El show del debate

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Opinionez Lunes, 28 Mayo, 2018 12:16 PM

Columna invitada

 

 

 

El segundo debate presidencial, que el INE organizó en Tijuana, este pasado domingo 20, fue un debate inédito que resultó un claro ejemplo de cómo la política, en tiempos del homo videns (reloaded) que Giovanni Sartori describió bien en su ya clásico libro, se ha convertido en un “business show”. El show de la democracia mexicana fue visto por 12.6 millones de personas, según la medición de Nielsen IBOPE, eso es 1.2 millones más que el primer debate.  El domingo por la noche, uno de cada dos personas con televisión encendida, sintonizaron el #DebateINE; “Gracias a la ciudadanía”, escribió el presidente del INE, Lorenzo Córdova en su cuenta de Twitter.

Regularmente, un reality show está marcado por la expectativa y curiosidad de ver cómo conviven en un espacio determinado los integrantes, así como presenciar sus provocaciones. Gran parte de la audiencia vio el debate para ver las ocurrencias de cada uno de ellos y puso un interés menor a las propuestas, lo que interesaba eran las formas de réplicas y las acusaciones. Es lamentable saber que el voto de muchos y muchas mexicanas se basará por el lenguaje corporal (y sus implicaciones) que se manifiesta durante estos debates.

El tan promocionado debate se transformó en un espectáculo con las mismas reglas del show mediático más cotidiano. Un espectáculo pautado, casi como en guion televisivo. Su importancia parece haber transcurrido por la biosfera de las redes sociales. Lo inédito pasa por otro espacio, por los modelos de la política reinsertada en la vida cotidiana que también está en juego en esta coyuntura.

Para darle más realce a este reality show, durante toda la emisión, en la parte superior de la pantalla, podíamos ver en tiempo real, la cantidad de tweets producidos, comparando la emisión del debate con la de un partido de futbol (cualquier coincidencia con el final entre Diablos y Santos fue mera casualidad).

El formato de este segundo debate combinó las preguntas de los moderadores, con un grupo limitado de espectadores y lo que en la tradición anglosajona se conoce como “town hall”, que se puede traducir como asamblea de auditorio y está pensada para que las inquietudes de los ciudadanos en vivo, le entren a la discusión y la provoquen entre los candidatos. Los moderadores podían replantear y dar seguimiento a las preguntas para evitar que los candidatos las eludieran.

Mire usted, el dichoso debate se programó para que diera inicio el pasado domingo a las 21:30 horas de la noche, (tiempo de la Ciudad de México), media hora después de la final del futbol mexicano entre Santos y Toluca; a esas horas de la noche, la gente lo que ya quería era o ver una película, o de perdida el estreno del quinto capítulo de la serie de Luis Miguel o de plano descansar.

Por si fuera poco, esa noche del domingo, a las 21:15 horas, sonó  la alarma sísmica en la Ciudad de México, como preludio del combate presidencial, y todo mundo a la calle, esperando a que temblara y nada, para adentro todos, nuevamente, y pues ya qué, para el susto otra cervecita y ahora a acomodarse en el sillón preferido a que inicie el espectáculo, el cual, hay que decirlo, llegó con una fuerte tensión política y de nerviosismo por parte de los diferentes sectores de la población, con un desliz de la moneda mexicana frente al dólar y un incremento muy preocupante de la violencia en Tijuana y el país entero.

Pero más allá de quien fue el mejor en el bienaventurado debate, no puedo dejar de mencionar el papel que desempeñaron los propios conductores del encuentro en Tijuana. A tal punto que, pudiéramos decir, el debate no fue entre cuatro contendientes, sino entre seis personajes, porque León Krauze y Yuriria Sierra, que fungían como moderadores del mitote, también  se subieron al ring para dar izquierdazos y ganchos al hígado sin ton ni son a los presidenciables; exigencias extremas con gestos o frases, sutiles unas, otras no tanto, de aprobación o de reprobación, según el caso; juicios a modo, contra el hecho simple y llano de que el podio presidencial estaba dominado por sujetos de sexo masculino (ya sin el “factor femenino”, referida en este caso a la ausencia de la ex candidata Margarita Zavala), etcétera.

Ni hablar, este debate se transformó en un espectáculo con las mismas reglas del show mediático más cotidiano. La fórmula del espectáculo fue la que triunfó por sobre el real interés político. Los programas de opinión política utilizaron la misma estrategia que el de los programas de chismes que tarde a tarde llenan los horarios televisivos. En el post debate de la misma noche del domingo, paneles de especialistas y pseudo especialistas trataban de determinar quién había “ganado” el debate, a través de encuestas telefónicas o por redes sociales, la ciudadanía votaba opciones maniqueas sin posibilidad de ver la gran complejidad de la política en sí misma o las inmensas posibilidades de recepción que se producen  por medio del acto de consumo mediático.

 

Dr. Álvaro de Lachica y Bonilla

Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste, A.C.

Correo: andale941@gmail.com

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