Las posadas de mi infancia


 
Cartaz Lunes, 11 Diciembre, 2017 12:00 PM

Las posadas de mi infancia eran muy especiales, la mayoría de los vecinos se reunían para organizarlas y preparar la cena. Niños, jóvenes y adultos salían en grupo a pedir posada de casa en casa (según la tradición), cantando villancicos. Después se reunían en el patio de algún vecino para quebrar la piñata.

Aquellas piñatas se hacían con una olla de barro que se decoraba con papeles de colores, los cuales eran pegados a la olla con engrudo, mezcla de harina y agua caliente. Una vez decorada, se llenaba de dulces, cacahuates, naranjas, cañas de azúcar y colaciones.

Mientras alguien (con los ojos vendados) le pegaba a la piñata con un palo para quebrarla, los demás, ahí reunidos, cantaban aquello de “dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino”. Había quienes traían en la mano luces de bengala, las cuales al encenderlas, despedían estrellitas pequeñas y brillantes.

Al quebrar la piñata, los niños y niñas corríamos a recoger los dulces y fruta que caían al suelo. En ese momento, las señoras servían los tamales, enchiladas, ponche de frutas, chocolate caliente y buñuelos crujientes cubiertos de azúcar y canela. El momento de la cena era muy importante, pues cada familia traía algún platillo delicioso para compartir. Aquellas posadas eran mágicas y las recuerdo con cierta nostalgia y melancolía, pues varias de las personas que participaron ya no están presentes.

 

Lourdes P. Cabral

San Diego, California

Diciembre 04, 2017

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