Ve y dilo en la montaña

Foto: Internet/James Arthur Baldwin
 
Opinionez Lunes, 2 Julio, 2018 12:00 PM

Juego de Ojos

 

 

 

James Arthur Baldwin nació en el barrio negro neoyorquino de Harlem en 1924, en plena depresión. Hijo de un predicador fanático y autoritario, y de una mujer cuya principal actividad fue echar hijos al mundo. Baldwin se convirtió en la voz literaria de los negros estadounidenses durante las luchas civiles de la década de los 60. Su amor por los libros era tan grande, como el odio a su padre. En “Apuntes de un hijo de la tierra”, uno de sus más conocidos ensayos, nos presenta una brutal introducción de su vida:

“El 29 de julio de 1943, mi padre murió. El mismo día, unas horas después, nació el último de sus hijos. Durante el mes anterior, mientras esperábamos el desenlace de estos acontecimientos, había tenido lugar en Detroit, una de las más sangrientas revueltas raciales del siglo. Unas cuantas horas después de la ceremonia fúnebre de mi padre, cuando su cuerpo aguardaba en la capilla, un motín racial se desató en Harlem […].

“El día del funeral de mi padre cumplí 19 años. Lo llevamos al cementerio entre reclamos de justicia, anarquía, descontento y odio. Me parecía que Dios mismo había orquestado, para conmemorar el fin de la vida de mi padre, los más brutales y ensordecedores motines. Y me parecía también que la violencia que nos rodeaba mientras mi padre se iba de este mundo, había sido concebida como un correctivo para la arrogancia de su hijo mayor […]”.

Es inquietante, después de esta descarnada confesión, saber que Baldwin siguió los pasos del muerto y que adolescente aún fue consagrado como ministro y predicador en la iglesia Fireside de Harlem, barrio que habría de convertirse en el centro literario e intelectual de la comunidad negra yanqui y escenario de violentas manifestaciones durante el movimiento pro derechos civiles del siglo pasado. Quizá una explicación sea que aquél era en realidad su padrastro, pues James fue hijo ilegítimo. Otra, que las misteriosas tensiones en la relación padre-hijo se manifiestan en conductas de complejidad insondable. Sea como fuere, en el púlpito, Baldwin se tropezó con la que sería su verdadera vocación, la literatura, aunque ese encuentro no sería evidente de inmediato.

En uno de sus numerosos ensayos, casi todos salpicados con su propia biografía, revela que sus tres años en el púlpito lo convirtieron en escritor porque vivió expuesto a la gran desesperación y simultáneamente, la gran belleza de la grey a su cargo. Creo que a Baldwin le sucedió lo que al novelista indio R. K. Narayan, quien se apartaba de su ventana, pues desde ella eran visibles millones de historias y sufría por no poder consignarlas. Y viéndolo bien, ¿no es lo que pasa a los periodistas, escritores y otros creadores que andan por la vida con los ojos abiertos? En rigor, no hay que ir muy lejos para obtener material.

Baldwin dejó los hábitos y transitó por una serie de empleos manuales antes de establecerse en el barrio bohemio neoyorquino de Greenwich Village y comenzar su vida de escritor. Ahí sobrevivió publicando reseñas de libros en el New York Times e hizo amistad con el autor Richard Wright, quien habría de ayudarlo a conseguir una beca con la cual, en 1948 viajó a Francia y a Suiza.

En 1953 publicó su primera novela, “Ve y dilo en la montaña”, obra que lo consagró como el más sobresaliente comentarista negro en Estados Unidos. La siguiente, “El cuarto de Giovanni” (1956), es una historia de amor homosexual; “Apuntes de un hijo de la tierra” (1955) y “Nadie sabe mi nombre” (1961) son libros de ensayos y memorias de su juventud. Baldwin es además autor de “Otro país” (1962), “La próxima vez el fuego” (1963), “Blues para míster Charlie” (1964), “Dime cuánto hace que se fue el tren” (1968), “Sin nombre en la calle” (1972) y los ensayos agrupados en “El precio de la entrada” (1985), entre otros títulos.

El tratamiento de temas a partir de su homosexualidad hizo a Baldwin, blanco de ácidas críticas desde los mismos círculos que se beneficiaron con su aporte intelectual y militancia por los derechos de la minoría de color. Eldridge Cleaver, el notorio “Pantera Negra”, lo acusó de exhibir en su obra, un “doloroso y total odio hacia los negros”.

Baldwin nació en agosto de 1924. Y en otro agosto, pero de 1963, tuvo lugar aquella jornada histórica en que millones escucharon a Martin Luther King pronunciar la oración que bajo el título “Tengo un sueño”, habría de convertirse en la brújula de la lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos y en otras latitudes.

Baldwin escribiría en un recuerdo sobre su niñez en Harlem: “Sabía que era negro, desde luego, pero también sabía que era inteligente. Ignoraba cómo utilizaría mi inteligencia, incluso si podría aplicarla, pero eso era lo único que poseía”.

Argamasa de minorías (negro, pobre, homosexual, periodista y escritor), Baldwin decidió que además de su participación intelectual, debía ensuciarse las manos como militante y retornó a Estados Unidos para viajar por las regiones de mayor discriminación racial. Producto de ese tiempo fueron “Apuntes de un hijo de la tierra” y “La próxima vez el fuego”.

Aparentemente, esa época de su vida también fue amarga y llegó a la conclusión de que las cosas cambiarían solo por la vía de la violencia. Después del asesinato de sus amigos Martin Luther King y Malcolm X, regresó al extranjero en donde no solo pudo cultivar una mejor perspectiva de su existencia, sino que encontró una solitaria libertad para su oficio de escritor. “Una vez inmerso en otra civilización”, escribió: “te obligas a examinar la propia”.

En la nación vecina aún se viven las consecuencias de la integración forzosa de razas negras vía el tráfico de esclavos. James Baldwin fue producto de ese encuentro forzado y doloroso, como lo fue King, como lo fueron y son millones de negros estadounidenses.

Al terminar de redactar estas líneas, por una extraña asociación de ideas, recuerdo la novela de Harper Lee, “Para matar un ruiseñor”, y me pregunto si, guardadas las distancias y circunstancias, James Baldwin podría ser considerado el Atticus Finch de los derechos civiles negros…

 

Miguel Ángel Sánchez de Armas es periodista radicado en la Ciudad de México. Correo: [email protected] @juegodeojos – facebook.com/JuegoDeOjos – sanchezdearmas.mx

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