Templo cívico. México: su pasado, presente y futuro (Vigésima séptima parte)


 
Cartaz Lunes, 4 Diciembre, 2017 12:00 PM

En abierta amenaza intervencionista que benefició a los revolucionarios, Washington reforzó guarniciones militares en la frontera y mandó su escuadra a “hacer maniobras” en los mares mexicanos.

Nada parecía funcionar bien para el dictador. La burocracia servil e inepta que él mismo había creado, fue incapaz de actuar adecuadamente en la emergencia. Díaz necesitaba  doblegar su colosal orgullo, razón que lo llevó a suplicarle a Limantour que regresara a México. Limantour aceptó con la condición de que le diera manos libre para tomar medidas arriesgadas. El 20 de marzo llegó a la capital de la República. Bajo su influencia fueron obligados a renunciar los gobernadores de Chihuahua y Puebla, los más odiados de todos, por corruptos. Corral fue separado de su cargo. El gabinete fue purgado de científicos. El Congreso prohibió la reelección del presidente y los gobernadores. El gobierno mandó un proyecto de ley para dotar de tierras a los campesinos, distribuyendo los terrenos nacionales. Como lo reconoció el mismo Limantour, aquello era ya demasiado poco y se concedía muy tarde.

En su desesperación y haciendo supremo esfuerzo, Díaz pidió al general Reyes, con quien había tenido problemas, que viniera al país para hacerse cargo del problema militar. El 10 de mayo, cuando Reyes se encontraba en medio del océano, a nueve días de viaje, hizo escala en La Habana. Los revolucionarios tomaron Ciudad Juárez y el general recibió órdenes de permanecer en Cuba. La ocupación de una plaza tan importante como Juárez acrecentó los bríos revolucionarios del sur, y así ocuparon Colima; el día 20 de mayo, Cuautla, Cuernavaca, Acapulco; y Chilpancingo, el 21. En seguida caería Torreón, Saltillo, Pachuca y Tehuacán, Hermosillo, Guaymas, Naco, Tlaxcala y Culiacán. Los zapatistas actuaban ya en las cercanías de la Ciudad de México y el gobierno carecía de fuerzas para hacerles frente, pues una campaña gubernamental para reclutar soldados había resultado un rotundo fracaso.

El gobierno había entrado en una verdadera acefalia ante la falta de un jefe que le diera adecuada dirección. Sin embargo, el gobierno controlaba la mayor parte del país y en la tesorería se guardaban 65 millones de pesos. Quizá todavía era posible ahogar en sangre la rebelión. Pero desafortunadamente el dictador ya no tenía el brío de antes, necesario o eficiente para llegar a tales extremos, y por fin aceptó entregar el poder a un gobierno provisional que encabezaría el secretario de Relaciones, Francisco León de la Barra, y el cual contaría con un gabinete con representación maderista. El 23 de mayo, el pueblo de la capital se enteró que Díaz había renunciado a la presidencia, y las calles se llenaron con multitudes que gritaban “Mueras tirano”. En el Zócalo se reunió una gran manifestación que la policía disolvió a sangre y fuego.

Porfirio Díaz lloraba al ascender el día 29, en Veracruz, al vapor alemán que lo condujo al exilio. “Ya soltaron a la caballada; ahora a ver quién la acorrala otra vez”, decía como sonámbulo. “La cargada” a la que él había domesticado, organizado y castrado, ya portaba la chaqueta del revolucionario y exigía que se premiaran los imaginarios servicios que había prestado al triunfo de la revolución.

Mientras estuvo exiliado, Porfirio Díaz resistió las incitaciones de sus partidarios a encabezar una nueva rebelión. Jamás se expresó mal de los revolucionarios triunfantes, solo tuvo una expresión de desprecio en contra el traidor de Victoriano Huerta.

Poco tiempo antes de que muriera a causa de la arteriosclerosis que padecía, solía por las tardes a pasear, cerca de su domicilio, un modesto apartamento en la Avenida de Bois no. 28, en París; manteniendo el porte erguido con ayuda de su bastón, con alma de acero y puño de oro, que nunca soltaba. A mediados de junio empezó a sentirse mal y lo sentaron en un sillón frente a una ventana. Tal vez reflexionaba en esos momentos de lo que debería haber hecho y a lo que estaba obligado, pero que no hizo. Debido a su soberbia, egolatría y ambición, perdió la oportunidad de ser un héroe a quien muchos mexicanos y la patria se habrían complacido en levantarle estatuas y estar en la historia, a la altura y al lado de los más grandes héroes nacionales.

Continuará.

 

Guillermo Zavala

Tijuana, B.C.

 

 

 

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