La cruzada presidencial contra el populismo


 
Noticias del día martes, 1 septiembre, 2015 09:00 AM

¿Qué es lo que el Presidente Enrique Peña Nieto entiende por populismo? es un misterio. Ya en varias ocasiones en las últimas semanas, ha incluido el tema en sus discursos –la más reciente en la Organización de las Naciones Unidas, y haciendo un llamado a las sociedades para evitar –supongo- (Gobiernos) populistas al considerarlos un mal del pasado con miras a regresar.   En la ONU llamó a las sociedades (del mundo supongo, otra vez) a “estar alertas frente a quienes se aprovechan de sus miedos y preocupaciones, ante los que siembran odio y rencor, con el único fin de cumplir agendas políticas y satisfacer ambiciones personales”. Enfatizó: “Nuevos populismos de izquierda y de derecha, pero todos riesgos por igual, el siglo 20 ya vivió y padeció las consecuencias de individuos que carentes de entendimiento, responsabilidad y sentido ético optaron por dividir a sus poblaciones”. Peña Nieto no proporcionó nombres ni de Naciones ni de personas que promuevan el populismo que dice puede afectar el crecimiento de las sociedades, simplemente llamó a estar alertas. El día de su III Informe de Gobierno, el Presidente Peña discursó en Palacio Nacional: “En este ambiente de incertidumbre, el riesgo es que en su afán de encontrar salidas rápidas, las sociedades opten por salidas falsas. Me refiero a creer que la intolerancia, la demagogia o el populismo son verdaderas soluciones. Esto no es nuevo…” “Es una amenaza recurrente que ha acechado a las naciones en el pasado. Hay ejemplos en la historia en donde los sentimientos de inconformidad tras crisis económicas globales facilitaron el surgimiento de doctrinas contrarias a la tolerancia y los derechos humanos…” “De manera abierta o velada, la demagogia y el populismo erosionan la confianza de la población, alientan su insatisfacción, y fomentan el odio en contra de instituciones y comunidades enteras. Donde se impone la intolerancia, la demagogia o el populismo, las naciones, lejos de alcanzar el cambio anhelado, encuentran división o retroceso”. Algo ha de saber el Presidente que no sabemos el resto de los mexicanos, como para encabezar lo que parece ser su propia cruzada contra el populismo, tanto en México como en el mundo. El populismo no ha sido clasificado en el estudio de la política, la sociedad y el ejercicio de  gobierno como un régimen político, ni siquiera llega a considerarse un modelo o sistema de gobierno; el populismo deviene eminentemente de un líder carismático con una premisa fundamental: la supremacía de la voluntad del pueblo. La gravedad, dicen los estudiosos, es cuando el carismático líder decide lo que el pueblo quiere. Y de la percepción de una conducta populista, el pueblo transita a un régimen –ahora sí, régimen- dictatorial, socialista, o autoritario. En México las instituciones se han desarrollado en un régimen presidencialista donde el Poder Ejecutivo influye en el Poder Legislativo y en el Poder Judicial. Donde lo que el pueblo necesita es lo que el Ejecutivo dictamina y en consecuencia acciona. No hay figuras de participación ciudadana para que el pueblo tuviese una mayor participación en la aprobación de políticas públicas, es lo que el Gobierno ha estudiado y considera importante y urgente, lo que se realiza de manera institucional. En México el populismo se ha utilizado más en términos político electorales, que como un modo de gobierno. Sí ha habido en México liderazgos considerados populistas, quizá el más llamativo haya sido el cariz que imprimió a su sexenio Luis Echeverría Álvarez, o el que por su cuenta llevó a cabo José López Portillo, quienes tomaron medidas para beneficiar a la masas, para tener contento al pueblo por encima del desarrollo integral de la sociedad mexicana. Al final, hicieron ricos a unos cuantos y pobres a millones de mexicanos que vieron su situación aún más difícil cuando la dádiva del populismo les fue retirada. De los sexenios tanto de Echeverría como de López Portillo, los mexicanos acabaron pagando el costo de esas políticas populistas cuando se encontraron con una mayor inflación, más deuda pública y devaluaciones del peso mexicano. El populismo en un sentido peyorativo se entiende en México como las medidas que benefician temporalmente a los más necesitados en la cadena de los estratos sociales, pero que no marcan políticas de desarrollo y crecimiento para la sociedad en general. El propio Peña ha tomado acciones populistas incluso desde antes de ser Presidente de México, cuando fue candidato, su campaña se basó en la estrategia populista de dar dinero, enceres, comida, mandado, a los electores de bajos recursos, para quitarles el hambre o la necesidad unos días a cambio del voto, que, en efecto, lo llevó a la Presidencia de la República (Ejemplos: Caso Monex, Soriana, etcétera). Una vez en el Gobierno, el Presidente apostó su resto a las reformas estructurales, particularmente a la fiscal: incremento en las tasas impositivas, gravámenes al consumo, más impuestos, una reestructuración fiscal, que en teoría –y en la práctica si creemos los números que presenta el Secretario de Hacienda, Luis Videgaray Caso- benefician a las arcas gubernamentales con una mayor captación de recursos, que a su vez se utilizan en programas de corte populista –aparte del elevadísimo gasto corriente y la sospecho inversión- como la Cruzada contra el Hambre. A este Gobierno que alerta del populismo, la política populista le va bien. A las madres de familia de escasos recursos en el país, les da 600 pesos, 900, mil; también le da arroz y lenteja, frijoles y harinas, huevos y maíz. A los jóvenes pírricas becas de 200, 300, 400 o hasta 700 pesos al mes para ir a la escuela. De obra poco se sabe, especialmente de la que no está bajo sospecha de tráfico de influencias. En mi región por ejemplo, en mi Estado, de cinco compromisos de Enrique Peña Nieto ya como Presidente de la República, no ha llevado a cabo ninguno. El Presidente Peña alerta a las sociedades, en su cruzada contra el populismo, a no dejarse engañar. A no creer en líderes carismáticos, y en el discurso acepta las pobres condiciones en las que vive México. En la ONU refirió como el que puede ser el origen del populismo: “Con las crecientes desigualdades, con una crisis económica mundial que no cede y con una frustración social que esto provoca, el mundo de hoy está expuesto a la amenaza de los nuevos populismos”. Ciertamente México, el México gobernado por Enrique Peña Nieto, cuenta con esos elementos. Hay más pobreza, el peso se devalúa frente al dólar cada semana (28 por ciento en el último año), la inseguridad en nuestro país va a la alza, el crecimiento del narcotráfico tiene municipios en calidad de zonas de guerra, la incapacidad del Estado para solucionar los casos de violencia despierta la frustración, la pérdida del poder adquisitivo del sueldo de los mexicanos emite al hartazgo; la ausencia de justicia para las víctimas, y la impunidad para los criminales, llevan a un estado de frustración. Si los mexicanos se decantan por un líder populista, será porque en este sexenio, en el de Enrique Peña Nieto y por lo menos a la mitad de su gobierno, están dados todos los elementos para que así sea. Entonces la cruzada de Peña contra el populismo, será solo un pretexto para el México que nos legará, mientras pasivamente lo permitamos.

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