Templo cívico. México: su pasado, presente y futuro (Vigésima octava parte)


 
Cartaz Lunes, 11 Diciembre, 2017 12:00 PM

La era porfiriana había terminado y sus hechos y sucesos quedarían impresos en las páginas de la historia y empezaría a incubarse la Revolución Mexicana en la mente de un hombre singular, extraordinario, raro y excelente: Francisco I. Madero, rico joven mexicano de 18 años que estudiaba en Francia la carrera de Administración de empresas, además de ser un gran lector, en una ocasión, por causalidad leyó un ejemplar de La Revue Esprit, célebre publicación fundada por Allan Kardec.

En esa época había furor en Europa y en Estados Unidos, el espiritismo, doctrina basada en el dogma de los seres ultratumba que se comunicaban con los vivos a través de médiums o golpes en los muebles. Francisco I. Madero, exalumno de una escuela jesuita de Saltillo y otra en Baltimore, E. U., había renunciado a sus creencias católicas al grado de que cambió su segundo nombre (Ignacio, en referencia a Ignacio de Loyola) por el de Indalecio.

En 1892, el joven Madero regresó a su tierra natal, Parras, Coahuila, después de estudiar en Francia durante cinco años, y al año siguiente se trasladó a San Pedro de las Colonias, donde administraba algunas de las hacienda de su familia. Introdujo el cultivo del algodón, construyó sistemas de riego, importó maquinaria y semillas e implantó tantas innovaciones que está considerado como el principal promotor de la próspera y famosa comarca lagunero. Se hizo notable además por pagar salarios generosos a sus peones y empleados, por las numerosas obras de caridad que mantenía y por las becas que instituyó para que los hijos de sus trabajadores estudiaran carreras técnicas y comerciales.

Algunas versiones señalan que los Madero eran de origen español, otras les atribuyen ascendencia judío-portuguesa. Poseían haciendas, industrias, viñedos, bancos, edificios y otros bienes.

Don Francisco, el padre de “Panchito” Madero, como lo llamaban familiarmente al futuro apóstol, había amasado por su propia cuenta otra fortuna de más de 15 millones de pesos de la época…

En la familia de Madero, las mujeres eral altas y guapas. Los hombres eran gigantones y fornidos; en cambio, “Panchito” apenas alcanzaba 1.60 metros de altura y durante su infancia fue muy enfermizo, constituía la excepción. Desde chico mostró tendencia al misticismo y un fuerte deseo de servir a la humanidad. En los años de su adolescencia, alguien llevó a su casa una tabla de la ouija -un artefacto de origen espiritista muy común en los hogares al finalizar el siglo XIX- y cuando le llegó su turno de interrogarla, éste le preguntó si de grande llegaría a ser Presidente de la República, para la cual obtuvo una respuesta afirmativa y desde entonces comenzó a forjar proyectos que redundarían en beneficio del pueblo mexicano.

Además, su fortaleza de carácter, dinamismo y honradez a toda prueba, hacía de él un hombre excepcional. En el ánimo de Madero obraba una bonhomía (ingenuidad, candor, bondad) a prueba de todos los desengaños y una fe semi-religiosa en las prácticas democráticas, según las había observado en Francia y Estados Unidos. Entre 1905 y 1908, esta fe lo llevó a participar en campañas políticas de candidatos independientes que pretendían ganar la presidencia municipal de San Pedro de las Colonias o la gubernatura de Coahuila. El gobierno, mediante fraudes, impulsó a sus condicionales. La experiencia hizo ver a Madero que solo una fuerte presión popular de dimensiones nacionales sería capaz de hacer que Porfirio Díaz modificara sus procedimientos.

Madero, guiado paso a paso por su idealismo político, escribió las primeras páginas de su libro “La sucesión presidencial”, en abril de 1908. La obra contiene un análisis de la organización política mexicana y concluye diciendo que Porfirio Díaz debe terminar su régimen absolutista y encausar al pueblo mexicano en la práctica de la democracia. Profetizó Madero que de no ser así, la violencia revolucionaria podría devorar nuevamente al país. El 16 de noviembre de 1908 terminó su libro. Al general Díaz le causó una impresión tremenda -la obra- de pánico. La primera publicación fue de tres mil ejemplares que se agotaron en breve tiempo. Rápidamente se publicaron otras dos. El libro fue criticado y despreciado por los políticos conservadores y clericales, pero gracias a él, Madero empezó a ser conocido en la mayor parte de la República. Desde un principio, los conservadores criticaban el idealismo que impulsaba el autor, pero solo un individuo con la fe que lo caracterizaba podía creer en la posibilidad de salir ileso en un enfrentamiento contra Díaz.

Continuará.

 

Guillermo Zavala

Tijuana, B.C.

 

Comentarios

comentarios

Notas relacionadas

Tipo de Cambio