Yucatán que ejercían el poder político, hacían endeudar a las personas mediante “tiendas de raya” (así como otros métodos usados por los enganchadores), para que después “saldaran” la deuda trabajando, pero la realidad era que tal “deuda” nunca desaparecía.

Estos hacendados poseían miles de esclavos: 8 mil indios yaquis, importados de Sonora; 3 mil chino-coreanos; y entre 100 a 125 mil indígenas mayas, que antes poseían las tierras que ahora manejaban sus amos. El precio común de cada hombre era de 400 y los hacendados pagaban solamente 65 pesos.

El exterminio de los yaquis empezó con la guerra y cuando fueron enviados a la esclavitud. El pueblo yaqui no fue nunca salvaje, siempre ha sido un pueblo agrícola y constructores de sistemas de riego. Edificaban sus ciudades con casas de adobe, sostenían escuelas públicas, además de un sistema de gobierno comunitario y una fábrica de moneda, pues eran exploradores de minas. El yaqui tenía un admirable desarrollo físico, ya que era alto de estatura y su raza era de atletas. Los españoles no pudieron subyugarlos completamente y, después de 250 años de conflicto, llegaron a un acuerdo donde se consiguió la paz y les dieron una parte del territorio con títulos de propiedad, los cuales fueron respetados por 150 años por gobernantes y jefes de México hasta que llegó Porfirio Díaz.

Continuará.

 

Guillermo Zavala

Tijuana, B.C.

 

 

 

 

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