¡Cuidado, niños trabajando! Trabajo infantil, suma de miserias

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Edición Impresa Lunes, 25 Diciembre, 2017 12:00 PM

Lupita y Carlos son dos de los más de 2 mil 500 niñas y niños que trabajan en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Son indígenas que llegan a la ciudad desde diversas comunidades para sobrevivir. En México se calcula que existen 2 millones 400 mil menores en situación de trabajo infantil, de los 152 millones reportados en el mundo por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Entrevistados por ZETA, el Padre Alejandro Solalinde, el ombudsman Luis Raúl González y los investigadores Federico Navarrete y Blanca Mercado, explican las causas y efectos de este grave problema social que está pendiente de solución

San Cristóbal de las Casas, Chiapas.- Caminando por el llamado Andador Eclesiástico la encontré. Posiblemente cuadras atrás la había visto. Su carita morena, aún con un gesto serio, parece sonreír. Sí no es la misma, debe haber muchos rostros de angelitos bronceados que alegran la mañana. Al sentir su presencia volteé a verla y ella no perdió la oportunidad para plantarse de frente, como flanqueando el paso.

“Cómprame uno. No he vendido nada. Ándale, cómprame uno”, me dijo la chiquilla de ojos traviesos y atuendo tradicional indígena. Detrás de ella, otras tres niñas y un niño que ofrecían sus artesanías a los turistas.

¿Qué son?

“Son jaguar de mucho color”.

¿De qué están hechos?

“De pasta. De barro”.

¿Cuánto cuestan?

Los ojos de la pequeña se abrieron por completo y se lanzó a la carga. Sus acompañantes o competidores también se fueron con todo para cerrar la posible venta. Una traía figuritas de jaguar y corazones de tela. Otra vendía prendas multicolor bellamente bordadas por manos indígenas. Las dos restantes estaban cargadas de pulseras tejidas. Y el varoncito traía collares y piedras de ámbar. Todos hablaban al mismo tiempo en su afán de vender. Yo me centré en la que llevaba sus piezas de barro en una canasta.

“Diez peso. Te dejo tres en veinte peso. También tengo changuitos en quince. Ándale, no he vendido nada”.

¿Cómo te llamas?

“Lupita”.

¿Cuántos años tienes?

“Cómprame uno”.

— Dame tres jaguares. Pero no me contestaste, ¿cuántos años tienes?

“Ocho”.

¿Dónde vives?

“Agarra los que quieras. En San Juan Chamula”.

¿Ellos son tus hermanos?

“Nada más ella”, señaló tímidamente a otra niña.

Los niños venden a turistas, las madres producen

¿Cuántos hermanos tienes?

“Por ahí andan. Somos muchos. Seis. Andan vendiendo”.

¿Son niños o niñas?

“Somos cinco niñas y un niño. Ya pues, compra”.

¿Tú haces las figuras?

“Unas sí. Las más chicas. Otras mis hermanos”.

Ten el dinero, veinte pesos. ¿Vendes mucho?

“Más o menos”.

¿Cuánto ganas?

“No sé. De eso comemos y vamos a la escuela. Compramos cosas en casa”.

Aunque parca en sus respuestas, Lupita empezó a confiar.

¿Sí vas a la escuela? ¿A qué hora?

“Sí. Voy a la tarde a escuela. A veces falto, pero sí voy. Vengo acá sábados y domingos. A veces viernes, que no va la maestra”.

¿Por qué no va la maestra?

“Porque se enferma o van pocos niños. Pero estudio en casa”.

¿Por qué trabajas? ¿Es obligación trabajar?

“No. Yo quiero venir”.

¿Por qué te gusta venir?

“Para comer. Porque si vengo comemos más. Hay comida, más sopa, carne. Si vengo es mejor”.

¿A qué hora juegas?

“En ratos con mis amigos que vienen aquí. También venden”.

¿Vendiendo juegas?

“Sí”.

¿Cuando llegas a casa juegas?

“Ya llego muy noche”.

Y tú mamá, ¿qué hace?

“Ella vende blusa que borda y sus hermanas también”.

Hay personas que en unas camionetas les dan mercancía para vender, ¿verdad?

“Sabe. No sé eso”.

¿Y tú papá?

“Trabaja en el campo. Viene por nosotras tarde o nosotras vamos”.

Padre Alejandro Solalinde, “Un asunto doloroso” niños trabajando.

¿Qué vas a estudiar cuando seas grande?

“No sé. Ya sé leer y escribir”.

¿Tienes ganas de estudiar, o te gusta más trabajar?

“Trabajar. Quiero trabajar para ayudar a mis papás”.

Y de grande ¿qué vas a ser?

“No sé. Mamá. Voy a ser mamá y voy a trabajar. Eso me gusta”.

¿Hay personas en tu comunidad que no trabajan?

“No. Todos trabajan”.

¿Hay personas que beben alcohol?

“Sí, pero nada más los grandes. Sí se emborrachan, después trabajan también”.

¿Cuáles son tus juguetes favoritos?

“Estos. Cosas que vendo. Y tengo muñeca que hizo mi mamá. La cuido”.

Con su inocencia intacta y su orgullo por trabajar, Lupita se va contenta con su venta. Tres jaguares, veinte pesos. Sus amiguitas y el niño insistían en mostrar sus mercancías con tal de conseguir dinero. A ellos no les importa la clásica respuesta del turista de “es que ya compré”. La réplica inmediata de los pequeños comerciantes es “cómprate otro, mira, es barato”.

 

Trabajo por escuela

Así como las niñas trabajan, también lo hacen los niños. Ellas lucen sus blusas, faldas y ropas tradicionales de la etnia a la que pertenecen. En ese sentido, los varones tienen mayor libertad y la mayoría no luce los ajuares de sus ancestros.

Carlos se dedica a asear el calzado. Llegó de los Altos de Chiapas y sus motivaciones no son diferentes a las de la nena de los ojos traviesos. Trabaja porque le gusta y porque quiere llevar dinero a su casa. Se hospeda con sus padres y cinco hermanos en un cuarto que les rentan en la colonia La Hormiga, zona de paso de migrantes y familias desplazadas de diversas comunidades. Pudimos platicar mientras boleaba zapatos.

¿Cuánto cuesta la boleada?

“Diez peso. Dame ocho”.

¿Desde cuándo sabes bolear?

“Desde hace tres años. Sí quedan bien”.

¿Cuántos años tienes?

“Diez”.

¿De dónde vienes?

“De La Hormiga. Es un barrio que así le dicen”.

¿Tus amigos boleros dónde viven?

“Todos vivimos en La Hormiga, de ahí los conozco. Hay una casa donde dormimos los que llegamos de fuera y ahí nos quedamos”.

Federico Navarrete, investigador de la UNAM

¿Cuántos duermen ahí?

“Uuuyyy, somos muchos, como treinta o cuarenta. Muchas familias. Es un cuarto grandote. En otros cuartos viven muchos otros”.

¿Por qué los niños no se ponen su traje típico y las niñas sí?

“Porque nosotros no tenemos que traerlo. Si queremos lo traemos, pero no tenemos que traerlo”.

¿No te gusta?

“No, porque es más cómodo otra ropa. Pero cuando hay fiestas sí me lo pongo, como mi papá”.

La historia de los padres de Carlos es similar a la de Lupita. La mamá vende blusas, rebozos y bolsas. El papá labora en actividades agrícolas a las orillas de San Cristóbal de las Casas. Todos los hermanitos trabajan. El dinero se entrega a los papás al final de la jornada.

Carlos obtiene entre 60 y 100 pesos por día. Dejó la escuela cuando cursaba tercero de primaria y no tiene planes de regresar. “Ya sé leer y sacar cuentas”, dice muy seguro. Su hermano más grande tiene 14 años, el más pequeño solo cuatro años y ayuda a la madre a cargar pulseras tejidas. Parece entrenarse para un futuro inmediato. En ciertos horarios coinciden en algún punto del centro de la ciudad colonial y la mamá saca la comida de una bolsa para todos.

 

2.4 millones en México

Lupita y Carlitos son dos de los más de 2 mil 500 niños trabajadores de San Cristóbal de las Casas, según datos de la asociación civil Melel Xojobal. La mayoría son indígenas de las etnias Tzotzil y Tzeltal que aparecen con mayor frecuencia en fines de semana y periodos vacacionales como el navideño y el de Semana Santa. La cantidad de chamacos trabajadores parece incrementar con el arribo de familias desplazadas de diversas comunidades.

La situación no es propia de grupos étnicos en Chiapas o Oaxaca, que es donde más se refleja, dada la pobreza de miles de familias. En México se calcula que existen 2 millones 400 mil niñas y niños que realizan actividades laborales. El 30 por ciento de estos menores trabajan en actividades agrícolas y el 7% no asiste a la escuela. Lo dijo a través de su cuenta de Twitter el secretario del Trabajo y Previsión Social, Alfonso Navarrete Prida, el 14 de diciembre último.

Estimaciones reveladas este año por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), y que corresponden a datos obtenidos en 2016, refieren que en el mundo hay 152 millones de niños en situación de trabajo infantil; es decir, casi 1 de cada 10 infantes de todo el mundo se encuentran sometidos a este flagelo; 64 millones son niñas y 88 millones son niños.

En el reporte mundial 2017 de la OIT sobre los niños trabajadores, se afirma que el 71% de estos menores en situación de trabajo infantil laboran en el sector agrícola y, el 69%, en su propia unidad familiar sin recibir remuneración. Poco menos de la mitad de los niños afectados por el trabajo infantil, algo así como 73 millones, realizan actividades laborales peligrosas que directamente ponen en riesgo su salud, seguridad o moralidad.

Los niños ocupados en la producción económica -una medición más amplia que abarca tanto el trabajo de los menores de 18 años como el trabajo permitido a niños que han alcanzado la edad legal para trabajar- suman 218 millones. Los niños sometidos al trabajo forzoso, una de las peores formas de trabajo infantil, que se estima utilizando una metodología independiente, suman 4.3 millones en el planeta.

 

Blanca Mercado, autora

Derechos Humanos

El Padre Alejandro Solalinde Guerra, director del Albergue “Hermanos del Camino”, AC en Oaxaca, señaló a ZETA: “Este es un asunto muy doloroso que tendrá que verlo la Quinta Visitadora de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), la maestra Eréndira Cruz Villegas, pero también nos atañe a todos. Le toca a esa Quinta Visitaduría, toda vez que muchos de estos niños explotados son migrantes, sobre todo en Tapachula”.

Considerado uno de los activistas de derechos fundamentales más importantes y comprometidos de nuestra época, el sacerdote católico piensa que “es una necesidad revisar todo esto y no permitir que a estos pequeños, a estos niños, se les robe su infancia y les sean interrumpidos sus procesos de maduración. Ellos tienen que ser niños. No puede ser que tengan que cargar con responsabilidades de sustentar a su familia cuando son tan pequeños”.

También entrevistado por este Semanario, Luis Raúl González Pérez, presidente de la CNDH en México, fue enfático al asegurar: “Todo trabajo infantil está prohibido. Desde luego que tratándose de integrantes de las comunidades indígenas es un agravamiento mayor, porque históricamente han sido motivo de discriminación y no han tenido acceso a los derechos sociales para tener una vida digna”.

El ombudsman deja en claro que los programas sociales que tengan que implementarse con la finalidad de erradicar este tipo de prácticas “deben buscar que cualquier menor de edad lo que tiene que estar haciendo es estar estudiando en un aula y con las condiciones mínimas que le permitan tener esa derecho”.

Por su parte, Ana Luz Minera, antropóloga social, promotora y gestora cultural, asegura que a los niños trabajadores indígenas mexicanos se les suma la migración de menores centroamericanos que pasan la frontera sur en busca de mejores oportunidades, de empleo, y de salud, “de los elementos más básicos que el Estado (guatemalteco, hondureño, salvadoreño, mexicano) debería proporcionarles. Muchos menores que llegan incluso a Estados Unidos continúan en la incertidumbre legal”.

 

No criminalizar a padres

Federico Navarrete, escritor e investigador en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), especialista en culturas prehispánicas y autor de libros sobre el racismo y los pueblos indígenas, tiene otra óptica. “Creo que es una situación realmente lamentable en términos abstractos. Parece ser una clara violación a los derechos de los niños, que por otro lado, violenta las leyes que en México prohíben el trabajo infantil. Pero creo que sería un error criminalizar o culpar a los padres por esas acciones, que no intento justificar, pero creo que es necesario comprender”.

Y complementa: “En familias que están en situación de marginalidad, que tienen que vivir en la calle, que tienen que emigrar para trabajar en las distintas fincas estacionales, para ellos es indispensable el trabajo de los niños. O sea, los niños son parte de la familia, migran con la familia, y por otro lado, la familia requiere del trabajo de los niños para subsistir”.

Acorde con Navarrete, el trabajo infantil de miembros de grupos étnicos en México no es la raíz del problema, sino una consecuencia. “Creo que si va a haber una solución tiene que ser mejorar las condiciones de las familias indígenas en general. Y bueno, hace todavía dos o tres años Gerardo Esquivel, el economista, publicó un estudio en el que muestra que a los jornaleros agrícolas indígenas se les paga -en promedio- la mitad de lo que se les paga a los jornaleros agrícolas no indígenas. Entonces, si están recibiendo la mitad del ingreso, probablemente eso los obliga o los pone en una situación en la que no tienen más remedio que poner a trabajar a sus hijos”.

El “hubiera” no existe, pero si es posible que se pongan en marcha políticas públicas que dignifiquen la situación. No de los niños, sino de sus padres. El autor del “Alfabeto del Racismo Mexicano” agrega que “si a los jornaleros indígenas adultos se les pagara mejor, se les pagara al menos lo que se les paga a los otros jornaleros agrícolas, tal vez podríamos resolver el problema del trabajo infantil. Entonces, creo que es un problema general de la sociedad que coloca en familias indígenas en una situación de marginalidad extrema y que la solución debiera ser mejorar el nivel de vida de las familias indígenas en su conjunto”.

 

Creatividad mutilada

Para la escritora y terapeuta Blanca Mercado, directora del Centro de Desarrollo Humano y Calidad de Vida, los niños trabajadores pierden su creatividad y su infancia. En esa etapa de la vida se adquiere la creatividad a través del juego. Cada fase de la existencia tiene una función y actividades que van a ayudar a evolucionar y hacer crecer a ese menor. En esa parte, solo les corresponde jugar y absorber valores.

“Un niño que no jugó va a ser un adulto que no tiene alternativas porque no desarrolló la creatividad. Por eso después los vemos que no saben qué hacer y no tienen opciones ante la vida. Se cierran solamente a trabajar, producir, mal comer, mal vivir, tener muchos hijos y en algunos casos adquirir vicios. No ven otras opciones por esa ausencia de creatividad”, expone Mercado.

El juego es una herramienta muy útil para el niño para poder desarrollar esa gran variedad de alternativas. “Hasta los siete años tú formas al niño. El juego le permite reconocer su individualidad y el manejo de reglas. Róbale su tiempo de juego y obtendrás un ser vacío. Con hambre ciega e insatisfacción permanente. No le queda de otra: desde niño fue entrenado a no ver opciones”.

Mercado Magaña no emite juicios de responsabilidad para nadie. Toca los aspectos psicológicos y establece: “Por eso hay terapia del juego con adultos que no tuvieron esa oportunidad de divertirse, para regresarlos a esa etapa por un instante y hacerle ver todas las opciones que no ve porque su mente está cerrada. Así de importante es el juego. Y a esos niños se les está robando el juego y la oportunidad de ir a la escuela”.

Hasta eso que en esta etapa de su niñez, los propios menores involucrados no se sienten explotados. Lo ven natural y sienten que son parte de la cadena de supervivencia de su clan. “A los niños no les queda otra cosa que trabajar. No tienen tiempo de jugar. Con suerte se dan tiempo para ir a la escuela ciertos días a la semana. Sin que afecte los ingresos de la familia. Si no trabajan, no tienen para comer. Así son las cosas y parecen entenderlo más que muchos adultos”, concluyó la especialista.

El principal problema de niñas y niños como Lupita y Carlos no es hacer la tarea, sino salir a la calle con padres y hermanos, o muchas veces solos, para tener el sustento de cada día.

El 30 de abril de 2016, Día del Niño y la Niña, en San Cristóbal de las Casas se registró una manifestación histórica en la que los protagonistas fueron los infantes trabajadores. Un día antes del Día del Trabajo, marcharon para exigir respeto a sus actividades laborales y que las autoridades dejen de perseguirles a ellos y a sus padres como si fueran delincuentes. Después de caminar por las calles de la ciudad, finalizaron con un mitin en Plaza Catedral y pidieron horarios flexibles a las autoridades educativas para continuar aportando ingresos económicos a sus hogares.

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