Profesora

Fotos: Internet
 
Dobleplana Lunes, 29 Octubre, 2018 12:00 PM

Mi profesora Raquel era muy rigurosa. Soltera y cuarentona. Dueña con su hermana del Colegio “Progreso”. No por eso caía en la burguesía, pero era demasiado culta e inteligente. Lucía robusta. A pesar de eso le gustaba vestir falda ajustada y hasta abajo de la rodilla. Casi siempre negra. Pero debía encantarle lo floreado porque sus blusas o suéteres lo tenían estampado o bordado. Morena. Sus labios siempre bien pintados. Igual pestañas y bien depiladas las cejas. Su nariz un poquito achatada. Un lunar grande en la mejilla izquierda. El pelo negro, asomándole una que otra cana. Peinado alto a la Ida Lupino o Ginger Rogers. Sonriente muy pocas veces. Normalmente muy seria sin caer en cara de berrinche.

Era una maestra excelente. Me caía bien. No regateaba buenas calificaciones cuando el trabajo estaba bien hecho. Pero nada le enojaba tanto como las tareas incumplidas. Tenía el tiempo suficiente para revisarlas porque no éramos más de treinta en el salón. Se encargaba de todas las materias, menos la de Educación Física donde recibíamos la instrucción con un profesor. Pero de todas formas estaba presente. Así es que la pasaba con nosotros todo el día.

Cuando estuve con ella en sexto año de primaria, varias veces sufrí el rigor de su castigo. Se enojaba. Pero de veras derramaba bilis si nos distraíamos en la clase. Yo era de los más chaparros. Solamente otro compañero tenía pocos centímetros de estatura menos. Por eso nos sentaban en el doble pupitre al frente del par de filas en el salón. Una solo para hombres y en la otra nuestras primeras arranca-suspiros. Estábamos en el segundo piso y dos grandes ventanas dejaban colar sin estorbo la luz natural. Ni hacía falta prender el foco. No recuerdo haberlo visto encendido. Es que entrábamos a las nueve de la mañana y salíamos exactamente al mediodía.

Después de comer, el regreso era a las tres y la jornada terminaba a las cinco. Siempre de lunes a viernes. Casi ninguno de los compañeros esperaba algún autobús para irse a casa ni lo había en la escuela para transportarnos especialmente. Todos lo hacíamos a pie. Yo vivía a nueve cuadras. De vez en cuando nos dábamos nuestra desviada para acompañar a las chamacas o nada más ir tras ellas.

Cada año las clases se iniciaban pasando el Día de los Santos Reyes y no terminaban hasta cuando empezaban las posadas, el meritito 16 de diciembre. Nuestras únicas vacaciones eran durante Semana Santa. Y los días festivos debíamos desfilar. Cuando lo hacíamos, mi compañero y yo, por chaparros, íbamos al frente del contingente, llevando siempre bien planchadito el banderín con el nombre de nuestra escuela. Los demás nos daban carrilla. Pero llegaba la hora del desquite: Cuando los papás iban y tomaban fotos siempre salíamos en primer lugar. A sus hijos apenas si se les veía la cabeza. Fue el año del 47.

Recuerdo que uno de tantos domingos fuimos al cine. Hicimos “cola” para llegar a la taquilla. Con mi madre Cuca y mi hermana Arcelia ocupamos las butacas de madera en la localidad de balcón. Se me salieron las lágrimas cuando vi a Pedro Infante haciéndola de Pepe “El Toro” en Nosotros los Pobres. Pantalón mezclillero de pechera. Playera a rayas blanco y negro. Su mechón cayéndole sobre la frente. El rostro tiznado por una quemazón. Llorando ahora sí que a grito abierto. Llevaba en sus manos seguramente un muñeco pero cubierto con aquella cobijita gris obscura. Simulaba con tanto realismo que cargaba a su hijo muerto en un incendio. Era una tragedia.

Como no queriendo vi de reojo a mi madre. Tenía su pañuelo pegado al pómulo derecho. También lloraba. Al otro día, cuando llegué a la escuela antes de las nueve platiqué sobre la película a mis compañeros con la respectiva tonadita de “Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso mordelón…” Recuerdo sus ojos sobresaltados. Interrumpí al llamado de formarnos para rendir honores a la Bandera y pasar lista. La “bolita” me atrapó para seguir contándoles cuando subimos la escalera y llegamos al salón.

Tan entretenidos estábamos que ni cuenta nos dimos cuando llegó la maestra. Todos se pusieron de pie menos nosotros. Con su maciza regla, madera toda y metro preciso, golpeó mi pupitre. Lo sentí como relámpago furia del cielo. Luego, igual que un chubasco vino la regañina. Escuché entre estremecimientos. Y terminó con un “…de castigo, no salen a recreo”.

Me pasó al pizarrón, como siempre lo hacía al azar, para escribir día, mes y año. Nervioso como estaba temblé en el trazo y rápidamente me cayó nueva llamada de atención. Regresé al pupitre y escuché un tronante: “A ver, su tarea”. Saqué rápidamente mi cuaderno. Viendo la situación no le dije que sábado y domingo anduve jugando y dejé de estudiar contrario a su orden. Y que la tarea la hice hasta el lunes, de volada, mientras desayunaba antes de ir a la escuela. Precisamente por la prisa no estaba bien el rasgo de las letras y me equivoqué en aritmética.

La profesora Raquel siempre traía un lápiz bicolor. Con el azul aprobaba. El rojo era para reprobar. Poco faltó hasta para romper la hoja de mi cuaderno al tacharlo. Sin abandonar el sermón, con índice y pulgar me agarró del oído derecho. Rapidito, me puse de pie. Y mientras crecía su coraje me encaminaba al rincón, al fondo del salón. “Aquí se la pasará todo el día”. Por fortuna no había orejas de burro en la escuela, pero ése era el castigo para los que no cumplíamos con nuestra tarea. Aparte del dolor por el jalón de oído, sentí mucha vergüenza ante mis compañeritas. De pasadita a unas las vi serias y a otras dejando escapar una risita burlona.

Total, ese mes saqué tres cincos: Conducta, Aprovechamiento y Matemáticas. Cuando le entregué la calificación a mi madre primero preguntó por qué y le dije. Luego advirtió “…ahora que venga tu padre vas a darle una explicación”. Quedé engarrotado. Por la noche mi papá terminó con aquel día fatal. Otra llamada de atención. Desde entonces no fallé con la tarea. La empezaba desde el mismo viernes hasta la noche para tener tiempo y disfrutar el domingo. El sábado primero de este septiembre, viendo y oyendo el informe en la televisión me quedé acalambrado. Beatriz Paredes me recordó a mi profesora Raquel.

 

Escrito tomado de la colección “Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado el 23 de noviembre de 2007.

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