Nunca te deja abajo


 
viernes, 28 diciembre, 2012 09:27 PM

Fue mi primo Alain el que me introdujo al mundo de los caballos. Si no hubiera sido por él, jamás hubiera experimentado el mar de San Antonio desde el lomo de uno de los animales más maravillosos del planeta: el caballo. “Ya está arreglado, dos días y acamparemos en las montañas por una noche”, decía Dan, nuestro amigo inglés que radicaba en Biskek, la capital de Kirguistán. Él había organizado para nosotros un paseo a caballo por las montañas cercanas al pueblo Toktolgul, a unos 20 kilómetros de la capital. En un país en donde el 94% de su topografía sube a más de 1,000 metros de altura, lo que sobran son paisajes deslumbrantes a cada momento. Era finales de octubre y le nieve bañaba de blanco casi todos los picos visibles desde el valle en donde estábamos. Qué mejor escenario para cabalgar. Aunque añorábamos andar en bici por los rincones que ocultan las montañas, reconocimos sus limitaciones y pensamos que la segunda mejor opción para disfrutar de la geografía sería a caballo. Otra gran razón para vivir la experiencia, es que el kirguís y el caballo son uno y el mismo desde hace más de 5,000 años. Existen registros de su domesticación desde el año 3,500 A.C por nómadas en el país vecino de Kazajstán. Así que la técnica de dominio y el enamoramiento hacia este mamífero llegó muy pronto aquí, si no es que al mismo tiempo. Otro animal muy importante para los nómadas es la oveja. Este animal es su principal fuente de alimentación y recurso para construir sus viviendas llamadas Yurtas. Las Yurtas son casas tipo tienda en donde las paredes están cubiertas de lana, un excelente aislador del frío y del calor. Muy necesarios para su sobrevivencia tanto en el verano como en el invierno. Así que entre caballos, montañas y una que otra Yurta en el camino, iniciamos nuestros recorrido de dos días en las montañas de Kirguistán. El primer día el cielo era azul claro. Aunque hacía frío la emoción de cabalgar y la seguridad de contar con nuestro joven pero experimentado guía kirguís Azamat, hacía del paseo una experiencia muy agradable hasta el momento. “Me duelen un poco las bolas”, me decía Dan. Yo no podía estar más de acuerdo con él. “¿Cómo le hace Azamat?”, nos preguntábamos Dan y yo. Y con esta simple molestia me sentí mucho más consciente de las dificultades que conlleva vivir como nómada en Kirguistán. Después siguieron otros retos. El primer día de cabalgar había llegado a su fin y teníamos que desmontar el caballo. Todos lo hicimos con dificultad, excepto Azamat y Annika que ya contaban con experiencia. Preparamos el campamento y la temperatura cayó drásticamente. El frío, 6 grados bajo cero, ahora era nuestra preocupación número uno. Habíamos reunido leña antes de poner nuestras casas de acampar así que por unas cuantas horas gozamos del milagro del fuego. Era hora de dormir y nuestro reloj apenas marcaba las 9 de la noche. Teníamos sueño, cabalgar por 4 horas cansa. Eso me hizo respetar más a mi caballo. Annika y yo dormimos muy calientes en nuestra casa de a acampar, pero Dan y su amiga Nyurkas la pasaron mal. “¿Dónde está una Yurta cuando la necesitas?”, se quejó Dan antes de clavar el pico. Al próximo día nos levantamos temprano, desayunamos pan con mantequilla y mermelada y un par de tazas de té caliente. Azamat llegó con los caballos y nos montamos sobre de ellos. El cielo, a diferencia del día anterior, era gris y en algunas partes negro. Definitivamente no era una señal alentadora. El trayecto de 15 kilómetros de ese día fue el más frío de mi vida. Durante 4 horas Azamat, Dan, Annika y yo cruzamos las montañas para llegar a nuestra base en medio de una nevada. Aunque el escenario se escuche un tanto romántico, fue todo menos eso. Entre lluvia congelada, nieve y neblina tuvimos que avanzar lentamente por caminos peligrosos. La neblina no nos dejaba ver a más de 3 metros de distancia y la lluvia nos golpeaba la cara con sus gotas congeladas. El hielo penetró los huecos de nuestra ropa y un frío que jamás había sentido en mi vida se apoderó de mi cuerpo. Lo peor de todo, mis “bolas” también me dolían. Sin embargo nuestros caballos nunca nos dejaron abajo. Llegamos a nuestro destino sanos y salvos, aunque congelados. Al llegar entendí por qué los nómadas tienen en su caballo a su mejor compañero y aliado. Una amistad que tiene más de 5,000 años de existencia. Porque los kirguises saben que en la nieve, en la arena o en los campos, el caballo nunca te dejará abajo. Aún recuerdo ese tarde en San Antonio del Mar montando a caballo. Gracias primo.   El Licenciado Roberto S. Gallegos Ricci es mercadólogo por el ITESO. Actualmente darle la vuelta al mundo en bicicleta dirección Este, promueve su proyecto “Tasting Travels” con la tesis que establece el viaje como un medio para fortalecer la empatía social. Correo: [email protected]  www.tastingtravels.com

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