Otro recuerdo de la época


 
Cartaz Lunes, 4 Diciembre, 2017 12:00 PM

En esta otra ocasión continúo escribiéndoles tras el festejo de nuestro medio siglo de graduarnos en la generación 1964-67, de nuestra Secundaria Federal de Agua Caliente “Poli”.

Puedo narrar cómo en esos años de los sesentas (y desde los cincuentas, si mal no recuerdo), mi Tijuana obviamente era muy diferente; solo tenía aproximadamente unos 150 mil habitantes rumbo a los 200 mil. Rosarito pertenecía al municipio de Tijuana, pequeño pueblito con la termoeléctrica recién instalada. Ensenada, la antaña capital, un ensueño, conservaba sus playas con vistas libres, no privatizadas o recatadas, ni llenas de basura. Tecate de la gentileza, una pequeña ciudad de mágica paz y serenidad. La carretera para ir al interior, aún en 1959 hasta por 1961, todavía era de terracería, ente Santa Ana y Hermosillo. El turismo, en su mayoría norteamericano, seguía siendo nuestro puntal económico.

El Hipódromo aún estaba en esplendor -cuando la administración “Johnny” Alessio- y se llenaba los fines de semana por sus buenas carreras de caballos y galgos. Un detalle, estimado lector -aunque te quedes incrédulo- Alessio donaba cada año a la ciudad, una escuela completita: terreno, aulas, canchas, equipamientos (así los políticos no manoteaban); sencillamente compruébalo leyendo los viejos periódicos El Heraldo, Baja California, y después El Mexicano, en total dio 13, Alessio No. 1 hasta Alessio No. 13 (hoy presentan otros nombres).

El Toreo viejo, por el bulevar o la Plaza Monumental, estaban en auge, y renombrados con los mejores toreros del país y España. En la entonces bulliciosa Avenida Revolución, el original Hotel César (Caesar, en inglés, nombre después copiado en Las Vegas) y su ensalada conocida mundialmente. El Jai Alai (el juego de pelota vasca, el más veloz del mundo) también era un atractivo con los mejores pelotaris. Las tiendas de curiosidades, donde se tenía bolsas y artículos de piel; y la Constitución con ya desaparecidas tiendas “duty free” (o sea, de bajos impuestos) que vendían los más finos casimires, relojes suizos Omega, Rolex, etc., y la Catedral de Guadalupe.

El Congreso de EE. UU., le acababa de cancelar a México el Programa Braceros, tras casi un cuarto de siglo, porque Adolfo López Mateos no boicoteó a Fidel Casto. Entonces empezaron dos o tres “maquiladoras” (de las que pocos sabían y a nadie importaban), insólita diferencia con lo que ocurre en el presente, somos tan dependientes de ellas.

La librería más conocida, donde se vendían excelentes ediciones de editoriales argentinas, españolas y claro, del país; desde baratas ediciones de pasta de papel hasta de fina piel; era “La Atenea” del licenciado Antonio Blanco (años después profesor en la UABC, recién fundad en 1957 a instancias de jóvenes alumnos, desde el Distrito Federal, Guadalajara y demás, hasta años después para los juegos olímpicos de 1968).

Solo grandes compañías en Estados Unidos o Europa tenía computadoras porque, ¡zambomba!, costaban tanto como una casa. Ni de lejos internet; no había celulares (solo “walkie-talkies”, estilo Segunda Guerra Mundial, que pesaban como ladrillos y la señal si acaso alcanzaba unas cuadras).

A menos de 30 años de la ruina del Casino de Agua Caliente que había ejecutado Lázaro Cárdenas, en 1935, y luego publicado el bando del 18 de diciembre de 1937, en el Diario Oficial, cuando se dio inicio a “leyenda negra” de ataques y denigraciones contra Tijuana, como una población de hombres perversos y mujeres disolutas. Ya ni de broma -como cuando el magnífico Casino en los veintes y treintas- se ganaba igual o hasta más que en Europa y Estados Unidos, sin embargo, el nivel de vida de Tijuana aún era como lo doble de la que se tenía en el interior; recuerdo oír que los empleados que enviaban las compañías del D.F., Jalisco y demás lugares de allá para acá, les pagaban al menos un 50% más en “sobresueldo”.

Los boliches y las muñecas Barbie (copia de una alemana) se estaban poniendo de moda. Apenas empezaban a lanzarse cápsulas espaciales y no se había aterrizado todavía en la luna. Amablemente, continuará.

 

Atentamente,

José Luis Haupt Gómez

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