José Fortunato Álvarez Valdez (1967-2018), II Obispo de Gómez Palacios, Durango

Foto: Cortesía
 
Opinionez Lunes, 12 Noviembre, 2018 12:00 PM

“Temporal es el trabajo y perpetuo el descanso;

tus penas pasarán pronto, y tu felicidad no acabará nunca;

con el llanto de un día conquistarás goces eternos”.

San Agustín, sobre los Salmos.

 

Cristo ha llamado a la vida eterna al padre Pepe Álvarez, Obispo de Gómez Palacios, Durango.

En vida como buen pastor, fue su deseo ser sepultado en la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe en la diócesis de la que fue obispo; aun cuando la muerte le sorprendió en su natal Mexicali.

A pesar de su juventud, el padre Pepe como cariñosamente le conocemos. Dios le distinguió con muchas virtudes; sobremanera con la prudencia y la sabiduría de la vida cristiana.

Con estudios de postgrado en universidades públicas y privadas como la Iberoamericana de Tijuana, la Pontificia de México, y el Instituto Patrístico Agustiniano de Roma; fue considerado uno de los mejores profesores de derecho en la UABC campus Mexicali, a la vez que cursaba sus estudios teológicos en el Seminario Diocesano Mayor.

Pero siempre le distinguió la sencillez y la honestidad. Creo que el ejemplo lo tomó de su señor padre don Fortunato Álvarez, primer Secretario de Gobierno del Licenciado Ernesto Ruffo desde 1989. Don Fortunato, casado y con cinco hijos, tuvo el entusiasmo de trabajar simultáneamente y estudiar la carrera de Derecho en la UABC, y posteriormente Contabilidad.

Bien dice Jesús “ustedes son la luz del mundo; no se prende una vela para esconderla, sino que se coloca en lo alto para que alumbre a los demás”.

Mundanamente se pensará que el Sr. Obispo José Fortunato Álvarez murió tempranamente a un día de cumplir 51 de edad este 8 de noviembre. Los caminos de Dios no son nuestros caminos.

El Padre Pepe en su corta vida fue un regalo de Dios en donde anduvo, en donde servía. En vida se lo expresamos con todo el corazón agustiniano que le distinguía: “En el foro valen las palabras, en la Iglesia vale el corazón; la del foro puede llamarse buena dicción, pero nunca bendición”.

Sin frustraciones siempre le fue al Cruz Azul; bueno para cantar, para tocar la guitarra; para los idiomas, para la espiritualidad; pero sobre todas las cosas un buen hijo, un buen amigo. De esos que te gusta que te llamen la atención, que te corrijan.

Capellán del Asilo de Ancianos de Villa Fontana en Mexicali; profesor de la UABC; como san Agustín se distinguió por su virtud de conciliar los problemas más simples como los más difíciles para Baja California, como la andanada por implantar el aborto a través de las mentiras y manipulaciones de mujeres que terminaron de ser abortistas a ser madrinas de bautizo de Isaac el hijo de Paulina; la supuesta joven abusada y que ahora su hijo tendrá ya 18 años de edad.

Con sus conocimientos legales, su sabiduría y prudencia, el crimen del aborto no entró a México por Baja California, gracias a la prudencia e inteligencia de sacerdotes como el Padre Pepe.

En él se hace patente lo que el Libro de la Sabiduría expresa: la verdadera ancianidad no se lleva en las canas, o en los muchos años. Sino en una vida honesta y sencilla; y en esto estamos en deuda con Mons. José Fortunato.

“¡Oh, Señor! Te doy gracias porque quisiste que esta vida fuese breve e incierto su término. Porque, ¿qué hay que pueda decirse duradero, si tiene fin? El día de ayer no puedo hacer que vuelva, y el de mañana empuja al de hoy hasta hacerlo desaparecer.

Señor, que en este corto espacio de tiempo viva de tal manera que consiga llegar al término, de donde no hay que pasar a otra parte. En este mismo momento en que hablo sigo avanzando hacia el fin: las palabras pasan y se desvanecen en mis labios; así también mis actos, mis honores, mis padecimientos, mi felicidad. ¡Todo se acaba!

¡Ay de mí, Señor! Mis amigos me auguran que viva muchos años, y yo insensatamente deseo que se cumplan sus anhelos. Quiero que se sucedan unos años a otros y que no llegue el fin de ellos.

¡Oh Señor, cuán contradictorios son mis deseos! ¡Quiero caminar y no quiero llegar al término del viaje! ¡Señor, muéstrame tu rostro! En todos mis trabajos, solo esto deseo; verte.  Correré tras la fragancia de tus perfumes. Con tu venida has perfumado a todo el mundo. Te seguiré hasta el cielo, para que no sea mentirosa mi respuesta cuando me dicen: “¡Levantemos el corazón!”, que es lo mismo que decir: eleva tus pensamientos, eleva tus afectos, eleva tu esperanza, para que no te corrompas en la tierra.  (San Agustín, sobre el Salmo 90).

 

Germán Orozco Mora reside en Mexicali. Correo: saeta87@gmail.com

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