Templo cívico. México: su pasado, presente y futuro (Cuadragésima cuarta parte)


 
Cartaz Lunes, 9 Julio, 2018 12:00 PM

Lázaro era un joven tan avispado y lleno de esperanza e ilusiones. Mientras trabajaba en la imprenta, Porfirio Díaz fue derrocado y llegó al poder Madero. El hecho apenas repercutió en el lejano Jiquilpan, sin embargo, el hecho impactó de tal forma en el ánimo de Cárdenas que en la anotación correspondiente al 16 de junio de 1912, el joven escribió en su diario: “Creo que para algo nací, para algo he de ser. Vivo siempre fijo con la idea de que he de conquistar fama. ¿De qué modo? No lo sé”.

La revolución llegó a su pueblo a mediados de 1913, después de que Francisco I. Madero fuera asesinado por órdenes del traidor Victoriano Huerta, en la capital. Fue el 31 de mayo de ese año cuando la insurrección que en todo México se había levantado contra el régimen de Huerta, llegó a la tierra de Cárdenas.

Fueron las tropas del general carrancista José Rentería, las primeras en ganar la ciudad de Zamora para la causa revolucionaria, el día 30 de mayo; por la tarde, una avanzada con el capitán Lemus a la cabeza se presentó en Jiquilpan y su primera orden fue callar a los jóvenes impresores de cinco mil ejemplares del manifiesto que el General Rentería había dado a conocer, y Cárdenas y sus compañeros trabajaron a destajo. Lo malo fue que para cuando estaban impresos los manifiestos, la situación no solo cambió por completo. Entonces eran los huertistas del gobierno los que se habían adueñado de la población y quienes localizaron las octavillas y acabaron con la imprenta por aquello de la edición en tinta fresca.

Los jóvenes impresores pasaron dos semanas escondidos, por miedo a correr la misma o peor suerte que su destrozado negocio. Cárdenas convocó a sus compañeros, cansado ya de esconderse, para comunicarles que era su resulta voluntad, unirse a la revolución. La decisión se tuvo el 15 de junio, y al día siguiente, Lázaro le contó a doña Felícitas que había considerado más apropiado irse a refugiar al rancho de su tío José María, “no vas con mi hermano”, le respondió la madre con tierna amargura, “sé que te vas a la revolución”.

El 18 de junio de 1913, Cárdenas tenía 18 años y acompañado por Antonio Cervantes, Lázaro dejó Jiquilpan y se fue a la revolución. El día 22 fueron acogidos por don Agapito Mejía, un revolucionario convencido que no hizo sino enardecer los ánimos del futuro Presidente de la República, (Jiquilpan ha sido el único lugar en el país, donde han nacido dos presidentes; uno de ellos fue Anastasio Bustamante, que había llegado a serlo en 1830-1832, y que hasta repitió el cargo entre 1837-1839, pese a una breve interrupción del inevitable General Santa Anna; y el general político y estadista mexicano, Lázaro Cárdenas del Río, del 1 de diciembre de 1934 al 30 de noviembre de 1940).

El 18 del mismo junio se giró orden de aprehensión en su contra, para librarse de la cárcel, huyó al todavía más aislado puesto de Apatzingán, donde comprendió que lo más conveniente era incorporarse a la revolución y se dio de alta al grupo del General Guillermo García Aragón, un exzapatista que se habías pasado al carrancismo.

Como tenía “muy buena letra”, le dieron el grado de Capitán Segundo y el cargo de Secretario del General, contaba apenas 18 años de edad. En septiembre, García Aragón fue derrotado por un regimiento huertista y su grupo se dispersó. Cárdenas se escondió en el bosque y procedió a buscar otra banda revolucionaria, por lo que acabó incorporándose a la del General Martín Castrejón.

Le tocó participar en un combate en que murieron un capitán y ocho soldados revolucionarios. Reapareció en escena incorporando a las fuerzas de Eugenio Zúñiga, otro oscuro caudillo que lo ascendió a Capitán Primero.

Continuará…

 

Guillermo Zavala

Tijuana, B.C.

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