Semblanza-homenaje a Javier Valdez


 
Cartaz Lunes, 24 Septiembre, 2018 12:00 PM

Javier Valdez Cárdenas: la ciudad reflejada en sus ojos, y sus ojos dentro, quienes la habitan.

Son pocas las personas que se atreven más allá de poner el dedo en la ardiente ampolla reventada de una ciudad violenta, a meter las manos completas para ponerle nombre letra por letra a las cosas. Todos en Culiacán sabemos que al meter las manos a la lumbre, se corre el riesgo de ser chamuscado por quienes atizan la hoguera.

Javier Valdez Cárdenas fue uno de tantos, quien jamás dejó de luchar para que la gente se pusiera las gafas oscuras y viera mejor la lumbre que este querido personaje culichi, diera a mostrar sobre las hojas de papel periódico.

Javier nació, creció y se forjó como hombre de palabra fuerte y directa, entre estas calles tomadas por el cruce de muchos frentes de fuego, queriendo agarrar completo el horno de los panes. Él vio fluir los once ríos que serpentean esta tierra y dio luz al doceavo dentro el cual, fluyen letras llenas de esperanzas mal fundadas, de ideologías mezquinas, de hombrías malentendidas, de mujeres mal caminadas y niños mal guiados. No. No todo puede ser tan malo, hay siempre que averiguar para entender el porqué de tanto mal viaje en estas calles.

Así pues, Javier es la voz y el ojo diáfano que da la imagen para que tú la veas tal cual.

El adolescente cabalgando sobre una barata motocicleta, la cual carga su osadía metanfetaminosa, el callejón sin salida de la mujer demasiado joven para abaratarse como mercancía de tercera. Javier es el corazón en la boca de la madre y sus hijos sin casa, Javier y las miles de cruces santas a la orilla de las carreteras, barrios de la periferia y sus baldíos. Él es el racimo de frutos pulposos, púrpuras y lánguidos colgados de los puentes de concreto; es la pólvora mojada en sangre; el orificio humeante en el pellejo que cubre el cráneo; el ojo en la punta de la bala certera, el alarido al filo del barranco de la muerte; él es la bolsa de droga; los carros de lujo, el rifle de asalto; el capo de medio pelo o greña dorada; el sicario y sus admiradoras; el volumen altísono del narcocorrido; la jovencita quemada en el basurón; el último estertor mortal de los actuantes de este circo. La bonanza y decadencia de un grupo armado; el soldado en las calles, el helicóptero artillado volando bajo la tarde anaranjada. Él es el rechinar de llantas sobre el pavimento hidráulico y el sonar de la metralla cantando una fúnebre canción; es el rechinar de dientes sobre un cadáver o un ataúd bañado en lágrimas; es el apretar del culo conteniendo el miedo a punto de brotar; es la ostentación de condominio en los panteones municipales; el bastión armado en los pueblos circunvecinos y las manos verdes y nariz blanca en los confines de la sierra; es la seguridad encubierta en las casas de cambio; el nerviosismo insomaníaco en las casas de seguridad; el silencio tenso en los narco laboratorios; es el funcionario corrupto, la balanza dispareja del justiciero y la mala Ley. Es la vaca gorda de efímera vida, el borrego sin lana y su hambre perpetua; el perito bien pagado, desvelado y burlesco.

Javier Valdez es también la esperanza que muere al último, el no silencio, el no temer, el no rendirse…el no disparen más.

Javier es la ciudad a través de sus ojos y los tuyos. Él es la ciudad que agoniza pataleando duro sin terminar de morir; él es la confirmación de los voraces perros.

Culiacán es Javier y él es la ciudad que nadie quiere ver, pero sí sobrevivir.

Javier es la imagen y la palabra de muchos, y el miedo de tantos otros.

 

Waldo Contreras López.

Columnista y colaborador en revista de Delatripa, Narrativa y Algo Más. Colaborador en revista Piraña, México. Corresponsal en Guadalajara, Jalisco, para el Mapa poético de México, Del Silencio Hacia la Luz (a diez años de su aparición).

 

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