Atraso

Foto: Internet
 
Dobleplana Lunes, 28 Mayo, 2018 12:00 PM

Los dos son del Barrio Logan en San Diego, California: Uno, Juan Carlos Mendoza Castillo muy conocido entre los pandilleros como “El Paisa”. El otro, Juan Enrique Vazcones, lo apodan “El Puma”. Estos jóvenes y contra su voluntad son prisioneros desde junio de 1993. Primero en el famoso cautiverio tapatío Puente Grande. Para su infortunio los trasladaron a la terrible chirona de Las Palmas en el Almoloya mexiquense. Originalmente los arrestaron por participar en el tiroteo donde murió el Cardenal Juan Jesús Posadas y Ocampo. Entonces traían bien puesta la camiseta: batallón de sicarios a las órdenes del Cártel Arellano Félix.

Este par de malandrines se convirtieron en motivo de pleitos entre tribunales y carceleros. El Juzgado Cuarto de lo Criminal en Guadalajara acordó en octubre 31 de este año: trasladar de Almoloya a Puente Grande a “El Paisa” y “El Puma” para seguirles el proceso pendiente 20/2001, acusados de asesinar al Cardenal y seis personas más.

Jorge Fonseca Villegas, Fiscal Especial en el asunto, está mosqueado. No lo ha dicho oficialmente, pero me imagino su temor: que sean extraditados a Estados Unidos como testigos protegidos. Ya pasó una vez en junio 12 del 97. La Procuraduría General de la República promovió y logró sacar de Puente Grande a “El Gory”, mote de Carlos Bayardo. Este joven también servía mortalmente al grupo arellanesco. Fue detenido por jalar el gatillo de su “cuerno de chivo” en el aeropuerto tapatío el 24 de mayo de 1993. Teniendo pendiente un proceso en Guadalajara, en Almoloya no les avisaron nada. Lo mandaron a Estados Unidos como testigo protegido. Oficialmente se desconoce si está encarcelado o inmóvil tres metros bajo tierra.

Pero no es un secreto. A los pocos días de su traslado pistoleros del Barrio Logan de San Diego llegaron a Tijuana. Ejecutaron a don Carlos Bayardo y a María de la Paz Olague, padre y esposa de “El Gory”. Eso sucedió el 14 de marzo del 94 en la Colonia Obrera de Tijuana. Es de imaginarse que el doble ajusticiamiento fue el único recurso de los Arellano Félix como venganza. Tanto víctimas y pariente extraditado debieron revelar algo muy inconveniente para el Cártel. Naturalmente, este par de ejecuciones no fueron investigadas por la entonces Judicial del Estado en Baja California. Era más fácil de resolver que un rompecabezas para niños de kínder. Pero sabiendo el motivo y la autoría nadie se metió. Ni siquiera la Procuraduría General de la República.

Precisamente las declaraciones de “El Gory” Bayardo levantaron el telón y dejaron ver un pestilente escenario hasta entonces desconocido. Los sicarios del Barrio Logan fueron llevados a Guadalajara personalmente por Ramón Arellano Félix, para matar a su enemigo Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Para redondear el peliagudo asunto, “El Puma” Vazcones fue muy claro en sus declaraciones. Primero, estaba en el aeropuerto “Miguel Hidalgo” de Guadalajara, encaminándose para la salida del vuelo a Tijuana. Segundo. Inesperadamente vio a una persona. Se le hizo conocida. Sacó una fotografía, lo comparó y efectivamente era “El Chapo”. Aclaró traer la foto desde cuando se las dieron a todos los del Barrio Logan para reconocer a Joaquín Guzmán. Tercero, aseguró haber desenfundado rápidamente su pistola y dispararle varias veces. Cuarto, reconoció que fue así como se inició el tiroteo. Todo lo declarado por “El Puma” está bien. Lo curioso fue el arma. No la documentó y subiría con ella al avión. Está prohibido. De ser así, significa la complicidad de la vigilancia en el aeropuerto con los Arellano.

Dibujo: Archivo

Por si fuera poco “El Paisa” Juan Carlos Mendoza Castillo en sus primeras declaraciones despejó la duda. No vio quien fue, pero está seguro: confundieron al Cardenal con “El Chapo” y lo mataron.

Pero aquí viene lo raro: “El Puma” y “El Paisa” fueron cambiados a Las Palmas a petición de la PGR. Se les abrió otro proceso pero no por el homicidio del Cardenal y seis personas. Nada más portación de arma prohibida, asociación delictuosa y ataque a las vías de comunicación. Entonces, sin notificarle al tribunal de Guadalajara el Juez Tercero de Distrito del Estado de México los condenó a diez años. Además, cada uno deberán pagar dos millones 25 mil pesos como reparación del daño. Aparte, una multa de mil 352 pesos con 52 centavos. Después de cumplir con todo eso, quedarán libres precisamente el 5 de octubre de 2003. Así las cosas, el proceso iniciado en Guadalajara contra estos pistoleros, deberá esperar dos años más.

Me comuniqué telefónicamente a la Secretaría de Seguridad en la Ciudad de México, encargada de los penales federales. Pregunté en la oficina de prensa por el par de matones. “¿Están allí o ya los extraditaron?”. Prometieron cortésmente informar en “unos minutitos” y me contestaron con eficacia: “Sí. Aquí están”. Simplemente dijeron. “Están cumpliendo una condena”. Expliqué la inquietud y temor de los juzgadores en Guadalajara y no recibí mayores detalles. Sin decírmelo textualmente así lo entendí: en la penitenciaría se encarcela a los sentenciados, no se les juzga. Eso es cuestión de los tribunales. Y allí no se meten en esos berenjenales.

Total, el asunto Posadas y Ocampo no se resolverá tan pronto como se suponía y en el gobierno foxista. Tardará años. Imagínese. Solamente se trata de un crimen. Existen evidencias de quiénes y por qué lo realizaron. Pero se han dado extraños movimientos en los tribunales y la Federación. Unos trasladando reos a otra prisión para juzgarlos por delitos diferentes. Otros, extraditándolos sin avisar.

Recuerdo a Humberto Rodríguez Bañuelos “La Rana”. Otro pistolero de los Arellano. Estuvo en el aeropuerto de Guadalajara. Declaró y escrito está en actas oficiales de la Procuraduría tapatía, que gracias a Dios, él no cargaba con ese pecado, pero sí sabía quién fue. Pero allí brinca otra rareza: a pesar de encontrarse prisionero nadie le pregunta quién o quiénes asesinaron al señor Cardenal Juan Jesús Posadas y Ocampo. Al contrario, en cuanto dijo, los funcionarios antes tan amantes a la publicidad sobre el descubrimiento y captura de “La Rana”, de repente se callaron. Y a Humberto Rodríguez Bañuelos ni en el mundo le hacen.

Si por el fruto se conoce el árbol, solamente falta otro movimiento clave: trasladar a “La Rana” de Puente Grande a Las Palmas, iniciarle un proceso, sentenciarlo o extraditarlo y alejarlo de todo lo que despida olores al asesinato del señor Cardenal.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado por primera vez el 11 de diciembre de 2001.

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