“La ira te lleva a no callarte”: Laura Restrepo

Foto: Cortesía Ana Cristina Rodríguez Marínez/FIL Guadalajara
 
Cultura Lunes, 3 Septiembre, 2018 12:10 PM

La autora entrega a Alfaguara la novela “Los Divinos”, en la cual narra el crimen de una menor de siete años de una familia desplazada del campo, a manos de un arquitecto de 38 años de la clase alta bogotana; acontecimiento que conmocionó a Colombia en 2016. “Era una especie de compromiso con la niña, con los lectores, conmigo misma, convertir en literatura un tema tan feroz con la mayor delicadeza posible”, expresó la novelista a ZETA

Es posible convertir el horror en literatura, tal como hizo Laura Restrepo en su más reciente novela “Los Divinos”, misma que entregó este año a Alfaguara, en la cual narra de manera muy sutil el rapto, tortura, violación y asesinato de Yuliana Samboní, de siete años de edad.

A través de un personaje de ficción conocido como “Muñeco”, la escritora hurga precisamente en la niñez, adolescencia, amigos y la clase social alta de Bogotá del criminal que ultrajó a Yuliana Samboní.

“La minucia truculenta del crimen me la salté a la hora de narrar; lo que me interesaba era el interior de las cabezas del criminal (en la novela llamado Muñeco) y de quienes venían siendo sus amigos desde la infancia… El crimen individual de Muñeco era además un crimen colectivo”, expresó a ZETA la reciente ganadora del primer Premio Córdoba por la Paz-“Antonio Gala” de Narrativa 2018 en España, al tiempo que confesó algunos detalles sobre cómo convirtió la tragedia en literatura.

 

EL CRIMEN QUE CONMOCIONÓ A COLOMBIA

Transcurría 4 de diciembre de 2016 cuando los medios de comunicación colombianos informaban sobre el rapto -y posterior violación y asesinato- de la niña Yuliana Samboní de apenas siete años de edad; pero el criminal, Rafael Uribe Noguera, arquitecto de la clase alta bogotana de 38 años de edad, no contaba con que las cámaras de seguridad registraban el secuestro.

– Considerando que comúnmente estás de viaje y que siendo colombiana estás pendiente del acontecer noticioso de tú país, ¿cómo te enteras y por qué decides narrar la historia a través de la ficción en “Los Divinos”?

“Así como lo dices, Enrique, tal cual. En medio de un viaje al Perú me llega la noticia del rapto, tortura, violación y asesinato de Yuliana Samboní, una chiquita de siete años, por parte de un joven arquitecto de familia ‘bien’ de Bogotá. Estaban conmigo mi hermana Carmen y mi sobrina María, bogotanas como yo, y el golpazo nos sacudió de tal manera, que a partir de ese momento no pudimos desprendernos un minuto del seguimiento que venían haciendo masivamente los medios”, contó a ZETA la ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2004 por “Delirio”.

“No solo como colombiana y persona que escribe, sino ante todo como madre, creo, me resultaba insoportable imaginar el sufrimiento indecible de esa nena. La absoluta desproporción entre la indefensión de ella y la prepotencia y extrema violencia del victimario.

“La gratuidad de ese crimen atroz, cometido sólo porque sí, por placer, nos producía a las tres una mezcla de angustia y rabia que no nos dejaba dormir. Nos pasamos la noche en ese cuarto de hotel pendientes de la televisión, de los e-mails, de los wasaps. Sabíamos que en esto estábamos conectadas con el resto de los colombianos. Veíamos en la pantalla las multitudes indignadas que enseguida empezaron a congregarse en las calles de Bogotá, exigiéndole a las autoridades la inmediata captura y juicio del responsable.

“​Porque desde el propio inicio se supo quién había sido el violador y asesino, que debía sentirse tan seguro e intocable a la hora de actuar, tan por encima de la ley y tan ajeno a las mínimas consideraciones de misericordia, que había actuado con pleno descuido, arrastrando a la niña a su propio apartamento, sin preocuparse si quedaba grabado en varias docenas de cámaras de seguridad, y ni siquiera inquietarse porque los habitantes del barrio de la pequeña –un arrabal paupérrimo- hubieran visto el color, la marca y el número de la matrícula de su coche.

Cortesía

“Total, ¿quién iba a protestar por la desaparición de una pequeña, siendo ella indígena, hija de desplazados del campo por la guerra, recién arrimada al último rincón de una ciudad hostil? La invisibilidad de la víctima era total, o así debió pensarlo él, un dueño del mundo, un mandamás, un privilegiado en todos los terrenos en medio de una sociedad tan clasista y racista como es la nuestra.

​“Pero a diferencia de los cientos de casos de niñas y mujeres violadas cada mes, que pasan desapercibidos para la justicia y dejan impunes a los agresores, lo increíble en esta ocasión fue que el homicida se equivocó de todo a todo.

“En medio del luto, una tía de la pequeña lo expresó clarito, con palabras que se me grabaron y no me dejaron descansar hasta que las dejé registradas en la novela. Ante las cámaras de televisión, la mujer dijo: ‘Él creyó que podría hacernos lo que quisiera, porque nosotros no tenemos nada, ni educación, ni dinero, ni nada. Pero se equivocó, porque para nosotros, nuestros hijos son sagrados’.

“Justamente por eso el criminal fue atrapado casi enseguida, y poco después condenado a 60 años de prisión, la pena máxima que contempla la jurisdicción colombiana. Todo gracias a que la familia de la nena arrastró a sus vecinos del barrio de montaña y bajó con ellos a la ciudad, denunciando a grandes voces el rapto de la niña y su desaparición, captando así la atención de los medios y poniendo en alerta a las autoridades.

“Por el número de la matrícula se supo quién era y de dónde provenía el asesino, y creció como leche hervida una antigua y profunda indignación ante la impunidad de los de arriba. Una vez más resonaba ese viejo dicho que se mantiene vigente generación tras generación: la justicia es para los de ruana (la ruana es nuestro poncho, la prenda colombiana más popular).

“Yo, que soy lenta, lentísima a la hora de escribir, en cambio produje esta novela de un tirón y en unos pocos meses. No creo para nada en supuestas magias del escritor, ni musas inspiradoras ni cosas por el estilo, y sin embargo de veras te puedo decir, Enrique, que sentía que esta vez la novela se iba escribiendo sola, imparable, a borbotones”.

 

“YO QUERÍA UNA NOVELA ÍNTIMA”

En “Los Divinos”, la maestría narrativa de Laura Restrepo conduce al lector a las peripecias de cinco amigos desde que eran “pelaos”, es decir, desde que cursaban la educación primaria en un campus tipo inglés; léase exclusivo, de la clase acaudalada de Bogotá. Muñeco, Duque, Tarabeo, Píldora y, el último en unirse al club de los “Tutti Frutti”, Hobbit, refrendarán su amistad hasta que llegan a cumplir más de treinta años de edad. Pero un día el Muñeco, adulto, comete la violación y asesinato de una infanta de siete años, llamada la “Niña-niña”.

– ¿Por qué decidiste contar esta historia a través de Hobbit y no por medio de los otros cuatro amigos o desde la voz de la “Niña-niña” ultrajada o sus familiares? (Considerando que Hobbit es el personaje menos adinerado de los cinco, incluso es lector y traductor).

“Ah, pues, precisamente. Mira que mi intención inicial fue dedicarle un capítulo a cada uno de los cinco Tutti Fruttis, y un sexto a la Niña-niña. En principio parecía lo más lógico. Pero sucedió tal vez por azar que el punto de partida fue el Hobbit, o Hobbo, quien empezó a hablar y hablar y ya no se calló más.

“Me sucedía que tras cada jornada me acostaba agotada de escribir, a las tres o cuatro de la madrugada, pero ya una vez en la cama, el condenado Hobbit seguía hablando, no había manera de que se callara, y yo tenía que levantarme de nuevo para tomarle el dictado. No quería que se perdiera nada de lo que me andaba diciendo, casi como al oído, en una especie de confesión incontenible.

“¿Me preguntas por qué lo escogí a él, y no a otro, como único punto de vista, siendo, como dices, que es justamente él quien no pertenece del todo a la clase social alta de los demás? Yo te diría que por eso mismo. El Hobbit conoce a sus amigos de memoria, ha crecido con ellos, es integrante de su pequeña secta, está al tanto de sus conductas y de sus secretos. Y al mismo tiempo, tiene pequeñas diferencias sociales y culturales frente a ellos que le permiten observarlos -y observase a sí mismo-, con ojo crítico.

“Fíjate que no es casual que el Hobbit, a diferencia de los otros, sea un buen lector, o que ejerza el oficio de traductor. Eso le hace tener una mirada sesgada, más contemplativa, menos superficial.

“A mí, el Hobbit me permitía mostrar, entre otras cosas, la distorsión y la perversión frente a las mujeres que se iba cocinando en esas cinco cabezas, sin que yo, como autora, tuviera que intervenir con adjetivos o juicios de valor.

“Creo que por esa misma razón el narrador tenía que ser un hombre, y no una mujer. Una voz femenina forzosamente iba a censurar, de entrada y sin miramientos, todo aquel machismo brutal. Y siento que muchos matices se hubieran escapado.

“Me pareció que en cambio un narrador masculino podría facilitar una visión desde adentro, más íntima, menos cargada de antemano. El ángulo del Hobbit es comprometido y al mismo tiempo crítico. Esa rara combinación me resultaba necesaria.

“Pese a lo escabroso y si se quiere periodístico del tema, yo quería una novela íntima, intimista. Y me pareció que la voz muy personal y honesta del solitario y ensimismado Hobbit me podía procurar la oportunidad de lograrlo”.

 

“LA NOVELA TENÍA QUE SER DE FICCIÓN”

Por supuesto, “Los Divinos” no es una recreación documental o periodística del caso de la niña Yuliana Samboní. La reconocida novelista colombiana advierte que se está ante una obra de ficción.

– ¿Todos los personajes están basados en la vida real? (La Niña-niña, Muñeco, Duque, Tarabeo, Píldora, Hobbit). ¿O algunos son totalmente ficticios?

“Fíjate que salvo la niña (en la novela se llama la Niña-niña) todos los demás personajes son totalmente ficticios. Para mí estuvo claro desde el principio que no buscaba una crónica periodística; eso ya había sido hecho, y en muchos casos bien hecho, por los propios periodistas. Ya se conocía el desenlace: mundialmente se había difundido el nombre del asesino y la suerte que había corrido. No había suspenso por ese lado: no tenía sentido tratar de montar una especie de novela negra. No interesaba el quién fue, sino el cómo fue y sobre todo el porqué.

“La minucia truculenta del crimen me la salté a la hora de narrar; lo que me interesaba era el interior de las cabezas del criminal (en la novela llamado el Muñeco) y de quienes venían siendo sus amigos desde la infancia. Para poder desarrollar esto, no me hacía falta investigación de los hechos; más bien echar mano de toda una vida de conocimiento de mi propia ciudad y sus habitantes.

“Yo sabía cómo somos, cómo hablamos, qué ocultamos, qué negamos, qué noción tenemos de cosas como la felicidad o la culpa, y qué percepción tenemos de nosotros mismos y los demás. Como suele decirse, yo conozco a mi gente. La clase social a la cual pertenecía el Muñeco me es tan familiar como la palma de la mano.

“La novela tenía que ser de ficción (todo salvo ciertas frases tomadas de la realidad, y el hecho mismo del crimen). Tenía que ser de ficción y demás tenía que ser escrita en bogotano. En el bogotano que hablan los niños ricos de mi ciudad.

“Lo único que yo iba a poder transmitirle al lector eran palabras. Y esas palabras tenían que representarlo todo. Desde luego no te estoy diciendo nada nuevo: apenas el ABC de toda literatura. Pero aquí me bullía por dentro un verdadero tropel, una andanada brava y urgida de encontrar palabras que me permitieran poner todo eso en papel. Eso explica la voz en primera persona que utilicé para el narrador, Hobbit, uno de los integrantes de los Tutti Fruttis, el grupachón que el Muñeco y sus cuatro amigos conforman desde pequeños y al que van a ser fieles toda la vida.

“En las palabras que utilizara Hobbit, en su manera de construir las frases, de abordar los temas, de dudar, negar, revelar u ocultar, tenía que quedar atrapado el meollo de una caótica situación social, cultural, moral”.

 

“INFANCIA ES DESTINO”

El modo de conducirse en la edad adulta es también el reflejo de la educación en la niñez, para bien o para mal; bajo esta premisa, en “Los Divinos” Restrepo no cuenta los detalles del ignominioso crimen, que finalmente son dichos hasta el hartazgo por las crónicas periodísticas, sino más bien la autora propone al lector conocer la infancia, educación y contexto social de quien en la edad adulta será un criminal.

– ¿Por qué fue importante para ti contar la historia de un personaje siniestro (además de sus amigos), desde su etapa de niñez y adolescencia?

“Dicen que infancia es destino, y yo así lo creo. En el trato futuro que aquellos cinco adultos iban a tener con las distintas mujeres de sus vidas (fueran sus esposas, sus amantes, sus prostitutas, sus secretarias), iba a pesar de manera definitiva esa relación primigenia con las mujeres de su infancia: su madre, sus hermanas, sus amores iniciales, la primera visita a un lugar de prostitución…

“El trato a las empleadas domésticas, en nuestro mundo latino, es otra pieza clave en este círculo de crueldad y dominio: ellas suelen ser mujeres que por necesidad se ponen al servicio de una casa, y que muchas veces no pueden protestar por el abuso sexual, así sea simplemente manoseo, al que las sometan los varones de la familia. Ésa es, desgraciadamente, una primera y muy temprana escuela de desprecio y utilización frente a la mujer.

“En un paso siguiente, el trato de amo a esclava se consolida frente a las prostitutas. Sentí que la madre del asesino debía ser una figura definitiva en este cuadro. En ‘Los Divinos’ se le da un trato medio inclemente a la del Muñeco, esa mujer ejecutiva, dueña de su propia empresa, proveedora del dinero para el hogar, que utiliza su fuerza para ocultar las debilidades del hijo, y así lo va convirtiendo en un ser ajeno a sí mismo. En alguien que en el fondo no sabe quién es.

“La madre no puede engañarse sobre la naturaleza débil, autocomplaciente y perezosa del hijo, y sin embargo juega a que resultó ser un tipo estupendo, logrado, todo un campeón. Y convence de ello al propio Muñeco, que se niega a ver cómo el paso de la vida le va demostrando lo contrario.

“Supongo que en el momento del crimen, al imponerle su despiadada bravura de macho cabrío a esa criatura mínima e indefensa hasta que la destroza, el Muñeco puede por fin sentirse omnipotente como un joven dios. De ahí el nombre de la novela, ‘Los Divinos’.

“Mira que yo partí de un lugar común según el cual son hijos de papi esos muchachos como ellos, privilegiados y mimados hasta la saciedad. A lo largo de la escritura fui intuyendo que quizá el esquema había ido cambiando. Dada la ausencia o la inconsistencia del padre, y la tolerancia infinita de una madre que lleva las riendas, era más fácil captar la naturaleza de ellos si se los veía como hijos de mami.

“Este enfoque me ha traído las críticas de ciertos grupos feministas que consideran que culpar a las mujeres es algo así como caerle al caído. Yo lo veo de otra manera. Por supuesto es una atrocidad culpar de una violación a quien la padece y no a quien la perpetúa, eso está fuera de discusión y ‘Los Divinos’ no tiene absolutamente nada que ver con eso. Todo lo contrario. Pero sí enfoca con ojo avizor el papel de la madre, como ya te dije, o de Malicia, la novia del Duque, quien, pese a su postura valiente a la hora de la hora, es también mucho lo que se ha dejado subestimar por los machitos seductores del Tutti Frutti.

“Mira, yo estoy convencida de que la única revolución triunfante del siglo XX fue la de las mujeres, y eso implica grandes compromisos de nuestra parte. Desde luego falta mucho camino por andar, pero ya se clavó la pica en Flandes. Las mujeres tenemos que asumirnos como directriz responsable del nuevo camino que estamos abriendo y trazando, para nosotras mismas y para la sociedad, la cultura y el futuro.

“No podemos ser timoratas a la hora de escudriñar nuestros propios errores o rezagos en esta búsqueda, o no podremos superarlos y avanzar. Sentirnos ofendidas y lastimadas por la crítica es perpetuarnos en un doloroso papel de débiles y eternas víctimas, o lo que es lo mismo, negarnos a reconocer la significación y enormidad de lo ya conquistado tras siglos de lucha.

“Otro factor determinante en una infancia como la de los Tuttis, es la educación en un colegio privado y exclusivamente masculino, donde el mensaje central es: ustedes están aquí para aprender a manejar este país. Ustedes son los futuros líderes de este país. Ya de entrada se está estableciendo la continuidad de una sociedad jerárquica, discriminadora y patriarcal”.

 

“UN CRIMEN COLECTIVO”

“Este crimen se impone como un espejo, y el monstruo que allí se refleja tiene la cara del país entero”, sintetiza Hobbit, el narrador en primera persona en “Los Divinos” (página 246), esta época no solo colombiana, sino latinoamericana, cita que por cierto se le menciona en la entrevista a la narradora para inmediatamente lanzarle la pregunta de rigor:

– Aunque cualquier época es fuente para la creación literaria, ¿cómo describes el tiempo actual de Colombia como fuente para la literatura?

“Participé activamente en el proceso de paz colombiano de los años ochentas y estuve presente en sus momentos de euforia y también en los de horror y muerte. Me alegró mucho que por fin, tras varios años de pesares, pérdidas y obstáculos, esa paz pudiera firmarse.

“El reciente proceso de paz del Presidente Santos sólo lo seguí a distancia, pero también consideré un logro histórico que llegara a buen término. Chapeau ante un acuerdo y un acercamiento pacífico entre el Gobierno y los insurgentes. Al momento de escribir esta novela, los colombianos estábamos en las gozosas de ese proceso.

“Hasta ahí, muy bien. Y cae entonces el crimen de la niña Yuliana Samboní como un terrible recorderis de la distancia endémica que en el país seguía (y sigue) existiendo entre ricos y pobres. Ningún proceso de paz encaraba ese drama crucial. ¿Cuándo íbamos a iniciar algún tipo de acercamiento, o reconocimiento, frente a la mayoría pobre del país? ¿O al menos a admitir la abrumadora presencia de la pobreza entre nosotros, una realidad de a puño que para el neoliberalismo imperante es irrelevante, e incluso invisible?

“De ahí la frase del Hobbit que has citado, y otra que traje a cuento también por boca de él, en las páginas finales de la novela, en la que cita a la fotógrafa Diane Arbus: ‘Si quieres ver un monstruo, mírate al espejo’.

“El crimen individual del Muñeco era además un crimen colectivo, por desdén, por indiferencia, por conveniencia. En su agonía ante los hechos ocurridos, el Hobbit es capaz de reconocer su propia, indirecta, culpabilidad, y señala la del país entero”.

Foto: Cortesía Michel Amado Carpio/FIL Guadalajara

 

“CONVERTIR EN LITERATURA UN TEMA TAN FEROZ”

Algunos escritores prefieren dejar pasar mucho tiempo para tomar perspectiva de los hechos o de los personajes al narrar. Siendo el de Yuliana Samboní un caso reciente en Colombia, finalmente se le inquirió a Laura Restrepo:

– ¿Por qué consideraste que era el momento de contar esta historia y no dejar pasar más tiempo?

“Ya te digo, era como si no tuviera opción. Exponer los hechos bregando a interpretarlos como mejor pudiera y con las herramientas que tuviera a mano, era un impulso que se imponía por sí solo. Tal vez porque yo misma necesitaba entender, sacar en claro, ajustar cuentas con la truculencia de nuestro destino latinoamericano. ¿De dónde tanta crueldad? ¿Cómo rompes la fatalidad de la violencia? Desde luego la novela no llega a ninguna conclusión, ni lo pretende, pero al menos comparte dudas con el lector. Recalca el terrible interrogante.

“Había además algo muy fuerte en relación a propia la niña asesinada, Yuliana, en la ficción Niña-niña. Un deseo abrumador de que aquello que le sucedió a ella no hubiera pasado nunca, que esa pequeña no hubiera sufrido el calvario inimaginable que le impusieron. Sentía yo una gran angustia por ella y por todas las niñas abandonadas, ofendidas, golpeadas, violadas. Que son miles, en el mundo entero, aunque los informes de los gobiernos pretendan minimizar las cifras y la Justicia se empeñe en dejar impunes a los violadores.

“Creo que muy en el fondo yo sentía que llenar páginas de palabras, cubrir a la niña con mis palabras, era una manera de protegerla, de ponerla a salvo, de impedir que sucediera la atrocidad que había sucedido. Me parece que al escoger la carátula quise hacer otro tanto; si miras esa poderosa imagen, ves a la niña envuelta en algo que podría ser entendido como una mortaja, pero sobre todo como una sábana que cubre la desnudez de la criatura, o una placenta que ampara y abriga.

“Y por último –concluyó Laura Restrepo en la entrevista para ZETA-, cómo no admitirlo, también la ira te lleva a no callarte, a gritar contra lo que ha sucedido y te quema por dentro. Sería hipócrita de mi parte no reconocer con cuánta ira fue escrito este libro. Ira, sí, pero contenida, subterránea y también dedicación y cuidado: era una especie de compromiso, con la niña, con los lectores, conmigo misma, convertir en literatura un tema tan feroz con la mayor delicadeza posible. No sé. Supongo que me movían urgencias muy fuertes y una catarata de sentimientos revueltos”.

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