Algunas viejas costumbres


 
Cartaz Lunes, 4 Junio, 2018 12:00 PM

Mi apreciable lector: recuerdas en tu niñez, en tu adolescencia, ¿cómo eran las costumbres de la vida cotidiana del lugar donde vivías?

Mis abuelitos me platicaban que las buenas costumbres son algo así como leyes no escritas que debemos practicar para el bienestar común y una buena convivencia en sociedad, aunque muchas veces no comprendamos la razón de su existir. Yo les comentaba a ellos: “Esos tiempos ya pasaron de moda, hoy no funcionan”; por lo que ellos me replicaban, sin faltar el regaño por mi rebeldía: “Los buenos principios y costumbres, el civismo o normas de urbanidad, son para siempre, nunca caducan, entiéndelo bien y ya no protestes”. Hoy reconozco su certeza. El ceder el asiento a una mujer mayor o personas de la tercera edad o discapacidad; el dar el paso al peatón cuando conduzco el auto; el ayudar a una persona invidente a cruzar la calle, son una bonita costumbre por citar unos ejemplos.

Sin embargo, existen otras que no comprendo por qué siguen vigentes. Citaré un ejemplo: cuando nos dirigimos a hablar con Dios (los que creemos en Él) le hablamos de TÚ, no de USTED. Entonces, ¿por qué a las personas con más renombre o mayor jerarquía, como un presidente, un obispo o sacerdote, una persona mayor, les tenemos que hablar de USTED para que no piense que somos irrespetuosos y mal educados? Siendo que el respeto y la forma correcta de conducirse con las personas, se lleva en la mente y el corazón y no de dientes para afuera nada más, es decir, hipócritamente.

Es una vieja costumbre establecida y arraigada por los hombres. No por Dios. Y ya lo sé, me guste o no, así me debo conducir para no causar escándalo; que calladito me miraría más bonito, pero prefiero decir lo que pienso y lo que siento, a pesar de que me vea más feíto.

Fíjate lector mío, que también existieron costumbres tontas que hoy causan risa, te contare. Todavía en la década de los setentas y parte de los ochentas, del color rosa se decía que era solo para mujeres. El hombre que se atreviera a usarlo en su vestimenta era objeto de burlas y se le juzgaba como afeminado, por no utilizar otras palabras más ofensivas. Todo porque desde niños se nos decía: las niñas vestidas de rosa y los niños de azul. Hoy sabemos que ya se usan prendas de vestir masculinas de color rosa y no se pierde lo varonil.

Es lamentable que todavía nuestra vida se rija por viejas y torpes costumbres que se han arraigado en nuestra mente desde generaciones anteriores a nosotros, como el afirmar que las personas que somos de la tercera edad, ya no somos útiles en el trabajo, que ya no podemos estudiar ni aprender nuevas cosas porque se dice que “ya se me paso la edad, además soy como el teflón, ya no se me pega nada”, y nosotros mismos nos bloqueamos, sin siquiera hacer el intento.

La buena noticia es que afortunadamente existen miles de testimonios de personas ya mayores, que han logrado obtener un título universitario, una carrera técnica, han aprendido un nuevo idioma o algún buen oficio porque ellas; de manera que se “implementaron” un nuevo chip en el cerebro y el viejo lo tiraron a la basura, rompieron las cadenas de las viejas y torpes costumbres que los ataban, los limitaban y no les permitían alzar vuelo para alcanzar lo que tanto habían anhelado en sus vidas por el miedo al “¿qué dirán de mí? ¿Pensarán que me he vuelto loco, que no soy cuerdo ni normal para la edad que tengo?”

Es preferible mil veces ser a nuestra edad, un loco feliz agradecido con Dios y con la vida, el aprender cosas buenas para uno mismo y servir a los demás; que una persona muy cuerda y normal, pero amargada, atada de cadenas a las costumbres que no le permiten ver más allá de sus narices.

Ya rompamos esas cadenas de las malas costumbres, y sí, en cambio, atémonos más fuerte y sigamos practicando las que son buenas y loables, las que heredamos de nuestros queridos abuelitos.

 

Eduardo A. Velarde Vázquez

Tijuana, B.C.

Correo: eduardovpresencia@gmail.com

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