Tino Contreras y Javier Bátiz Live Session

Foto: Cortesía/Javier Bátiz y Tino Contreras
 
Espectáculoz Lunes, 11 Diciembre, 2017 12:00 PM

Francisco Guerrero/Especial para ZETA.- Hermanados por un proyecto fonográfico -producción propuesta por Pedro Ochoa con motivo del 35 Aniversario del Centro Cultural Tijuana-, Tino y Javier también lo son por la geografía desértica de nuestro norte y la sangre musical negra que viene de una sola raíz: el blues.

Contreras y Bátiz improvisan y crean música en el sentido absoluto de proceso creativo espontáneo, como apuntara Bill Evans,  obedecen a una sola ley: la del eterno presente, desafiando el tiempo musical y físico. También son hermanos de lucha, desde sus trincheras musicales han sabido vencer vicisitudes durante décadas, ya que en su momento ambos géneros, el rock y el jazz, fueron prohibidos, vetados, anulados, relegados y duramente castigados por razias, por industrias de oídos sordos.

Desde los inicios del jazz los músicos mexicanos han estado presentes, de esa fina cepa proviene la dinastía de Tino. En 1920, en México, José Alfonso Palacios Montalvo compone “Mi querido Capitán” -fox-trot de la revista “El jardín de Obregón” estrenado en el Teatro Lírico de la Ciudad de México-. Tan sólo a tres años de su invención, el foxtrot ya se componía con éxito en México. Sin embargo, en la primera mitad del Siglo XX, José Vasconcelos prohibió el jazz, porque aseguraba que era una penetración imperialista. Con el tiempo, el jazz será el tallo que sostendrá, entre otras hojas, al rock and roll. Por todo ello,  es causal que en 2017 sea en Tijuana -meca del rocanrol y de fuerte presencia jazzística- donde aparezca un documento sonoro dialogante entre dos géneros musicales de fuerte arraigo y presencia en México: el rock y el jazz.

José Agustín, el escritor de la onda, apunta que el rock and roll no sólo era una moda a mediados de los años cincuenta, sino un fenómeno cultural muy complejo que representaba un vehículo de comunicación y de expresión formidable para la gente joven que nunca lo había tenido. Es así que el joven Bátiz atiende a ese grito de guerra sin guerra. Octavio Hernández Díaz sentencia: ‘la guitarra de Javier Bátiz es un arma poderosa que en lugar de matar conquista (…) su voz es la voz negra de un hombre blanco al que el soul le secuestró el alma, y en el que el blues y el rocanrol penetraron hasta convertirse en parte de su sangre”.

Live Session, producción acertada del CECUT, testimonia en síntesis sonora el quehacer de dos trascendentes labradores de la música. Sus surcos conversantes nos cuentan historias a través de ritmos hipnóticos: vitalidad en antítesis que sucumbe ante la tristeza; caminos disímbolos que al regresar al silencio brotan en nostalgia de tiempos pasados. Así, Live Session posee el conjuro de recrear lo vivido en todos los ritmos: recordar los sonidos y carga melancólica de otras épocas volverá con la misma energía al presente, donde quiera que el escucha se encuentre.

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