De Nueva York a Colombia

Fotos: Internet
 
Dobleplana Lunes, 9 Julio, 2018 12:00 PM

Frente a la catedral de San Patricio, en el andador principal del Centro Rockefeller de Nueva York y a la izquierda, está una librería ordenadamente tupida con ejemplares en todos los idiomas. Es un reducido pero bien aprovechado espacio. Al entrar y a pocos pasos, es preciso caminar de lado entre los anaqueles para desembocar en ese gran espacio destinado al tesoro de la escritura latinoamericana y española. Tiene un segundo piso al que se llega por una angosta escalera de madera con cada peldaño alfombrado. Pero no se puede subir de un solo tiro. Es que hay muchas obras recargadas sobre la pared y atraen tanto que se queda uno engarrotado con los pies sobre inmediatos escalones.

Allí encontró mi esposa un libro que por mucho tiempo busqué en Tijuana y en México: Notas de Prensa 1980-84 de Gabriel García Márquez. De pasta dura y forro a todo color con la jacarandosa imagen del colombiano, mirando de frente, chispazo guapachón en la mirada, sonrisa a medias, pelo lacio cortito, entrecano y camisa de mezclilla. En fin, más que libro, una joya. La Editorial Mondadori lo imprimió en España y le costó a mi mujer 54 dólares. Cuando me lo regaló escribí emocionado en la primera página blanca después de una negra: Nueva York, Noviembre 25/96.

Sin prólogo ni nota del autor, entré de lleno a la lectura cachonda, sabrosa, alegre, entretenida y asombrosa de Gabo, como le dicen amigos, admiradores y especialmente sus paisanos. “El Fantasma del Premio Nóbel (1)” aparece en la página siete y lo sentí como un anzuelo que irremediablemente me atrapó. Con esa exquisita narrativa mágica, García Márquez me transportó a un lado del gran escritor argentino Jorge Luis Borges cuando relató cómo cada año este hombre vivía días de angustia previamente a la designación del Premio Nóbel de Literatura. Era candidato obligado y nunca premiado hasta 1991 cuando se editó “Notas de Prensa”.

La escritura de Gabo me empujó a imaginar rápidamente una escena viendo de espaldas a Borges rodeado de reporteros a los que manifestaba su protesta por esos dos meses de ansiedad a que son sometidos los presuntos al Nóbel desde hace muchos años. Y a pesar de que no lo describía así García Márquez, yo aluciné y hasta vi a don Jorge Luis dando la media vuelta y dejando a los reporteros pasmados, boquiabiertos, lápiz congelado sobre las libretas, con la boca abierta y los ojos fuera del visor de las cámaras o la lente de sus video-aparatos. Lo vi como si lo tuviera enfrente: Relamida su cabellera blanca, medio caído un párpado, holgados cuello de la camisa y traje, apoyando su humanidad en el bastón infaltable y arrastrando sus pies calzados siempre de fina y lustrada piel que seguramente antes fueron ágiles para el tango.

Infortunadamente no pude llegar más allá de “El Fantasma del Premio Nóbel (2)”. Me gustó tanto el 1, que lo leí como diez veces o más sin darme cuenta que había pasado la medianoche y hube de suspender la lectura ante los compromisos mañaneros.

De regreso a Tijuana vía San Diego, California, más tardé en repasar esas dos primeras notas de prensa que ser atrapado por el asombro: “Seamos machos, hablemos del miedo al avión”, título de la tercera nota. Recién despegó mi vuelo nocturno de Nueva York cuando el destino, la casualidad o la magia coincidieron: Leía a García Márquez contando su viaje aéreo a esa misma ciudad, pero desde Miami y me estremecí cuando escribió que en aquella ocasión tuvo conciencia de la que llamó “imposibilidad física” para que un avión se sostuviera en el aire. Mi primera reacción fue voltear hacia las ventanillas desde el asiento que ocupaba en el bloque central. No encontré la estrella que según García Márquez siempre acompaña a los aviones. Pero entre penumbras la cabina y casi todos los pasajeros durmiendo, el ronroneo del jet me provocó la sensación de lo que leía: En medio de aquella oscuridad, el avión no tenía puntos de referencia en las ventanillas para medir su velocidad. Parecía suspendido en el aire tal como lo escribió Gabo y de veras, me estremeció. Cosas pues, de su magia.

Dos cosas nunca imaginé en aquel momento: Primero, que justamente un año después me herirían de muerte y que dos años y seis meses más tarde estaría sentado precisamente a un lado de Gabriel García Márquez en Santa Fe de Bogotá, Colombia. Cuando lo vi entrar al salón donde se conmemoraba el Día Mundial de la Libertad de Expresión, no estaba como en la portada del libro. Su pelo ya no era lacio ni corto sino enchinado y una calva asomándose a su coronilla. Ya no llevaba camisa de mezclilla, traía una amarillo opaco rematada con una corbata floreada. Vestía un hermoso traje color tabaco con rayas tenues amarillas y café claro. Así como el terno estaba cortado sin duda a su medida, me dio la impresión que sus zapatos casi de charol y también de color tabaco claro, fueron hechos solamente para sus pies. Jamás me imaginé su caminar tan cortito y rítmico como si en cualquier momento fuera a soltar todo su cuerpo para dar dos que tres pasos de una guaracha o un danzón. Ah, y los lentes siempre.

Cuando supe que me sentarían a su lado llevé “Notas de Prensa 1980-84” para que, por favorcito, lo firmara. Pero aquello estaba muy ceremonioso. Primero habló el Presidente colombiano Andrés Pastrana que enseguida condecoró a Doña Ana María Busquets viuda de Cana Izaza, el periodista asesinado en 1986 y homenajeado ahora. Luego leyó Gabo un hermoso escrito recordando a su compañero. Entonces hubo un receso y al bajarnos del estrado le dije “…Maestro, traje un libro para que me diera su autógrafo”. Caminando un poquito adelante de mí respondió con un forzado –¿Cuál?, y en lugar de pronunciar el título le enseñé la portada. Primero soltó un –nnoooo de aburrimiento y luego de mala gana dijo que estaba enfermo, que nada más se levantó de la cama para asistir a la ceremonia. –Después te lo firmo, dijo con un tono que interpreté como cuando alguien se quiere quitar de encima a otro. Prometió regresar más tarde. Sin acompañantes salió del salón erguido, con el escrito en la mano y por una puerta que nada más utilizó el Presidente con su hermosa esposa para retirarse de la ceremonia.

Gabo no volvió nunca a la jornada del Día de la Libertad de Prensa y me quedé sin autógrafo. Cuando viajaba de Santa Fe de Bogotá a México, eché cuentas. Mi libro viajó desde Nueva York a Tijuana y luego ida y vuelta a Colombia. En total, 18 mil kilómetros y no fue posible un autógrafo. Éste hubiera sido un tema excelente para García Márquez sobre todo por la coincidencia que en 96 mi esposa compró el libro en Nueva York cuando recibí el premio del Comité de Protección a los Periodistas y en éste 99 buscaba la firma al ser distinguido con el galardón Mundial de Periodismo en Colombia, dispuesto por la UNESCO y la Fundación Guillermo Cano, denominada así en memoria del inolvidable director del periódico El Espectador, asesinado por el narcotráfico.

Le conté a una amiga de Bogotá el episodio con García Márquez y me sorprendió diciendo que muchos de sus paisanos estaban otra vez desilusionados con Gabo. El discurso que pronunció en recuerdo de don Guillermo Cano Izaza, su compañero, lo escribió en 1987 y fue publicado un día antes en un suplemento especial de El Espectador. García Márquez lo releyó y nos asombró a los que nunca leímos u oímos esa pieza magistral, pero mi amiga colombiana me dijo que sus admiradores casi casi se sabían el texto de memoria. “Si Gabo hubiera aprovechado esta ocasión para decir algo sobre la necesidad de paz en Colombia, nos hubiera puesto en primera plana de todos los periódicos del mundo. Nos hubiera ayudado mucho…”, pero desconsolada explicó que los reporteros se dieron cuenta de lo antiguo de su texto, y le dieron otro enfoque a la reunión convocada por UNESCO y la Fundación Guillermo Cano.

En fin. El recuerdo de Nueva York, mezclado con el libro que jamás tuvo autógrafo me acompañaron en el viaje de Bogotá a México nuevamente de noche. Entonces, sentí que la magia del escritor se estrelló con su actitud y llegué a dudar si García Márquez el que leí era el que recién vi.

 

Escrito tomado de la colección “Dobleplana” de Jesús Blancornelas, publicado en mayo de 1999.

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