La generación brillante de Margo Glantz

Foto: Enrique Mendoza Hernández
 
Cultura Lunes, 24 Diciembre, 2018 12:15 PM

La autora entregó este año “Y por mirarlo todo, nada veía” a Sexto Piso y UNAM, y durante la FIL Guadalajara recibió la Presea “Sor Juana Inés de la Cruz” 2018. “Había algunas pequeñas mafias que se odiaban unas a otras, pero fue una generación muy brillante con figuras maravillosas que siguen siendo muy vigentes y que, bueno, ya no están”, expresó a ZETA

Escuchar a Margo Glantz es también recorrer “una generación muy brillante” -tal como reconoce en entrevista con ZETA– de autores latinoamericanos en general, y mexicanos en particular, que han determinado una época gloriosa en las letras hispanoamericanas.

El pretexto para dialogar con Margo Glantz (Ciudad de México, 28 de enero de 1930) fue su reciente publicación “Y por mirarlo todo, nada veía” publicada este año por Sexto Piso en coedición con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Fue precisamente durante la reciente Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, que se llevó a cabo del sábado 24 de noviembre al domingo 2 de diciembre, donde Margo Glantz no sólo presentó “Y por mirarlo todo, nada veía”, sino que recibió la Presea “Sor Juana Inés de la Cruz” 2018 concedida por la Universidad del Claustro de Sor Juana; y, por si fuera poco, participó en homenajes a autores de esa excepcional generación que incluye a Fernando del Paso y Sergio Pitol, amigos suyos reconocidos con el Premio Cervantes.

 

“EL USO DE LAS REDES SOCIALES SE HA CONVERTIDO EN ALGO VERDADERAMENTE NEFASTO”

En “Y por mirarlo todo, nada veía” (verso de Sor Juana), Glantz aborda el tema de la desjerarquización de las noticias en redes sociales como Facebook y Twitter, por lo que plantea en una pregunta de 164 páginas qué es más importante.

“Partí de la idea: ¿qué es lo más importante?, cómo la gente pierde de vista lo jerárquico, es decir, que hay que jerarquizar para entender el mundo, y al mismo tiempo ejercer el sentido de la ironía, uno de los elementos más importantes de la retórica; si no se trabaja la ironía, el humor, en un momento en que están sucediendo tantas cosas horribles al mismo tiempo -siempre han sucedido cosas horribles-, la gente las pone todas al mismo tiempo sin tomarse el trabajo de ver cuáles son realmente las más decisivas”, argumentó la autora en entrevista con ZETA.

Foto: Cortesía FIL Guadalajara-Bernardo Niz

Tuitera desde 2011, Margo Glantz expresó sobre su perpetua pregunta, separada sólo por puntos y comas, que no concluye sino tras 164 páginas:

“Esa pregunta interminable de repente se contesta, hay una interrogación que se abre y de repente se cierra pero de una manera muy elemental para mantenerse siempre abierta hasta el final que termina en puntos suspensivos; es decir, hay una hilación que se da a partir de los puntos y comas.

“Creo que muchos lo han visto, no innovo, pero creo que el punto de partida del texto fue la pregunta que yo me hice ¿qué es lo más importante?, ¿por qué no se jerarquiza?, ¿por qué se ha perdido el sentido del humor?, ¿por qué no hay ironía?, ¿por qué se lee todo literalmente? Entonces dije, ‘eso tiene que abrir una interrogación gigantesca que se trabaje a través de una forma literaria’.

“Pienso que es muy importante establecer una distancia irónica en el trabajo que uno hace, que yo creo que es lo que más trabajé ahí, es decir, trabajé el problema de la desjerarquización del mundo con la gente a partir de muchos aspectos, pero cómo la desjerarquización se agudiza de una manera flagrante con las redes sociales; eso fue el punto de partida”.

¿Qué fue determinante para dar por concluida la pregunta luego de 164 páginas?

“¡Todavía yo seguiría!, porque cada vez encuentro noticias muy interesantes que me hubiera gustado incluir, por ejemplo, me interesa mucho la aparición de un fascismo muy evidente en el mundo que creo que Trump lo representaba muy bien, pero ahora con Jair Bolsonaro se vuelve como más violento aún.

“Me parecía muy importante ver el rol que juega la religión evangélica en el mundo latinoamericano -en todo el mundo-, se está volviendo una cosa muy evidente; pasó con el chavismo (Hugo Chávez, ex Presidente de Venezuela), que era muy evangélico, sigue de alguna manera con Nicolás Maduro; no podemos decir lo mismo de Ortega (Presidente de Nicaragua), pero el resultado es bastante semejante.

“Lo que pasa en Brasil, que resulta que ganó Bolsonaro, sobre todo por los evangélicos, pero no sólo por eso, sino porque el uso de las redes sociales se ha convertido en algo verdaderamente nefasto; es decir, el haber vendido Zuckerberg los usuarios de Facebook y WhatsApp a gente como (Steve) Bannon, les proporcionaron armas terribles que ellos han utilizado de una manera muy espectacular y muy nefasta. Al principio Twitter y Facebook tenían un aspecto liberador interesante, democrático, de que son útiles obviamente, pero han acabado siendo un instrumento muy brutal del neofascismo”.

Aunque el tema en “Y por mirarlo todo, nada veía” son las redes sociales, Margo Glantz también revela sus lecturas fundamentales que la han acompañado toda la vida:

“Hay muchísimo material mío, hay un material de una autobiografía literaria, de una autobiografía personal muy pulverizado; hay un material con  relación a la retórica, mis obsesiones en general y también las literarias, los autores que más me gustan. No necesariamente todos, pero muchos de los que últimamente he frecuentado”.

 

KAFKA Y OTRAS AUTOBIOGRAFÍAS LITERARIAS

Uno de los escritores más frecuentados en “Y por mirarlo todo, nada veía”, es precisamente Franz Kafka, de quien Margo Glantz incluye un epígrafe: “Afortunadamente la incongruencia del mundo es de índole cuantitativa. La historia de los hombres es un instante entre los dos pasos de un caminante”, autor que por cierto se torna fundamental en el desenlace del libro.

En esta “autobiografía literaria” habitan autores como Kafka y Borges. ¿Por qué son algunos de los autores que más cita?

“Mi papá (Jacobo Glantz) era poeta, tenía una librería desordenada pero muy rica, y desde muy niña me acostumbró a la lectura, mi padre nos compraba versiones infantiles de mitos griegos, estaba suscrito al periódico argentino La Nación, tenía una especie de cuadernillos para niños que era Billiken, que leíamos de chicas.

 

 

“También tenía mucha poesía. Yo me acuerdo que leía un libro que tenía, pero ya no lo encuentro, que se llama ‘Florilegio’, de poemas, que empezaba con los mitos griegos y terminaba en Giacomo Leopardi, yo desde muy niña lo leía.

“Mi padre también tenía las obras completas de Calderón de la Barca y de Shakespeare en la editorial Aguilar; leía yo el ‘El rey Lear’ sin entender absolutamente nada; leí muchísimo a Julio Verne, Alejandro Dumas, novelas rosas también y poco a poco fueron ingresando a casa libros como ‘Los hermanos Karamasov’ de Dostoievski, ‘La metamorfosis’ de Kafka, cosas de Hermann Hesse y Thomas Mann.

“Yo leía a todos esos autores a los 15, 16 años, además, leí muchísimos clásicos norteamericanos de aquella época como John Dos Passos, Sherwood Anderson; a alemanes como Jakob Wassermann, un autor que los nazis aniquilaron. Muchos libros llegaban de editoriales chilenas y argentinas, yo devoraba los libros, y entre esos libros estaban ‘La metamorfosis’ y ‘Las palmeras salvajes’ de Faulkner”.

“Entonces, cuando yo era muy jovencita leía mucho, leí a Kafka, Faulkner, y justamente hay una cosa que es muy importante para mí: yo leí ‘La metamorfosis’ de Kafka traducida por Borges; leí ‘Las palmeras salvajes’ de Faulkner traducida por Borges; es decir, que entré al mismo tiempo en un universo literario riquísimo, el de un norteamericano tan extraordinario como Faulkner, un escritor fundamental para todos, que es Borges, y al mismo tiempo otro escritor que para mí ha sido fascinante: desde muy jovencita leía los ‘Diarios’ de Kafka, pero empecé con ‘La metamorfosis’.

“En ‘La metamorfosis’ se conjuntaban sin saberlo yo, porque en esa época no sabía yo quién era Borges, dos autores fundamentales para la literatura para el mundo moderno y para mí, para mi propia creación, para mi propia mente, para mi propia educación literaria, mi educación estética.

“Digo, mi formación literaria está hecha de una cantidad infinita de autores que se han convertido en parte de mi estructura mental a los que vuelvo constantemente; a Kafka lo leí de muy jovencita, no solo leí ‘La metamorfosis’, leí ‘El proceso’, ‘El castillo’, sus cuentos, sus aforismos y también empecé a leer los ‘Diarios’.

“En los ‘Diarios’ de Kafka ya tenía yo muchos subrayados desde el año 1946; en realidad el libro ‘Y por mirarlo todo, nada veía’ no lo terminé en enero de 2018, sino como en julio de 2018, no se lo puse, pero lo corregí mucho hasta junio.

“De hecho, en enero de 2018 me operaron de un pie y no pude caminar seis semanas y releí todo Kafka; volví a leer los ‘Diarios’, volví a leer ‘Cartas a Felice’ y volví a recordar una frase que era muy importante cuando pronuncia Felice y dice: ‘Conocí a una mujer muy ordinaria, mal vestida, que tenía un rostro que mostraba abiertamente su vacío’, ¡me pareció genial eso!, porque además en el diario cuenta que al conocer a Felice y cuando le empieza a escribir, empieza a escribir ‘La metamorfosis’; está perfectamente ligado a toda mi formación literaria, es como una especie de guiño a mi formación literaria esa frase de Kafka”.

 

UNA GENERACIÓN MARAVILLOSA

Dialogar con Margo Glantz  es viajar no sólo por su autobiografía literaria, sino recorrer la historia de la literatura latinoamericana en general, mexicana en particular; por eso había que aprovechar la ocasión para preguntarle:

Luego de las lecturas de la adolescencia que nos ha confesado y que se reflejan en “Y por mirarlo todo, nada veía”, ¿con quién le tocó compartir sus primeras andanzas en la escritura en la década de los 40 y 50?

“José Emilio (1939) y Monsiváis (1938) eran más jóvenes que yo, pero creo que somos de la misma generación; el propio Sergio Pitol (1933) era tres años más joven que yo; Elena Poniatowska (1932) un año menos que yo; me tocó compartir mucho con Arreola (1918), que era mayor que yo, conocí a Rulfo (1917) también, conocí muchísimo a Tito Monterroso (1921), conocí muchísimo a Luis Cardoza y Aragón (1901).

“Al principio, José Emilio era como una especie de discípulo mío porque yo tenía nueve años más que él, acabamos siendo de la misma generación, yo lo admiré mucho, fuimos muy amigos; Monsiváis, Tito Monterroso y Sergio Pitol son mis amigos entrañables. Es decir, la mayor parte de mis amigos ha muerto, acaba de morirse Fernando del Paso; yo era muy amiga de Arnaldo Orfila, el director del Fondo de Cultura Económica (entre 1948 y 1965), el que hizo posible ese maravilloso Fondo de Cultura Económica del que todavía estamos viviendo las sobras o las cenizas.

“Orfila era muy amigo mío y una vez me dijo: ‘Mira, Margo, acabo de encontrar a un autor maravilloso que voy a publicar que se llama Fernando del Paso, le voy a mandar su libro para que usted lo lea’; lo leí, en ese entonces yo tenía un curso en la Facultad de Filosofía y Letras con alumnos brillantes, un año que tuve un curso de literatura comparada con alumnos de una brillantez extraordinaria, y se me ocurrió que no iba yo a dejar que mis alumnos tuvieran una nota o una calificación al fin del curso para que pasaran mi materia, sino que como eran chicos tan inteligentes, se me ocurrió hacer Punto de Partida, se lo propuse a Gastón Rosa Cantú, le pareció muy buena la idea y empecé con Punto de Partida.

“En el tercer número de Punto de Partida organicé un seminario sobre ‘José Trigo’ con mis alumnos, hicieron textos muy admirables para gente que estaba empezando su carrera sobre un autor que también empezaba su carrera. En ese sentido fui de las pioneras en lectura sobre Fernando del Paso, nos hicimos muy amigos después, nos veíamos poco porque él estaba en Guadalajara, pero éramos muy buenos amigos; nos hablábamos por teléfono, y lo que es más terrible para mí: en la entrega de la Presea ‘Sor Juana’, él con muchísimo gusto quiso presentarme en la FIL de Guadalajara y murió dos semanas antes.

“Digo, casi me siento que soy una especie de superviviente de una generación maravillosa: Elizondo, Juan García Ponce, Monsiváis, Carlos Valdés, Huberto Batis, que han muerto todos; quedamos muy poquitos”.

¿Cómo podría describir esa generación de autores con los que compartió lecturas y la juventud?

“Éramos escritores que escribíamos a máquina, que leíamos como desesperados, que no éramos autores de mercado, éramos autores de editoriales que cuidaban sus catálogos como Era, como Joaquín Mortiz.

“A mí no me quiso publicar Joaquín Mortiz al principio porque no le parecieron mis escritos, pero luego me publicó un libro que se llama ‘Síndrome de naufragios’ con el que gané el Premio Villaurrutia (1984); pero él le publicó a Tito Monterroso, publicó a muchísimos autores importantísimos.

“En Era se publicaron autores muy importantes, todos ellos apasionados por la literatura, éramos gente que nuestra vida era la literatura, la lectura, la cultura, nos interesaba el arte, el cine, la música, nos interesaban los museos; todos éramos aficionados a muchas ramas de la cultura, todos convivíamos, íbamos a fiestas, bailábamos… en fin.

Foto: Cortesía FIL Guadalajara-Bernardo Niz

“Claro, al que más extraño es a Sergio Pitol, Tito Monterroso y a Luis Cardoza y Aragón, mis tres amigos; a Monsiváis también, muchísimo; también a Luz del Amo, que fue gestora cultural y era amiga de todos nosotros, amiga íntima tanto de Sergio Pitol y Monsiváis, como mía, como de Luis Prieto. No era escritor, sino una gran figura para Sergio Pitol y ‘Monsi’.

“Con Sergio Pitol, cuando todavía estaba bien, nos hablábamos diario por teléfono, hablábamos de nuestra vida afectiva, nuestra vida cotidiana, de lectura, de escritura, nos leíamos nuestros libros, hacíamos chistes, comíamos juntos, viajábamos a verlo a Xalapa, él venía a México y venía Monsiváis, y venía Luis Cardoza y Tito Monterroso, hacíamos miles de reuniones con ellos. En fin, ese mundo es un mundo que ha terminado”.

Hacia el desenlace de la entrevista con ZETA, Margo Glantz trajo a la memoria la generación excepcional que le tocó vivir y de la que, por supuesto, es parte fundamental en la literatura hispanoamericana:

“Era una ciudad más pequeña, una ciudad donde nos podíamos reunir todos, íbamos a cafés, había algunas pequeñas mafias que se odiaban unas a otras, pero fue una generación muy brillante con figuras maravillosas que siguen siendo muy vigentes y que, bueno, ya no están”.

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