Templo cívico. México: su pasado, presente y futuro (Quincuagésima primer parte)


 
Cartaz Lunes, 12 Noviembre, 2018 12:00 PM

Tras su presidencia, Alemán se volvió, con recursos públicos, un poderoso empresario e inversionista de varias compañías industriales. Al dejar de ser presidente, la revista estadounidense “Fortune” publicó un reportaje sobre sus riquezas y destacó que Alemán se había convertido en uno de los hombres más ricos del mundo.

La transformación y progreso que se daban en México debido a los grandes gastos, tanto en importaciones como en la financiación enorme de emisiones de dinero sin respaldo consecuentemente, en 1948 fue necesario devaluar el peso de 4.82 a 8.50. Esto ocasionó para Alemán una ignominiosa impopularidad, pues se comentaba que esta devaluación tenía que ver con los “saca dólares” y entre los más codiciosos habían estado los amigos del presidente: Jorge Pasquel, Enrique Parra Hernández y el coronel Carlos I. Serrano.

Además se creía en el país que las realizaciones de tantas obras tenían, entre otro propósito, de dar la oportunidad de ocasión para que el presidente y sus amigos se robaran la mayor parte de lo que invertía.

No se tomaba en cuenta que aun habiendo sido él y sus colaboradores una banda de ladrones había que reconocerles su eficiencia como gobernantes, pues en el sexenio los presupuestos de la federación apenas sobrepasaban los mil millones de pesos. O sea, el 4% del Producto Interno Bruto del país ya que los impuestos eran bajos y rara vez se pagaban completos.

Además de emitir dinero inflacionario para financiar el déficit presupuestal, Alemán recurrió a los empresarios extranjeros, pero al final de su ejercicio dejó una deuda externa que no rebasan los 50 millones de dólares, o sea, lo que en el 2000 se empleaba cada mes para pagar los intereses de los compromisos contraídos por los gobiernos siguientes. La explicación de tal eficiencia parece encontrarse en el hecho de que Alemán supo controlar la empleomanía ya que hasta 1952 el número de empleados federales contaba con cerca de 150 mil contra más de cuatro millones en el 2000.

En el gabinete de Alemán hubo sólo dos militares, el de la Secretaría de la Defensa y el de la Marina. Los demás fueron nueve abogados, dos economistas, un ingeniero, un médico dentista, un escritor y cuatro de los que se les podía llamar empresarios. Trabajaban semanalmente más de diez horas al día. De pronto aparecieron en México cientos de Cadillacs, Lincolns, y Packards en los que se paseaban nuevos magnates a los que les hacían regalos lujosos, residencias y aparecen fotos de las grandes fiestas en la sección de sociales.

Tales excesos empezaron a publicarse en los periódicos, hasta que en poco dejaron de hacerlo porque Alemán, para colmo de los embustes, hacía concesiones a los reporteros y empresarios quienes correspondieron a los favores en un maratón de servilismo. Los electores llegaron a sentir asco por la prensa zalamera atada de elogios para “El Señor Presidente”.

La excepción fue un periódico llamado Presente que dirigía el periodista Jorge Piño Sandoval, que hacía grandes reportajes y artículos en los que se detallaban los excesos cometidos por los alemanistas. Piño Sandoval tuvo, por temor a perder la vida, que exiliarse en Argentina.

El primero de septiembre 1952, Alemán leyó su sexto informe. Para rendir pleitesía, los gobernadores de todos los estados mandaron levantar arcos triunfales a lo largo del Paseo de la Reforma, la avenida Juárez y el tramo hacia Donceles, donde sesionaba el Congreso.

En respuesta, como arte de magia, surgieron grupos de jóvenes que prendían fuego a cada uno de los arcos, en los que a menudo utilizaban páginas del periódico Esto, que ganó el campeonato de lambisconería al publicar en la primera plana, elogiando al presidente,  la leyenda “6 años, tantos y tan pocos”.

Como corolario en la Ciudad Universitaria fue dinamitada la gigantesca estatua de Alemán. La impopularidad empezó en 1949, cuando Rogelio de Selva, secretario particular del presidente, puso en marcha una estruendosa campaña encaminada a lograr que se aprobara la reelección de Alemán “para darle tiempo de concluir su obra”.

La maniobra desató violenta oposición, tanto abierta como soterrada, por lo que se cambió el argumento diciendo que no era reelección lo que se proponía, sino tan sólo una prórroga de dos o tres años en el mandato de un Ejecutivo excepcional. La campaña sólo cesó cuando Cárdenas y Ávila Camacho se pronunciaron en contra de cualquier intento de modificar el precepto antirreeleccionista.

Continuara.

 

Guillermo Zavala

Tijuana, B.C.

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