Tom


 
Dobleplana Lunes, 13 Noviembre, 2017 12:00 PM

El viernes por la noche vi cómo mataron a un hombre. No podía moverse. Estaba adolorido, muy adolorido de todo el cuerpo. Apenas podía hablar. Cuando lo hacía se le dificultaba mucho. Pálido el rostro dejaba ver con claridad los huesos. Resaltaba porque traía la barba crecida, negra y desordenada. También el pelo. Enchinado le caía hasta media frente. El bigote sin recortar, le tapaba completamente el labio superior. Sus ojos hundidos sobre el obscuro de sus párpados. Traía lentes redondos y blancos. De armazón tipo estudiante. Me los imagino precisamente adecuados a su cara cuando era normal. Ahora se le veían grandes, desproporcionados. La mirada me pareció cansada, desilusionada y sin brillo.

Traía pantalones de mezclilla y una camisa a cuadros azul y negro en diversos tonos. Estaba en una silla de ruedas. La cámara de video, no profesional, fu colocada fija frente a él y también grababa el sonido. De pronto se oyó una voz: “¿Estás listo?”. Y el hombre, con mucho trabajo y no inmediatamente, pronunció un “sí”. Otra vez, fuera de cuadro alguien le recordó que firmó un documento para aprobar su muerte sin culpar a nadie. Se ve entonces la videograbación pasada, el momento cuando el hombre con harto entorpecimiento estampa su nombre al final de una hoja. Se escucha otra pregunta: “¿Puedes levantar la mano izquierda”? Y apenas dobló la muñeca hacia arriba. No pudo despegar los dedos ni el resto del brazo recargados en la silla. Le preguntaron si no estaba arrepentido para morir. Que todavía había tiempo para cancelar todo. “¿Quieres que nos esperemos dos semanas?… ¿una?”. El hombre dice sí. Pero sin la cámara despegar de su figura, se oye otra voz narrando: El mismo día que dijo eso, en la noche, le pidió a su familia que ya, que lo mataran. Una semana de espera no. Se nota cuando apagan y vuelven a prender la videograbación. Le preguntan si está listo escuchándose un “sí” arrastrado y angustioso. El dramático monosílabo me conmovió y estremeció. Entonces se escucha la voz de siempre, anunciando “vamos a proceder”.

Apareció de espaldas un hombre. Por lo que vi de su nunca y lo canoso de su pelo ya es grande. Tomó el brazo izquierdo del enfermo. Buscó la vena. Metió la aguja. Ni siquiera reaccionó el ensillado al dolor del piquete. Se oyó una voz diciendo que primero le inyectarán Seconal para dormirlo. Rápidamente surte efectos. Lentamente dobló su cabeza primero al lado izquierdo y luego hacia abajo, casi hasta tocar la barbilla con el pecho. Inmediatamente le aplicaron un relajante muscular. “Ya no se puede mover”. Y por último una dosis de cloridio de potasio. Esto le paralizará el corazón. Creo que en esos momentos sintió cómo se le iba la vida. Pero ni podía moverse ni tampoco gritar. Debió ser terrible esa impotencia. Ni poder quejarse. Tragarse el dolor, todo y hasta lo último. Hundirse en la obscuridad que anuncia la muerte. Empezó a levantar lentamente su cabeza. Sus ojos cerrados. La boca abierta en forma de un cero. No vi dolor en su cara que finalmente se fue hacia atrás, hasta el respaldo de su silla. Parecía dormir. De pronto, un movimiento pequeño de pecho y cara. Como que quiso jalar aire. Me dio la impresión de que algo invisible tapó lo abierto de la boca a pesar de sus labios separados del todo. Creo que, en ese momento, cuando las palpitaciones se alejaban de su corazón, el mío se aceleró. Estaba asombrado. Sentado en mi sofá, me paré rápidamente. Solté libreta y lápiz. Vi cómo el hombre aquel tuvo un pequeño estremecimiento. Enseguida se oyó la voz del hombre que lo inyectó: “Ya está muerto”.

Cuando niño vi cómo un hombre mató a otro en un pleito. Estaba cerca de ellos. Los dos andaban borrachos. Pero aquella vez me impresionó más el regadero de sangre que ni siquiera tuve tiempo para fijarme en la cara de la víctima. He visto muchas veces cómo se dramatizan muertes en las películas o en teatro. Tan bien, que a veces son impresionantes y hasta grotescas. Pero ninguna como ésta. Me atolondró. Seguramente al ser prevenido en el programa que se trataba de un hecho real y así lo aseguró el legendario reportero Mike Wallace.

El hombre que fue muerto por inyecciones ante la cámara de video se llamaba Tom Yauk. Él mismo pidió la muerte y sus hermanos, todos mayores de edad, estuvieron de acuerdo. Inclusive cuando lo inyectaron, se les pidió salir de la casa para no caer en alguna responsabilidad. Tom era una hombre saludable y feliz. Transmitieron fotos cuando todo iba bien para él. Fuerte y sonriente. Pero de repente fue atacado por el “Mal de Lour Gherigh”. Así se llamaba un beisbolista famoso por su agresividad e inmensa riqueza por sus acciones de Coca-Cola. Esa enfermedad es progresiva. Va dañando lenta pero certeramente todo el cuerpo hasta impedir movimientos. Afecta los huesos. Atrofia. No tiene cura ni para detener su avance ni para disminuir su dolor.

El Servicio Médico Forense determinó la causa: suicidio. Pero el doctor Jack Kevorkian que lo inyectó dictaminó eutanasia. Con esta palabra se identifica la teoría para defender la legalidad de poner fin a los sufrimientos físicos de un enfermo incurable. Este médico fue llamado por los hermanos de Tom. Sabían de su fama para lo que él llama “atender y ayudar a un suicidio” para llegar a la eutanasia. La parentela, todos entre cuarenta y cincuenta años, fueron entrevistados por el periodista Mike Wallace. Declararon su agradecimiento al doctor. Dijeron que fue muy humano para su hermano. Calificaron de útil para todo mundo, haber exhibido el video. Pero el doctor Mark Ziegler, Director de Ética de la Universidad de Chicago, lo calificó “un acto espeluznante”. Y lo resaltó contrario a la profesión. Los médicos, dijo, estudian para proteger la vida, no para acabarla.

En Estados Unidos le dicen “El Doctor Muerte” a Kevorkian. Confesó que “asistió” a 138 personas antes que a Tom. Según él, defiende un derecho fundamental humano: “La libertad para decidir cuándo morir”. Tiene más de 70 años. Justificó la muerte de Tom. Vivía diariamente con los dolores e incomodidades, pero más con el terror de ahogarse con su propia saliva al no poder controlar más su cuerpo. Kevorkian acaparó muchos espacios en la prensa y nunca hubo una acción jurídica en su contra. Pero finalmente fue procesado y sentenciado a diez años de prisión. Sus abogados han logrado una próxima audiencia para demostrar nuevas teorías que le permitan la libertad. No quiere estar en prisión. Desea la asistencia de un médico para ayudarlo a morir cuando se le llegue la hora. Ni siquiera piensa en un ataque al corazón o un accidente. Tiene metido en la cabeza que una enfermedad le hará sufrir y entonces, así como él inyectó y mató a muchas personas, también quiere lo mismo.

Es increíble: Desde fin de mayo y principio de junio, millones de estadounidenses deseaban ver en vivo la ejecución de Timothy Veigh, el hombre que colocó un carro-bomba frente a un edificio público y mató a 168 personas. No se autorizó a pesar de que a través de sus abogados lo pidió a las cadenas de televisión. Lo mataron con el mismo sistema que a Tom. Dos diferencias. Veigh sobre una camilla reclinable especial y en la parte superior dos sostenes para colocar los brazos. Amarrado. Según las crónicas murió con los ojos abiertos. Pero la muerte de Tom la vimos. No se prohibió. Veigh mató a 168 personas intencionalmente y lo condenaron a la pena de muerte. Kevorkian acabó con la vida de 138, también intencionalmente, y lo sentenciaron a diez años de prisión. Es un desatino. No he sabido de algún médico en México como “El Doctor Muerte”.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas,  publicado por última vez el 29 de Octubre de 2002.

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