Solo recuerdos (Ya que recordar es volver a vivir)


 
Cartaz Martes, 6 Marzo, 2018 12:00 PM

Con el viento y la lluvia pegándome en la cara, la luz del relámpago iluminó entre los matorrales, la vereda, y el ruido de los cascos de mi montura hizo que mis pensamientos se fueran hacia otro lugar, uno muy lejos del donde yo estaba, pero muy cerquita de mi corazón.

El lugar donde conocí a la mujer más linda de la región. Guapa a más no poder. Era la envidia de las demás y más cuando se arreglaba para ir a alguna fiesta. Con sus ojotes negros como la noche, una cabellera de igual color y su piel canela; pero lo que más llamaba la atención era su sonrisa y sus carnosos labios. Fue en un ranchito, a unos cuantos kilómetros de donde yo vivía en esos años. Recuerdo que fue en un baile que hicieron en el galerón donde almacenaban el frijol, el maíz, las mazorcas, las calabazas, el rastrojo y la paja. Lo arreglaron tan bonito en esa ocasión que hasta parecía un salón de baile de la gran ciudad. Todo adornado con serpentinas de papel de diferentes colores y unos cuantos faroles de colores con una velita adentro para poder iluminar el lugar.

Esa vez yo llegué más o menos a las once de la noche, que es la hora en que termino de encerrar al ganado y mis demás labores en el campo. Recuerdo que antes de dirigirme hacia el lugar del festejo, pasé a mi casa donde mi madre me tenía planchadito mi traje de gala y mi sombrero que usaba los días de fiesta.

También a mi caballo, que unos días antes había bañado, cepillado y tejido la crin en una trenza abultada para que cuando se la quitara, se le viera chinita, le puse su silla de montar que usaba los domingos; ¡muy bonito mi “tizón”!, así lo llamé desde que era un potrillo porque su fuerte color negro, en noches de luna, parecía eso, un “tizón”, brillándole los ojos que parecían tener lumbre. Su cola le llegaba al suelo.

Nomás escuchaba la música y se ponía a bailar… ¡tan bonito y tan noble mi caballo!, lo quiero tanto que daría mi vida por él. Recuerdo la vez que en un pleito y a la mala, me metieron una filosa daga en la parte que ¡Dios guarde la hora! y que por el calor del coraje y las copas que me había tomado, no me di cuenta hasta que sentí que mi pie se resbalaba en mi bota y pensé que era agua, como casualmente estaba lloviendo esa noche como ahorita, y que después, ya en un lugar más iluminado, me di cuenta que era sangre.

Me eché un trago de tequila, monté mi caballo y tomé rumbo al rancho. No supe cuánto tiempo pasó, pero cuando desperté ya estaba en mi cama siendo atendido por el doctor que mis padres habían llamado. Dicen mis padres que mi caballo llegó solo hasta la puerta y para llamar la atención, empezó a patear el suelo hasta que mi padre salió y me bajo del caballo. ¡Bonitos recuerdos!

¡Caray! Con tantos recuerdos ni cuenta me di que ya dejó de llover y ya se ven las luces del rancho, espero que todavía dure un poco más el baile para poder platicar con los amigos y echarme una que otra bailadita.

Como teniendo prisa, inicié el galope y así me fui acercando al salón del baile, guiándome por los sonidos de los diferentes instrumentos. Saxofón, violines, guitarras, sobre todo esas notas de los acordeones que sin ellos, los corridos no serían corridos. Hasta mis oídos llegó la letra de mi canción favorita que en esos momentos estaban tocando: “En un camión pasajero, de esos que van pa’ Sonora, yo iba cansado y con sueño, cuando subió una señora con unos ojazos negros, de veras encantadora”, y la otra que dice: “¿Cuál de los dos amante sufren más pena, el que se va o el que se queda? El que se queda, se queda llorando, y el que se va, se va suspirando”. ¡Caray! ¡Hasta lo cansado se me quitó!… Entre más me acerco al caserío, más claro se escucha la música y las risas de los asistentes que están festejando a su manera, ya que “train” unas copas encima, luego, luego a sacar el cuete y a darse gusto tirando balazos al aire.

 

Alfredo Flores Zamora

Correo: ocretle54@hotmail.com

Tijuana, B.C.

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