La elección de rector


 
lunes, 22 septiembre, 2014 03:00 PM

Es difícil entender, y mucho más explicar, el fenómeno de transformación de algunas de las personas a quienes les ha tocado dirigir a nuestra universidad. La codicia y la ambición de poder los subyuga, y aquel intelectual que abogó siempre porque nuestra Institución se reestructurara hasta la médula y dejara de ser un centro escolar tradicional, conservador, contrario a las prácticas democráticas, lejano de su comunidad a la hora de la toma de decisiones fundamentales, para convertirse en un centro humanista donde se privilegie la libertad de pensar y de expresarse, se convierte en un nadador de que se deja llevar por la corriente dominante para no enemistarse con los grupos de poder que se disputan el control de nuestra alma mater, esto es, el establishment, so pretexto de evitar la alteración de la paz, la tranquilidad y el logro de una comunidad dedicada exclusivamente a los esfuerzos teóricos, intelectuales, divorciada de la realidad social, no entendiendo que las universidades son el microscopio con el que se analiza la realidad de las instituciones, incluyendo al gobierno. Transmisión de conocimientos sin compromiso, ajenidad al análisis crítico, a la discusión plural, a la autocensura de profesores y alumnos, estos últimos temerosos siempre de perder el espacio académico o laboral. Deja de cumplirse el ideal de trabajar en un techo plural, humanista, donde se discuten todas las ideas, por muy absurdas o incómodas que puedan parecer a los partidarios de la formalidad, la rectitud y  el respeto ilimitado al poder del Estado. Formar elites de poder o permitir las elites que gobiernan el Estado, implica dañar la autonomía, principio básico en el que descansa el ser universitario, implica tolerancia y disimulo a las desviaciones y abusos en perjuicio de la sociedad, implica un divorcio total de la realidad que son cincuenta millones de mexicanos en extrema pobreza, ajenos a los bienes de la cultura. Ante la proximidad del proceso para elegir rector, es necesario pensar en apertura, aunque ingenuo resulta pedir contención a los ambiciosos que han opacado su misión y que la han mantenido en la oscuridad, en los momentos en que debería ser la luz para el ascenso democrático, el desarrollo económico y el progreso cultural. Hace apenas dos años, un pequeño grupo de profesores de la Facultad de Derecho Mexicali de la U.A.B.C., solicitamos del Congreso del Estado, la formación de una comisión de trabajo, que incluyera académicos de la institución, para la elaboración de una Ley Orgánica que diera un nuevo sentido al que hacer universitario, que evitara la formación de cacicazgos en su gobierno, que asumiera una mística de igualdad en favor de quienes aspiran a ingresar, una institución al compás de los nuevos tiempos, que erradicara la conveniencia pragmática y sentara como método y objetivo, el ejercicio de la libertad, para continuar con mayor vigor las aportaciones de la U.A.B.C. al mundo de la cultura, sin imágenes prefabricadas, sin burocratización en la administración, con honradez moral de sus representantes, sin montajes para llevar a elecciones falseadas, de autoridades que a falta de legitimación de la comunidad, asumen posturas autoritarias. El nuevo rector debe huir del inmovilismo, pero también del activismo político gubernamental, manteniendo su ajenidad al gobierno, para poder ejercer la crítica y permitir la independencia de miles de intelectos que forman su comunidad. Queremos un rector con autoridad moral, que es el único instrumento de poder que puede esgrimir quien aspire a representante de la U.A.B.C., y esa legitimidad solo se logra si hay consenso en su elección por parte de la comunidad universitaria. La junta de gobierno debe ser integrada por lo mejor de la intelectualidad y comunidad científica y artística del estado, quienes deben trabajar por encima de los intereses personales o de grupo.   Lic. Arnoldo A. Castilla G. Correo: [email protected]

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