Tejocotes

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Cenizas lunes, 23 diciembre, 2019 12:00 PM

Era flaco. Muy flaco. Y para mis doce años el más chaparro de mis amigos. Por eso en las posadas caseras nunca cargué los peregrinos. Escogían a compas altos y ponchados. Pero sí me daban vela colorina. Delgadita. Calculada al tiempo de la ceremonia. Cuando ya no podíamos sostenerla entre los dedos derramábamos una o dos gotitas de cera en la uña del pulgar derecho. Y así hasta donde era aguantable. Pero mientras se extinguía, pobres de aquellas chamacas si no llevaban pañoleta. En la procesión y entre cantos les quemábamos las puntas de su cabellera. Por eso a la segunda o tercera posada nos ponían adelante. Entonces las muchachas se desquitaban.

Después del “…entren santos peregrinos” señoras y sus hijas al patio. Sillas para todas. Nosotros al zaguán de la casa. Pegados a macetas redondas y de barro. Otras encementadas blancas con pedacitos de espejo empotrados. Todas con su base sólida y luciendo helechos. Otros nos respaldábamos en la puerta, porque posada iniciada nadie entraba. Había que ser puntualito.

Yo llevaba mi sombrero de palma. Quietecito debía esperar el reparto. Los padrinos de la posada se acercaban a todos los invitados con una bolsa de ixtle coloreado. O saco azucarero. Garapiñados, cacahuates, pedazos de caña y colaciones. Todo cuanto agarraran con el puño él o ella, matrimonio o novios formales. Nunca poquiteros, siempre tupido. Siempre deseaba más tejocotes. En cuanto medio se llenaba el sombrero, rápidamente a las bolsas del pantalón de pechera o chamarra. Nada de engosolinarse.

Es que luego venía el ponche. Jarritos de barro o pocillos de peltre. Rara vez tazas porcelaneras con plato. Siempre caliente, recién hervido. Pasas, guayaba, orejones de durazno o rajas de manzana. Tamarindo o jamaica. Naturalmente canela. Endulzados con piloncillo. Un agasajo.

Luego aparecía la piñata colgando en medio del patio. El dueño de la casa, un pariente o voluntario la sostenía y bamboleaban. Bien adornada disimulaba la olla de barro grande y pesada. Tenía un colgajo fuerte. Entonces se necesitaba un buen garrotazo. Para eso normalmente usaban la tranca de la puerta tan segura como cerradura moderna. Cuando alguien atinaba al monigote sonaba seco el golpe y la piñata vomitaba mandarinas, caramelos, cañas, colaciones y a veces hasta juguetes. Entonces sí me ayudaba la flaquencia. Podía colarme entre los hechos de todos. Y como en el futbol cuando interceptan el balón, no soltaba nada. Sobre todo, tejocotes. Además, las doñas se compadecían de las mirruñas como yo. Nos quitaban de encima a los grandulones con un “¡no sea aprovechado!” “¡Cuélele!”

Entonces alcanzaba ir a dos posadas. Una al colegio de religiosas. Otra a la vuelta de mi casa. Pero teníamos una condición. Si faltábamos una vez ya no teníamos derecho a entrar otro día. Por eso salía de una y córrele. A dejar el bonche de dulces a la casa y regresar vacío.

La última posada, la del 24 era de lujo, nos daban tamales “…¿de azúcar o chile?” Unos con biznaga y otros con carne deshebrada. Picante por los serranos o pasa colorado molidos en metate con cebolla, jitomate y sal en grano. Esa noche ya no había ponche. Sabroso atole de maíz o champurrado con derecho a dobletear. Entonces hasta dos piñatas. Nada de repartir a puños sino en bolsitas adornadas. Salía de repente el confeti y serpentinas. No faltaban los “espanta-suegras” y hasta nos tocaban “busca-pies”. Que así le decíamos a veloces cohetes. Ni se elevaban ni explotaban. Eran como luces de bengala correlonas a ras del suelo.

Entre tradición y obligación seguía la “misa de gallo”. Mi abuela María me llevaba a la Iglesia de la Compañía. Repleta como nunca en el año. Allí estaban las caras nunca vistas durante el año. Me daba risa cuando no sabían en qué momento pararse, sentarse o hincarse según la ceremonia. Pasada la medianoche salíamos del templo. A dormir y esperar los regalos del Niño Dios. Despertábamos al primer canto del gallo. En el corral mi abuelo tenía uno para tres gallinas y un enorme cerdo en engorda.

Los regalos estaban a la orilla del Nacimiento. Una vez me amaneció bien pintado caballo de madera. Su cabeza en la punta de un palo escobero. Y en la otra, ruedas chiquitas de madera. Me “subía” poniendo la madera entre las dos piernas y a correr. Otra vez recibí un carrito de lámina. No se me olvida. Pintado verde perico, amarillo canario y rojo púrpura. Lo cargaba con piedras o tierra jalándolo con un cordelito. Entonces ni de cuerda. Faltaba el dinero. Menos control remoto porque todavía no los comerciaban. Una Navidad quedé sorprendido. En caja de zapatos hermosa ametralladorcita de madera. Tenía tripié. Gracias a un resorte disparaba balas hechas con pequeñas tablas.

Se la prestaba a mis amigos si me dejaban dar una vuelta en bicicleta o veloz avanzada en “patín del diablo”.

Amanecer de Navidad era un corredero y griterío en el barrio. Hasta cuando se llegaba la hora de misa. Entonces mis padres nos llevaban a Catedral. Y saliendo nos daban el aguinaldo. 50 centavos. Moneda de plata 0.720. Pero nada de gastar a lo tarugo. Debíamos entregarlo a mi madre. Nos iría dando de a dos o cinco centavos diarios.

Después de misa y agraciados por el aguinaldo regresábamos a casa para el “recalentado”. Y terminando otra vez a jugar. Entonces sacaba mi “ahorro” de dulces y cacahuates de las posadas. Compartía con mis amigos si otra vez me prestaban sus juguetes. Mis padrinos de confirmación tenían un hijo y lo consentían mucho. Una Navidad le amaneció hermoso trenecito eléctrico. Tocamos a la puerta de su casa y pedimos permiso a mi madrina para ver el aparato sobre rieles. Estaba colorido y hermoso. Nos pusimos de rodillas cerca de la vía para verlo. Rodaba admirable. Mi amigo lo paró frente a nosotros. “Órale, pónganle un dulce” y nos apuntó el vagoncito de carga. Así le hizo tantas veces hasta cuanta golosina traíamos. Los tejocotes no los soltaba.

Salíamos atardeciendo otra vez a jugar en la calle. Entonces ni televisión. Menos Nintendo. Tampoco trajes de “El Hombre Araña”. Cero naves espaciales. Ametralladoras como las verdaderas. Robocops ni en sueños. Los carritos dirigidos a control remoto eran fantasía. Y nunca esperamos ver a nuestras amigas con muñequitos “haciendo pipí”. Entonces las suyas eran de sololoy. Brazos y piernas sostenidas por unas ligas en el hueco del cuerpo. Cuando anochecía nos reuníamos con ellas y les invitábamos nuestros tejocotes. Me sobraban. Más de 50 años han pasado.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado por última vez en diciembre de 2016.

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